
Flexible, pero nunca corrupta
No he sabido de casi nadie que haya quedado disgustado con la propuesta de "actualizar" nuestras canciones patrióticas. Por el contrario, las 25.000 personas que parecen haberse reunido en la Plaza de Mayo y las que se enteraron por televisión o conocen el CD, están de acuerdo en que resulta divertido escucharlas y cantarlas en el nuevo ropaje, rítmico y tímbrico, que propusieron los intérpretes convocados. Según opinión de Jairo, uno de los involucrados, "las canciones se fueron alejando de la gente" (o al revés) y lo que ellos hicieron fue incorporar "nuevos sonidos que las hacen más atractivas". Por su parte, para el subsecretario de Educación local, Rogelio Bruniard, el objetivo es el de "revalorizar las canciones patrias". Y a juzgar por los resultados, parece que así nomás fue: la gente se sintió más cerca de la imaginación de Vitale y de las versiones de Lerner, Mihanovich, Cantilo, Aznar o Baglietto, que del pianito desvencijado de las escuelas y de las voces, sin micrófono, y a menudo deformadas por los bostezos, de los estudiantes.
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La música es un arte noble, nobilísimo, con la suficiente elasticidad (o apertura, para decirlo con términos de Umberto Eco), como para permitir las más diversas interpretraciones. Si los chicos y los jóvenes de hoy se mueven a ritmos distintos, conjugados con modalidades de intensidad y de articulación de los sonidos que les llegan desde los medios que frecuentan, es natural que se alejen de fórmulas extrañas a su realidad.
En el caso de la música, la ventaja es que se puede hacer una infinidad de experiencias con una obra, y ella sigue firme, inmaculada y virginal. El día que se la quiera volver a tocar tal como fue concebida por su creador, ahí estará, íntegra. Lo único que hace falta es que no se pierdan los rastros de su notación.
Otra cosa es la pintura. Si los italianos, que acaban de restaurar la "Ultima cena", de Da Vinci, hubieran remozado el famoso fresco de Santa María de las Gracias, vistiendo a Jesús y a sus apóstoles con remeras, jeans y zapatillas, el asunto habría sido catastrófico. Porque la vuelta al original se haría infinitamente más complicado y oneroso. A la música, en cambio, se la puede llevar y traer sin que se le infiera, a ella misma en su esencia, el menor daño.
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A veces se cayó en aberrantes excesos. Allá por los años sesenta, se arremetió contra la Sinfonía 40 de Mozart para "actualizarla". Se le cambio el ritmo, se retocó la orquestación, y allá se vendieron millones de placas. Todos contentos, sobre todo el autor de la idea. Mozart ya estaba muerto como para beneficiarse con el favor. También ocurre a cada rato con la "Carmen", de Bizet, o con melodías de Chopin, Brahms, Rachmaninov. Y ni hablar con Bach, a quien más de un bailarín acopló ritmos de tango o de lo que fuere, para ponerlo al servicio de despliegues coreográficos más o menos afortunados. Pero la música está a salvo de toda cuestión. Hoy nadie se acuerda del atentado a la 40 de Mozart. Y con el Himno Nacional, la Marcha de San Lorenzo o el Himno a Sarmiento pasará lo mismo, aunque no sean obras maestras, sino sencillas expresiones de compositores más o menos modestos. Sólo que, en su carácter de símbolo de nuestra historia, adquieren una significación que está más allá de un criterio puramente axiológico.
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