
Federico Luppi: "Cuando opinás de política se pagan precios"
El actor compone a un militar enjuiciado en El personaje y lamenta las divisiones en el país
1 minuto de lectura'
¿Qué significa hoy componer a un personaje que representa a la dictadura?
-Una de las cosas que me interesó es que el texto no hacía escarnio del militar. En lugar de proponer una especie de torpe venganza pública y hacer leña del árbol caído, propone a un general juzgado por lo que hizo en la dictadura, pero a través de sus propias contradicciones, en las que va tomando conciencia de lo que pasó. Y se revela que no es sino un señor común, un hombre de la vida cotidiana que hizo un trabajo durante un montón de años, que empieza a reconocer aspectos que le hacen daño y lo entristecen. El final es muy emotivo, adulto y humano.
Luppi retornó al teatro para protagonizar El personaje, con libro de Santiago Varela y dirección de Hugo Urquijo. Completan el elenco Susana Hornos (su esposa) y Tony Chávez. Componer a uno de esos personajes que ensombrecieron la historia argentina reciente tiene además otro valor simbólico: la obra se presenta (los sábados, a las 18) en El Picadero, la mítica sala que en 1981 fue arrasada por un incendio intencional, en ocasión de presentarse el ciclo Teatro Abierto, una voz potente y unánime de las diversas disciplinas artísticas contra el gobierno militar de entonces.
-¿Cómo creés que el público aceptará ponerte en la piel de un represor?
-Puede ocurrir que mucha gente de la izquierda lo critique. Aquí el tema ideológico se dirime como un Boca-River: o estás conmigo o contra mí. Pero reivindico el lenguaje: el militar es un tipo consciente y pelea agudamente contra la izquierda no desde un punto ideológico, sino estratégico. Me pareció valioso en este momento.
-También aceptaste el personaje por necesidades laborales.
-Con Susana, mi mujer, estamos flotando apenitas: no ha sido un buen año. Estoy en una edad donde mi campo laboral se ha reducido. Pero el teatro me entusiasma más que antes. Porque ahora tengo conciencia real y concreta de mis límites y mi oficio. Soy menos intelectual: cada vez tiendo más a lo simple, lo concreto, lo mensurable. Como dijo Norman Mailer cuando le preguntaron qué le faltaba para ser perfecto: "Yo necesito una página y media para lo que Borges dice en diez palabras". Esa es la enseñanza de los maestros: la intuición vale más que el puro intelecto.
-¿Las dificultades laborales tienen que ver con tus posturas ideológicas?
-Es un hecho real, que no vale la pena ocultar. Desde los 18 años en adelante, prácticamente pude votar apenas tres veces: con (Arturo) Frondizi, (Arturo) Illia y (Raúl) Alfonsín. Mis esperanzas de realizarme como ciudadano argentino fueron sistemáticamente defraudadas. Cuando apareció (Néstor) Kirchner, inicialmente tuve dificultades para saber quién era y de dónde venía. Después pensé que era posible que la política fuera realmente una herramienta de cambio. Ahí empecé a tener alguna esperanza y adherir con todo fervor, más emotivo que racional, a este gobierno. Cuando opinás políticamente en un país con tanta historia antagónica se pagan precios. No hay forma de evitarlo.
-¿Perdiste amigos por tus posiciones terminantes?
-Más que amigos, la simpatía de alguna gente que antes me saludaba con efusión y ahora no lo hace. A veces me dicen cosas que no son agradables, pero no es un precio grave. Me gustaría que dejaran de lado la opinión política y me llamaran para trabajar, pero ese costo lo tengo asumido hace mucho tiempo. No me hace singularmente valiente ni heroico.
Un lugar en el mundo
En los entresijos de la memoria de Federico Luppi, el dolor de las asimetrías sociales cada tanto lo sacude y lo rebela. Pertenece a una raza de actores que pagó con penas y olvido el precio de alzar su voz contra las represiones y las injusticias. También por eso su réplica se tornó cada vez más hosca y menos transigente. "Durante muchísimos años fui el joven obediente, que venía de aquella formación paterna rígida, supereducado. Y después de mi decepción con Alfonsín me dije a mí mismo que aunque se me partieran las tripas, no iba a ser nunca más condescendiente e iba a decir lo que siento", remarca. La Argentina es su lugar en el mundo, aun cuando haya sido expulsiva con él en distintos momentos de la historia.
-¿Qué fue lo peor que te pasó durante la dictadura?
-No pasé un miedo terrible? Creo (estoy guitarreando) que en el fondo uno pensaba -tontamente-: "A mí no me puede pasar". A pesar de que había habido desapariciones de actores, de dramaturgos. Fue más directo lo que ocurrió con la Triple A: ahí recibí una carta con la lista de los que estábamos amenazados. Y era posible que fuese cierto lo que decía. Eso y un par de amenazas que hubo en el Regina, donde estábamos haciendo El gran deschave.
-¿Tuviste que irte?
-La idea estuvo dando vueltas. Se concretó cuando un empresario español vio la obra y nos llevó. Pude salir de la zona de fuego. Llegamos con la transición post Franco y el Pacto de la Moncloa, en diciembre de 1977. Pero al año me volví, porque extrañaba mucho.
Tu segundo exilio fue más de veinte años después.
-Venía de hacer una película en Montevideo con Pepe Soriano y Héctor Alterio, y volví en pleno verano. Había un chico enfrente de casa a quien le iba muy bien. Me agarró el corralito y me dijo: "Federico, te agarraron. ¡Qué boludo!" Y era cierto, me sentí un boludo. La pasé mal un par de meses, me dolían las rodillas, tenía sarpullidos, dormía mal. Me quedé en la puerca vía. Me dejaban sacar del banco cien dólares por semana. Me levantaba a las 5 de la mañana para hacer la cola.
-¿Cómo tomaste la decisión de alejarte?
-Una noche, hablando con Adolfo Aristarain en el Festival de Huelva, le dije: "Me voy a quedar, Vasco, no puedo volver allá". Sentí eso. Sentirme ajenizado en mi propio país y sin un mango fue un golpe muy duro.
-¿Tu retorno a la Argentina tiene que ver con renovar tus ilusiones?
-Toda mi vida escuché cosas que no se hacían: promesas, planes, mejoras económicas que nunca se produjeron. François Mitterrand dijo algo que parece cínico, pero nos obliga a repensar nuestra tremenda responsabilidad como ciudadanos: la mentira de campaña es responsabilidad de quien las cree. Y creo que es así, y que el país puede cambiar en la medida que la gente tome conciencia de que nos pertenece.
-¿Aunque propongas la confrontación con nombre y apellido?
-No. No es bueno eso. Me pasó con Ricardo Darín. No fue honesto de mi parte decirle "pelotudo". No fue sensato y lo expliqué. Él lo tomó bastante bien, fue bastante más inteligente que yo.
-¿Vas a votar a Daniel Scioli?
-No sé, tengo dificultades con eso... No estoy muy seguro. Debo confesarte que me gustaba más (Florencio) Randazzo. O Agustín Rossi. En cierto momento tuve la pálida idea de pensar que pudo ser el futuro Cobos. Por ahí en medio de la carrera empieza a sentir que tiene una responsabilidad que cumplir.
El secreto: actuar para vivir, trabajar para comer
Aquel actor vocacional de comienzos de los años 60 trabajaba de 6 a 14 en la sección cámara fría de un frigorífico de Berisso. Integraba un grupo de teatro y eso le daba un modestísimo prestigio en el ámbito laboral. Cierto día se cruzó con otro obrero de la carne, joven como él, hijo de lituanos, que entre fascinado y curioso, lo interpeló: "¿Así que vos hacés teatro?" "Bueno, intento", respondió sucintamente el actor. "¿Y por qué?", indagó su interlocutor. La explicación no le resultó convincente. En cambio encontró una propia, que aún hoy sigue resonando en Luppi, como una revelación. "Ya sé: vos hacés teatro para vivir y laburás para comer."
-¿Para qué sirve, entonces, el teatro?
-Nunca creí en cambiar el mundo con el teatro y la cultura. El sentido es que la gente establezca el goce como un derecho propio. Que el teatro deba ideológicamente ser social es -a mi entender- un bastardeo de lo dramático y lo literario, y fundamentalmente de lo humano.
-¿Qué sentido le encontrás a subir a escena?
-Me parece importante que la gente la pase bien con algo que le interese. El teatro tiene unos 7000 años de historia escrita. Me asombra que todavía haya un montón de gente que se emperifolle y tome el subte o venga en coche para juntarse a ver un espectáculo. Me sigue pareciendo un milagro. Esta ritualización del juntarse me sigue pareciendo humanizante. No es que sea San Francisco de Asís, pero uno se debe a eso también. Estar en el escenario y que paguen para verte me hace ser honesto con ellos. No florearse, sino ser sincero. Y eso a veces me funciona y me hace sentir bien.
-¿Dónde estabas cuando incendiaron el Picadero?
-En el Norte, trabajando con unos productores franceses. No participé de Teatro Abierto: me lo perdí. Tenía que haber ensayado antes, intervenido más. No lo hice. Y lo lamento mucho.
1- 2
“La causa está frenada”: fue un famoso cantante, vivió un gran amor, pero tuvo un trágico final y hoy sus hijos piden Justicia
3Trabajó en Friends y en Beverly Hills 90210 y es hija de dos íconos de Hollywood: así está hoy Jennifer Grant
- 4
La postura de Zaira Nara luego de que Paula Chaves expusiera sus chats: “El tema no da para más”



