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Crecí mucho con Rolling Stone, por lo que puedo recordar… en este momento. Una vez que se abandona la medicación, se tiende a recordar mucho más. De hecho, invité a Rolling Stone cuando estaba por concluir mi tratamiento de desintoxicación al rancho en el que estaba internado, en ocasión de la tapa que hicimos en 1982 Fue como decir: "Acompáñenme a curarme".
Como soy de San Francisco, seguía la revista. La leían un montón, y pensaba: "¿Ya salí ahí?" "No, disculpame, todavía no. No tenés suficiente onda. Llamá a este número secreto". Al principio, salir en la tapa de Rolling Stone era como salir en la tapa de TV Guide, pero más copado. Era algo entre TV Guide y Time. En esa época los periodistas se divertían de lo lindo con uno. Te hacían de todo excepto colonoscopía completa, el estudio más profundo.
No sé por qué los fotógrafos piensan que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa. "¿Te molestía meterte esa vela romana en el culo, Robin?" "No gracias, estoy bien". O si no: "¿Podrías pellizcarte los pezones mientras saltás por el aire?" "Sí, cómo no, encantado".
Recuerdo mi primera tapa. Hice una sesión de fotos con Richard Avedon. Me trajeron un montón de ropa, y después me dijeron: "¿Te molestaría sacarte la camisa?". Fue una experiencia rockera. Años después, mi mujer me dijo: "¿Por qué te sacaste la camisa, estúpido?". "Pensé que eso podría gustarles a las chicas". "No, qué les va a gustar, si sos gordo y peludo".
En términos generales, recuerdo con cariños mis experiencias con la revista. Son, en cierto sentido, una linda crónica de mi vida. Mirando atrás, uno dice: "Gracias por los recuerdos, Rolling Stone. Fue todo un viaje, ¿no?".
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