
El humor sale a La Cubana
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Nuestra opinión : Muy Buena
"Cegada de amor", de Jordi Milan, a cargo del grupo La Cubana. Intérpretes: Anna Barrachina, Silvia Aleacar, María José Pérez, Cati Solivellas, David Ramírez, José Corbacho, Jaume Baucis, Santi Millán, Xavier Tena y Jordi Milán. Guión: Jordi Milán, Joaquín Oristrell, José Gorbacho y Fernando Colomo. Decorados película: Josep Castells y Teresa Icart. Vestuario: Cristina López. Coreografía: Leo Quintana. Diseño de iluminación: Jordi Planas. Diseño de sonido: Albert Toda. Diseño de espacio escénico: Dino Ibáñez. Música y canciones: Joan Vives. Realización de película: Fernando Colomo. Idea y dirección: Jordi Milán. En el teatro Avenida.
No es algo visto por estos lados, al menos que registren la memoria y los archivos. Es una propuesta muy original, aunque no conviene develar detalles, porque la sorpresa es el ingrediente más sabroso, casi fundamental para un resultado gratificante.
No es una obra de texto, tampoco de imagen. Es... es algo distinto.
Como referencia se puede decir que es lo más antiteatral que se ha visto sobre un escenario. No porque no sea teatro, sino porque La Cubana se ha permitido romper con todas las convenciones escénicas, especialmente las espaciales y casi podría decirse que creó una nueva e imaginativa dimensión.
Además, se permite casi una hazaña al combinar la técnica, los espacios, los tiempos y las imágenes cinematográficas con las teatrales y a eso sumarle el público.
Más de un espectador que llegó tarde a la representación sospechó que se había equivocado de sala al ingresar y encontrarse con una proyección cinematográfica y con los acomodadores que vigilan constantemente el comportamiento del público.
Poco tiempo le llevó al tardío entrar en el juego propuesto.
No es mucho más lo que conviene agregar a este análisis, sólo que el público es el coprotagonista del espectáculo, donde participa desde la forma más insospechada, pero con muy buena onda. Es decir, no hay agresividad; sí mucha sorpresa y voluntarismo para participar en el juego escénico.
Para orientar un poco más habría que elucubrar una fórmula o una receta. Algo así como meter en una licuadora un capítulo de la "Poética", de Aristóteles; dos o tres de la de Boileau. Agregar dos medidas de "Sherlock Jr.", de Buster Keaton; tres fotogramas de "La rosa púrpura de El Cairo", de Woody Allen, y siete de "El último gran héroe", films donde también se juega con una ficción que se inserta en la realidad y viceversa.
Continuando con la receta: licuar todos estos ingredientes durante varios minutos, agregar dos cucharaditas de creatividad; mucho de ingenio, una considerable dosis de delirante imaginación, abundante rigor (infaltable), impecable eficiencia técnica, disciplina actoral, y voilá: "Cegada de amor".
Aquella pobre Estrellita
Una de las historias -porque hay más de una, la de ficción- habla de Estrellita, esa pobre muchachita, huérfana de padres, criada por amorosas y solteronas tías, que festeja su cumpleaños en París, junto con su amado Jean-Franois, un play boy francés muy amanerado.
Cuando el amor está a punto de concretarse, el destino cruel se interpone en la felicidad de la pareja. Cabe aclarar que la fatalidad llega por intermedio de una malhadada paloma, que volando deja caer su regalito sobre los ojos de la joven dejándola ciega y con el maquillaje corrido.
El enamorado agobiado por la culpa y la desesperación (él fue el de la idea de incorporar la paloma a la torta de cumpleaños) decide retomar sus estudios de medicina (había repetido tres veces primer año) y acicateado por el amor se recibe en apenas un año, se especializa en oftalmología y logra rescatar a su amor de las oscuras tinieblas.
Indudablemente, todo un culebrón, donde no faltan los apuntes melódicos de los temas de Lara ("Dr. Zhivago") y de Tara ("Lo que el viento se llevó"). Por supuesto que el tema no es original, ni pretende que lo sea cuando las referencias cinematográficas tienen tan fuerte presencia.
Sobre todo si se recuerda "Sublime obsesión", en cualquiera de las dos versiones: la de Robert Taylor e Irene Dunne (1935) o la de Jane Wyman y Rock Hudson (1954).Y ya que de memoria se trata, cabe decir que la ambientación hace recordar aquellos años entre los cincuenta y los sesenta, con personajes almodovarianos, con fuertes aires sonoros de "El club del clan", con una protagonista muy semejante a Joly Land, con reminiscencias canoras de los TNT, los peinados batidos, aquellas faldas plato o campana, que insinuaban indiscretamente las puntillas de las enaguas almidonadas.
Con toda esta receta los actores salen de la ficción para entrar en una realidad, que es otra ficción (la filmación de una película), a la que se suma la propia realidad del espectador que está en la sala.
Más para ver que para leer
Todo esto parece muy complicado y lo es cuando se trata de explicarlo. O dicho de otra manera, esta es una propuesta para ver, divertirse, sorprenderse y gratificarse con casi dos horas de esparcimiento. Donde el espectador se entretiene con una muy buena actuación, con un vestuario, muy cachi por la combinación de colores, donde predominan el amarillo huevo, el verde loro, los naranjas brillantes y los lilas, entre otros, y algunos efectos. El único reparo que puede señalarse es el ritmo irregular que presentan algunas secuencias que muestran un tiempo de excedente.
Por lo demás, es una propuesta impecable, original y creativa, que al menos estimula la curiosidad sobre lo que vendrá después y, en este sentido, no defrauda porque La Cubana se permite todo, con gracia, simpatía y alegría, demostrando que el campo de la imaginación, cuando es fértil y fecundo, permite rozar los límites de lo imposible.
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