Ballet a la Rossini: exquisito, vibrante y pantagruélico
La compañía de danza contemporánea del Teatro San Martín sumó otra obra de Mauro Bigonzetti a su repertorio, que la hace brillar en el conjunto y sus individualidades; sigue el homenaje a Ana María Stekelman
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Bigonzetti+ Stekelman. Bailando en la oscuridad, de Ana María Stekelman. Diseño sonoro: Edgardo Rudnitzky sobre original de José Luis Díaz. Reposición coreográfica: Miguel Ángel Elías y Elizabeth Rodríguez; Nora Robles y Pedro Calveyra (tango). Reposición de vestuario y elementos: escenográficos Jorge Ferrari y Analía Morales, sobre diseño original de Gioia Fiorentino. Rossini Cards, de Mauro Bigonzetti. Reposición coreográfica: Vincenzo Capezzuto. Música: Gioachino Rossini. Diseño de vestuario: Helena Medeiros, con reposición de Laura Parody. Iluminación: Carlo Cerri. Reposición escenográfica: Soledad D’Addezio. Asistencia en la reposición lumínica: Alberto Lemme. Por el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. Dirección: Andrea Chinetti y Diego Poblete. En el Teatro Presidente Alvear, Corrientes 1659. Próximas funciones: 31 de marzo; 1°, 8, y 9 de abril, a las 20; y del 7 al 24 de mayo, de jueves a domingos, a las 20.
Nuestra opinión: EXCELENTE
Tras un breve aperitivo cómico interpretado por un desorientado bailarín que sube al escenario, candelabro en mano, luego de recorrer todo el pasillo de la platea, el telón se alza sobre un banquete ítalo-gestual. Apenas si se levantan de las sillas los dieciocho comensales, perfectamente sincronizados; se agarran la cabeza con las dos manos, apoyan los codos sobre la larga mesa, aletean, alzan los platos y en un juego jocoso desatan una coreografía cuya secuencia vuelve a empezar. En sucesivos cuadros, Rossini Cards, sabrosa y grotesca, aunque abstracta, se mantiene enfocada en un tema (el compositor gourmand Gioachino Rossini) y sus variaciones (postales de su vida), sazonadas con arias de óperas célebres, oberturas y piezas para piano. De ahí el nombre de esta obra que Mauro Bigonzetti estrenó en Italia en 2004 y que desde el sábado pasado predispone de la mejor manera a la audiencia del Teatro Presidente Alvear.

Vamos de atrás para adelante porque la primera parte del espectáculo, Bailando en oscuridad, vuelve sobre los pasos del programa ya reseñado el mes pasado cuando se abrió la temporada 2026 en la sala Martín Coronado. Afortunadamente, el interesante rescate de la producción de la coreógrafa argentina que se hizo con la retrospectiva Stekelman en tres tiempos no se agotó en aquel puñado de funciones: un trabajo semejante no es para dejarlo pasar así como un viento de verano. Pero, yendo al plato principal, lo que el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín preparó especialmente para esta ocasión es la deliberada continuidad de una senda que comenzó a tomar hace cuatro años con el estreno de Cantata, también del coreógrafo de Reggio Emilia. Esta segunda obra suya le calza a la compañía como el zapatito a la Cenerentola, tanto en la vigorosa destreza de los cuadros grupales (exactos, vivaces) como en los exquisitos dúos, tríos y solos que permiten seguir dando cuenta del nivel de los artistas que integran esta compañía excepcional.

Bigonzetti –en este caso, a través de su repositor oficial, Vincenzo Capezzuto– no solo le pide a los intérpretes que bailen con rebosante energía, que vayan de la exageración al fino y mínimo detalle, y viceversa, sino que les demanda una interpretación a la Rossini, es decir, apasionada, también en otros lenguajes, como pueden ser la actuación, el canto desinhibido (Damián Saban y Daniela López) y la declamación cocoliche de la receta de los tan mentados macarroni (Andrea Pollini), con o sin trufas según el presupuesto, revivida a la hora de la cena.

Vale la pena detenerse en dos dúos que son los principales contrapuntos a toda esa exuberancia cómico-gastronómica. En ambos, no deja de apreciarse como un privilegio la proximidad del público al escenario del Alvear. Sobre todo frente a la proeza de David Millán e Ivana Santaella, que, contenidos en el proscenio, acometen una coreografía de precisión quirúrgica donde cada mínimo músculo cuenta. Esculturales, acrobáticos y figurativamente desnudos ante los ojos del espectador, interrumpen el parpadeo. Algunas escenas después, ya en el uso de todo el espacio de la caja negra, Antonella Zanutto y Daniela López interpretan otro bello dúo de dinámicas cambiantes, que las desafía en el trabajo de partenaire, de admirable ejecución, también sobre una pieza para piano.
Con este pantagruélico festín, Bigonzetti rinde tributo a uno de los ídolos de la música italiana –en su línea de homenajes, el coreógrafo dedicó más tarde un ballet a otro estandarte de las bellas artes, el pintor de los claroscuros, Caravaggio, que en Buenos Aires se dio en el Teatro Colón–. El explosivo final de Rossini Cards sobre la popular obertura de Guillermo Tell –que el Ballet del San Martín llevará a la Gala del Dance Open de St. Petersburgo en apenas unos días– recuerda a Cantata más que por la similitud de algunas formas coreográficas o la idiosincrasia tana (con boina y todo) por ese sabor que se paladea en la boca y el espíritu aún después de acabada la función.
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