
Cómo un hijo cínico de padres beatniks usó las drogas,el diablo y el Apocalipsis para crear su propia elite.
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Es la medianoche de un domingo, y daniel pinchbeck, un autor de pop psicodélico, está fumando un cigarrillo en el sillón de un departamento dramáti-
camente despojado en el East Village de Manhattan. Es un personaje al estilo de Austin Powers, con ortodoncia en los dientes, el cabello enredado y una voz alta y nasal. Pinchbeck, de 40 años, no es exactamente un tipo cool, pero en Nueva York es muy conocido como filósofo y defensor de las drogas que no vende tu dealer en la esquina, lo cual lo hizo bastante famoso. Esta fue una semana atareada: sábado a la tarde con Sting en la muestra de Edvard Munch en el Museo de Arte Moderno, sábado a la noche en un recital de rock con Moby, y hoy, visitar a un montón de gente que toma dimetiltriptamina, considerada el alucinógeno más potente del planeta. El dmt, un horrendo trip de siete minu tos que se sienten como siete siglos, es Direct Mystical Transmission transmisión mística directa], dice Pinchbeck, Drastic Magical Transport [drástico transporte mágico]. Es "la puerta que hay que traspasar para saludar a los seres que manejan el kiosco cósmico", escribió. Fumar un bowl, agrega, sabe a "un pan de césped".
Ahora todo el mundo está callado. En el living, un griego rico y barbudo que vino a Nueva York para experimentar con psicodélicos lejos de las miradas entrometidas de la familia se relaja con una remera de La-Z-Boy. "Deberías venir al eclipse total de sol en Turquía la semana que viene", exhorta a Pinchbeck. "Si estás viajando, la energía sale de vos durante el eclipse y después vuelve con mil veces más fuerza." Asiente. "Aunque, muchos israelíes vienen al festival, y eso lo convierte en un blanco para los terroristas."
Pinchbeck tose y camina hacia un futón cubierto con una manta anaranjada brillante sobre la que está tirada, boca abajo, una chica castaña y delgada. El le acaricia la cabeza con palmadas largas y lentas. Ella ronronea. "La gente se está dando cuenta cada vez más de que en nuestro planeta está pasando algo que no es explicable por ninguno de los mapas ni las matrices que tenemos", dice más tarde, mientras se quita los anteojos y los limpia con un pañuelito azul. Las guerras en Medio Oriente, el conflicto del petróleo, la extinción de las especies: algo está mal en nuestro planeta. Pinchbeck cree que la respuesta puede yacer en la potencia de los psicodélicos para transmitir una nueva con ciencia en los momentos de mayor riesgo. "Nuestra cultura aprueba abiertamente las droga como el Ambien y el Prozac, mientras reprime las sustancias naturales como los hongos que en las culturas indígenas son sagrados", dice. "El sistema está en caída libre, y necesitamos ir más allá de nuestras barreras ideológicas para encontrar ma neras de lidiar con la situación."
Vuelve a colocarse los anteojos sin una pizca de error. Los ultimos años fueron buenos para la comunidad psicodélica. El primer estudio sobre psicodélicos de la Universidad de Harvard desde que echaron a Timothy Leary en 1963 comenzó el año pasado, investigando losefectos del MDMA para la ansiedad en los tratamientos de pacientes con cáncer. El mes pasado, los investigadores de la escuela de medicina Johns Hopkins publicaron los resultados de un importante proyecto de seis años sobre los efectos de los hongos psilocybil [hongos mágicos], en los cuales más de un 60 por ciento de los participan tes reportó cambios positivos en su actitud y su comportamiento tras tomar la droga, incluso diciendo que estaba entre las cinco mejores experiencias de sus vidas (un par de participantes disintieron, asociándolo con “estar en una guerra”). El químico suizo Albert Hofmann, quien descubrió el LSD en 1943 tras absorber un compuesto preparado para inducir el parto a través de las yemas de sus dedos, festejó su cumpleaños número 100 en enero pasado, y Sasha Shulgin, el científi co del Bay Area que resintetizó el éxtasis a fi nales de los 60 sigue inventando compuestos inspirados en el MDMA. Pronto se llevará a cabo el festival Burning Man, al que Pinchbeck llama “el fulcro para la evolución de la conciencia sobre el planeta”, un encuentro de intercambio entre las 25 mil personas menos convencionales de los Estados Unidos, vestidas con ropas al estilo Mad Max llevando a cabo rituales altamente paganos en las interminables extensiones de un lago prehistórico de la llanura de Nevada al que llaman “hogar”.“La época se estuvo oscureciendo últimamente por la idiotez del presidente Bush, y algunos se están dando cuenta del potencial de los psicodélicos para despertar a la humanidad”, dice Alex Grey, el ar-tista psicodélico amigo de Pinchbeck cuya obra puede verse en el álbum 10,000 Days de Tool. “Cuanto más nos acercamos a una especie de cultura apocalíptica, más los psicodélicos nos dan una oportunidad de mirar a través de una lente nuestra mente y refl ejar hacia dónde queremos dirigir nuestro futuro.”Pinchbeck, quien trabaja activamente por convertirse en el Timothy Leary de su generación, ha creado en torno suyo una escena que tal vez sea la más joven y la más vibrante del sistema psicodélico actual. “Leary, y Aleister Crowley antes que él, tenían mensajes esencialmente optimistas y expansivos, sobre hacer que tu vida fuera placer y triunfo a través de los métodos que ellos promovían”, dice Brian Doherty, autor de This Is Burning Man.“Daniel está mucho más cerca de la aguda profecía de McKenna, con un mensaje aun más puritano sobre cómo nosotros, como planeta, debemos enderezarnos y volar en recta.” Cuando Pinchbeck llegó a la escena en 2000, tanto Leary como McKenna habían fallecido, y él parecía listo para ascender. Su libro 2012: The Return of Quetzalcoatl, ha sido ampliamente criticado por la prensa más importante. De hecho, su editor original Gerald Howard, el venerable editor de autores como Don DeLillo, lo descartó con la frase “Daniel, vos no sos Nietzsche”. Pinchbeck dice: “Para él fue un poco duro concebir que alguien de mi generación estaba haciendo algo de tanta significancia”.Así como Leary promovió las alguna vez poco comprendidas drogas como los hongos y el LSD como llaves para abrir las puertas de la percepción, Pinchbeck promulga el gospel de un grupo de psicodéli-cos que aún no han encontrado su lugar en el mainstream, viéndolo desde un contexto chamánico. Como se detalla en su primer libro, Breaking Open the Head: A Psychedelic Journey into the Heart of Con-temporary Shamanism, Pinchbeck ha experimentado con casi todas las drogas disponibles en el planeta, ingiriendo toda clase de cactus, semillas y hojas, además de montarse a la “bicicleta de Hofmann”, un eufemismo para los viajes en LSD. Pero la elección más famosa de Pinchbeck para abrir la mente es la ayahuasca, un brebaje de la jungla amazónica que contiene el componente del DMT, generalmente combinando las hojas de una planta que tiene DMT con una vid que se encuentra enroscada a los árboles de la selva tropical y cuyos betacarbolitos hacen que el DMT sea oralmente activo.“Las drogas como la ayahuasca son interfaces que nos permiten recibir mensajes de otras realidades en vez de vernos abrumados en cortocircuitos por ellas”, dice Pinchbeck. “Algunos puede que insistan con que estos mensajes vienen de nuestra propia psiquis. Yo creo que es posible que vengan de otra realidad o, tal vez, de una dimensión más elevada.”Un té espeso y oscuro que según Pinchbeck sabe a “esencia destilada de bosque fermentado”, en Colombia a la ayahuasca le dicen yagé, lo cual es traducido por una tribu india sudamericana como “viña del alma” o “soga de la muerte”. Ataques de vómito e incluso diarrea son los efectos secundarios usuales de esta droga, y duran al menos unas horas. Hasta hace cinco o diez años, uno todavía tenía que viajar al Amazonas para tomarla, pero últimamente se consigue en los círculos indicados en los Estados Unidos, traída al país en grandes jarras por chamanes con ropa deportiva, o sintetizada aquí por sectas religiosas católicas espiritistas principalmente del suroeste, que la toman como una eucaristía psicoactiva. La gente generalmente toma la droga en grupos reducidos, casi siempre en un contexto religioso o cuasi religioso, de modo similar a como se tomaba generalmente el peyote en el contexto de las ceremonias indias en los Estados Unidos en los 60. En enero pasado, sentando un caso planteado por un una familia de Seagream en Nuevo México, la Corte Suprema de los Estados Unidos declaró que la ayahuasca era legal para los rituales religiosos. “Si el máximo de la exploración psicodélica en los 90 estuvo dado por los ravers tomando químicos sintetizados, esta década se trata de la proliferación de la religión ayahuasca”, dice Eric Davism autor de The Visionary State: A Journey Through California’s Spiritual Landscape. “En los 60 había DMT, pero nunca llegó a ser una fuerza cultural: había que estar muy metido para tomarla. Pero ahora hay algo relativo a lo televisual, lo hiperdimensional, la grandiosidad de la densidad de data del viaje con DMT que parece resonar con la cultura hiperreal y globalizada de hoy. Al mismo tiempo, como es un brebaje antiguo de la selva, la ayahuasca nos liga a muchas cosas que hemos perdido, nos da la sensación de formar parte de algo que tiene raíces en la naturaleza, lo cual es una fuente de nostalgia y angustia en este momento.”Las primeras descripciones de la droga vinieron de William Burroughs, quien la probó en los 50, poco tiempo después de matar accidentalmente a su esposa. Había colocado un vaso sobre la cabeza de ella como si fuera un farol; “Es hora de hacer de Guillermo Tell”, dijo, y le disparó en el cerebro. Con ayahuasca, Burroughs se vio a sí mismo en una ciudad cuyas calles estaban cubiertas de vacas muertas. “No se permiten funerales ni ceremonias”, escribió. “Los albinos pestañean bajo el sol, los chicos en las calles se masturban lánguidamente, la gente carcomida por pestes desconocidas escupe a los transeúntes y los muerden y arrojan pus y esquirlas y verdores surtidos esperando infectar a alguien.” Comenzó a “ver o a sentir lo que creí era el Gran Comienzo, o algún sentido de Ello, acercándose a mi mente como una vagina enorme y húmeda… un enorme agujero negro de Nariz-de-Dios a través del cual yo espiaba el misterio, el agujero negro rodeado de toda la creación”. Dijo que la ayahuasca era la droga más temible que jamás había tomado. La perspectiva de Pinchbeck sobre la ayahuasca es bastante diferente. El la tomó por primera vez hace unos diez años en el centro de Manhattan con un chamán californiano que le presentó el poeta Michael Brownstein; Pinchbeck usó pañales para la incontinencia y antifaz, y tenía una bolsa plástica para vomitar junto a la cabeza. Un año más tarde, tras encargar los ingredientes a través de un sitio web de productos botánicos, preparó el brebaje para dos amigos en su departamento. Pinchbeck escribió: “[Con esta droga] tuve la idea de que la conciencia humana es como una flor que florece desde la tierra”. “El tallo y las raíces son lazos invisibles, filamentos etéreos que conducen a un ser más grandioso, extradimensional. Nuestra separación de ese ser mayor fue sólo una ilusión temporal. El universo fue, lo sabríamos si pudiéramos percibir cómo funciona, bienintencionado y bueno. Después vi todo desde mi tumba mientras tiraba tierra sobre mi ataúd. Ni siquiera esa escena de película de terror me molestó. Me hizo sentir calmo.”Calmo es como se lo ve esta noche, bebiendo un licuado de almendras en un restorán vegetariano de luz baja en el East Village, hablando de su infancia. “En un momento, en los libros de Carlos Castaneda, él le pregunta a Don Juan cómo era cuando era chico, y Don Juan le dice: «No tengo historia personal»”, dice Pinchbeck conuna extraña media sonrisa. “Yo también me siento así. Trato de mantenerme abierto.”
Pero pocos fueron tan determinados por sus orígenes como Pinchbeck. Hijo único, fue criado en Manhattan por sus padres, Peter Pinchbeck, un pintor abstracto poco conocido, y Joyce Johnson, una autora beat que crió a Daniel como judío ateo. Johnson fue la novia de Kerouac (“una interesante joven judía, elegante y de clase media, triste y en busca de algo” es como él la describió). El la exhortó para que se conocieran en tierras extranjeras –“escribíamos y cobrábamos nuestros cheques en grandes bancos estadounidenses, y tomábamos sopa en los mercados y fl otábamos sobre campos de fl ores y bailábamos la rumba en antros alocados”–, pero estaban la mayor parte del tiempo juntos en Nueva York, haciendo el amor toda la noche antes de salir a las calles de la ciudad para buscar la reseña de On the Road del New York Times por la mañana. Musa educada, ella observaba cómo Kerouac se convertía en una superestrella, parada en el backstage mientras un entrevistador de televisión le preguntaba a él: “¿Qué es lo que estás buscando, Jack?”. Y él respondía: “Estoy esperando que Dios me muestre su rostro”.
Johnson dio a luz a Pinchbeck en Nueva York, donde editó libros de Allen Ginsberg y Abbie Hoffman. Cuando el joven Pinchbeck tenía 2 años y estaba en la sillita alta, Hoffman se apareció en su ventana tras la Convención Nacional Demócrata gritando: “¡Tengo un libro!”; arriba, sacó una banana de las manos de Pinchbeck y lo sorprendió partiéndola al medio y comiéndosela. Gestos igualmente grandio
sos realizados por fi guras masculinas fueron percibidos por Pinchbeck durante su adolescencia, en los viajes al loft de su padre y de otros vecinos pintores del Soho tras el divorcio de sus padres. Todos los hombres llevaban a cabo “alocadas e icónicas batallas contra el sistema”, dice Pinchbeck. Como un verdadero padre beat, el suyo demostró poco interés en él e incluso dijo que deseaba nunca haber tenido un hijo. “Y yo era el paradigma clásico del que no puede lidiar con la agresiva realidad social del secundario, entonces me aliené con [el juego de rol] Calabozos y Dragones, la poesía, el ajedrez y el go”, dice Pinchbeck. Sacaba los libros de Ginsberg de la biblioteca del colegio, y sus compañeros lo burlaban cuando encontraban un poema llamado “Dulce chico dame tu culo”.
Durante mucho tiempo, Pinchbeck, quien pasó parte de su adolescencia con un arnés ortopédico para la escoliosis, tuvo miedo del sexo, de que su frágil cuerpo fuera invadido por otro. Tras dejar la Wes
leyan University a fi nes de los 80 –era un nerd onda new wave que no encajaba– decidió remediar su condición, según un amigo, parando en un bar cercano a la universidad de Columbia que alguna vez había sido famoso entre los beats, sugiriéndoseles a todas las chicas hasta perder el miedo y la vergüenza, y conseguir formar pareja (hoy en día sus amigos señalan que Pinchbeck tienen una habilidad especial para elegir mujeres hermosas). “Yo siempre digo: «Si nunca vomitaste en un taxi ni te cogis te a Daniel Pinchbeck, no vivís en Manhattan»”, dice una vieja conquista. “El hacía todo lo posible para que salieras con él.”
Esa misma tenacidad es la que aplicó para lograr el éxito. A comienzos de los 90, Pinchbeck cofundó el periódico literario Open City junto a Thomas Beller –autor de una irónica fi cción sobre la adultez y ex novio de Parker Posey– y Robert Bingham, la oveja negra de una familia de gráficos sureños que parecía que podía convertirse en el Robert Stone de su generación. Durante unos años, hablaron de la ciudad, publicando y apadrinando nuevos autores y siendo indulgentes con su gusto por el sexo en la constante búsqueda de ninfas eruditas de pómulos prominentes. Cuando la escena comenzó a deshacerse, cuando el hijo de Bingham murió de una sobredosis de heroína con las galeras de su primera novela sobre el escritorio, Pinchbeck quedó boyando, con dos novelas rechazadas por los editores y un trabajo en una revista no completamente estable. (El ahora se distancia de ese mundo que alguna vez quiso dominar: “Casi todos los de mi generación involucrados en la literatura ahora están ligados a una percepción del mundo que sólo nos conduce a la destrucción”.)
“Caminando por las calles del East Village, pasé tanto tiempo contemplando el sinsentido de la existencia que a veces me sentía como un fantasma”, escribe en Breaking Open the Head. “Tal vez ya esté muerto, pensé. El mundo parecía envuelto en un capullo que yo no podía abrir, y el cual me sofocaba. No quería lo que otra gente quería, pero no sabía cómo encontrar lo que necesitaba. Quería la verdad, mi propia verdad, el fragmento sombrío que fuera o la totalidad infernal que pudiera resultar ser.”
Con casi 30 años, era poco más que un mediocre escritor cínico, furioso, pobre y generalmente borracho. En una fi esta en Tribeca, lo echaron después de que una editora resistiera sus avances, mientras él protestaba porque las mujeres de Manhattan sólo querían hombres ricos. Tenía que haber algo más. Con un amigo, comenzó a experimentar con hongos antes de salir a recorrer los bares de moda, donde percibía a sus amigos como caballeros medievales heridos con sus damas. Luego de leer un libro sobre el iboga –una extraña raíz africana– y su uso como cura de la heroína, consiguió un arreglo con una revista para viajar a Gabón, país del oeste de Africa, para comerla junto a la tribu de los bwiti, que, según le había contado un botánico, inició a los occidentales en los secretos cósmicos del iboga mostrándoles la “esencia del amor”. En Gabón, el singular rey de los bwiti empujó a Pinchbeck desnudo dentro de un riachuelo, cubierto con una pasta roja y vestido con pieles de animales y una pluma roja en el cabello. Servido en plátano, el iboga tenía sabor a aserrín mezclado con ácido de pilas, y el viaje duró unas treinta terrorífi cas horas. El resultado: el chamán bwiti le dijo que el espíritu de su abuela, una mujer sádica que le había administrado unos indeseables enemas cuando era chico, había sido eliminado de su vida. Era ella quien le estaba impidiendo acceder al plano etéreo que existe más allá de nuestras cuatro dimensiones. Los siguientes diez años, mientras tenía una hija con una europea heredera de arte cuyos padres habían sido retratados por Andy Warhol, Pinchbeck se embarcó en una odisea internacional que lo llevó a visitar chamanes en las montañas mexica nas de Oxaca, los Hopos en las reservas de navajo y pequeños pueblos tribales en la selva tropical ecuatoriana. En los mundos de tinieblas de los territorios psicodélicos, él declara haber conocido duendes y gnomos, y eventualmente aliens, quienes le aseguraron que no eran frutos de su imaginación sino “parte de un sistema entero sensible” en el “entretejido del firmamento cosmológico”. Inhaló DTP, el primo elaborado por los laboratorios del DMT, junto a una bailarina stripper de 24 años llamada Charity, que había viajado haciendo dedo desde México para encontrarse con su gato, Prometeo. Con DPT, él vio el mal puro, un área sólo habitada por corporaciones que nos controlan a través de sus eslóganes y sus logos.
Conocer al diablo –un enorme lagarto con una cresta blanca en un bar espejado– es un riesgo que para Pinchbeck vale la pena tomar. “Generalmente soy una persona humilde, pero siento que estoy surfeando el filo de la conciencia en este planeta”, dice. “Un chamán se arriesga completamente por adquirir el conocimiento que su tribu necesita para continuar. En este caso, la tribu es potencialmente todo el maldito mundo.”
Pinchbeck y su equipo, algunos de cuyos integrantes están
empezando una nueva revista, Evolver, se llaman a sí mismos
los “New Edge”, un término tomado de la cultura rave y cibernética del Bay Area de los 90. Es un grupo de profesionales, la mayoría de Brooklyn, de treinta y pico, sensibles, criados en la lectura de ciencia-ficción y que trabajan en los medios o como diseñadores gráficos; mujeres a quienes les gusta la astrología, practican mucho yoga y escuchan música electrónica. Conozco a algunas de esas personas: un tipo a quien conocía hace un tiempo que escribía guiones de comedia para MTV en los 90 y que ahora está tratando de abrir una cadena de comida saludable, una pareja de estudiantes graduados de Hollywood que me invitaron una vez a tomar unos martinis, pero después me ofrecieron una nueva droga que habían adquirido en Shulgin, una “polidroga” de Foxy (inspirada en MDMA) y Special K. Y después está Sting (cuando llamo para chequear datos para esta nota, Pinchbeck está en su casa en Wiltshire, Inglaterra, a punto de abordar un helicóptero para probar un nuevo vuelo en círculos, aquellas extrañas formas geométricas que a menudo se encuentran en los campos de trigo ingleses, hechas por aliens o por bromistas). Aquellos que hablan de realidades alternativas, como Sting u Oliver Stone, han sido explícitos en cuando a sus experiencias con ayahuasca, y en los círculos en los que la ayahuasca está afi anzada, muchas personas realizan viajes semanales a Perú, que cuestan unos 600 dólares sin avión e incluyen unas cuatro ceremonias con ayahuasca. Es una especie de escena a la Merry Tripster, con viajes chamánicos guiados a Perú, Colombia y Hawaii disponibles casi mensualmente con chamanes como una mujer de Los Angeles de mediana edad que usa un turbante blanco y quien encarna a un espíritu llamado “la Madre”, y con quien Pinchbeck tiene una relación cercana. Cada dos meses se ofrecen ceremonias en el nonorte del estado de Nueva York, bajo el auspicio de la iglesia católica espiritista. Los participantes deben vestirse de blanco; hombres y mujeres se sientan a cada lado de la sala sin poder interactuar. En su rol de “hechicero en el reino de las ideas”, como se llama a sí mismo, Pinchbeck ha provisto del material también a los visitantes a su departamento. “Daniel me sentó en el sofá y me preguntó: «¿Ya le viste la cara a Dios?»”, dice uno de los participantes.
Muchos de los que toman la droga se vuelven verdaderos creyentes, y tiene especial atractivo para aquellos que están preocupados por el veloz empeoramiento del estado del mundo, quienes esbozan laconclusión de que el planeta pronto se re velará frente a los humanos si antes no nos matamos entre nosotros. “En este momento en este país está teniendo lugar una extraordinaria hipnosis colectiva, es un momento de parálisis”, dice Ken Jordan, un viejo amigo de Pinchbeck y cofundador del sitio de música Sonicnet. “Tener una experiencia con plantas naturales como la ayahuasca puede conectar tu espiritualidad con el planeta de un modo que personalmente no había experimentado antes, ni siquiera con LSD. Para mí fue algo extraordinario. Por primera vez sentí que el mundo estaba vivo.”
Como en un grupo de elite, hay algunos que no pueden seguir en el programa, y dos seguidores que a menudo posteaban en el foro de discusión de Pinchbeck –quienes habían peregrinado a Nueva York sólo para conocerlo– se suicidaron en los últimos años. Uno, graduado en matemáticas de la John Hopkins, comenzó a alucinar una serie de números con mensajes perniciosos, como John Nash, y terminó tirándose de un puente. Le siguió Dan Carpenter, un pintor de casas que se colgó con un cable después de cincuenta experiencias de salirse de su cuerpo y trece viajes con los ojos cerrados con polvo DXM, el anestésico presente en el jarabe para la tos. En un libro publicado póstumamente, Carpenter escribe que la vida no tenía sentido: “Algo me «guiñó» como diciendo: «¡Shhhh! ¿Ves ahora?». El amigo que me cuidaba mientras yo viajaba, la gente en el sitio de Daniel Pinchbeck, el hecho de que yo me topara con el DXM cuando lo hice… el hecho de que mi jefe me diera tres días libres que usé para viajar, todo de algún modo fue un programa. Todo fue visionario, los días y la realidad estaban alterados. No hay libertad, sólo la sensación de que la hay”.
Todo esto fue antes de que el propio Pinchbeck comenzara a realizar algunas declaraciones muy extrañas. Luego de separarse de la heredera en 2003, empezó a viajar a Hawaii y al Amazonas con una pintora abstracta increíblemente sexy y sacerdotisa del Santo Daime, tomando sol desnudo junto a ella en los acantilados hawaianos. En el Amazonas, recibió un mensaje de Dios, en la forma del Quetzalcoatl, un místico pájaro-serpiente de la mitología maya. Quetzalcoatl le dijo a Pinchbeck que él es un profeta –y que todas las veces que creyó que era un perdedor, porque su nacimiento fue en junio de 1966 (666), y que su apellido es un sinónimo de “dios falso”, eran signos de que un día sería elegido para transmitir algo muy especial, un saber intradimensional, al planeta. Aquí está: el mundo tal como lo conocemos está por acabar, el 21 de diciembre de 2012, el último día del calendario maya. Como cualquier buen gurú, Pinchbeck tal vez intencionalmente hizo que los detalles de su profecía fueran difíciles de precisar (y, de hecho, tomó libremente prestadas algunas ideas de McKenna a José Arguelles, el ex profesor de Princeton que dedicó su vida a promover esas ideas). Si habrá un colapso mundial antes de 2012 no es algo que él deba decir, aclara. Todo lo que sabe es que el resurgimiento del militarismo y el terrorismo –así como un aumento en las coincidencias en su propia vida– presagia un tiempo en el que el espíritu y la materia convergirán en uno. Entonces seremos liberados del poder oculto del calendario gregoriano, que es el que nos mantiene fuera de sincronía con nuestros poderes psíquicos. Vamos a recibir los poderes de la telepatía y a poder ha blar con nuestros vecinos alienígenas, sin tener que viajar en naves sino a través de la evolución psíquica. “Todos los que conozco han empezado a pensar que algo va a suceder en 2012”, dice David Wolfe, el chef de comida cruda. “Estaba en una gira, y la gran pregunta era: «¿A dónde vas a estar en 2012?». Yo creo que en la Isla Grande de Hawaii o en la roca principal del Canadian Shield.” Pero según Pinchbeck, no todo el mundo se salvará en 2012: sólo la elite psicodélica y aquellos que han alcanzado una conciencia supramental lograrán atravesar el cuello de botella del fi n de los tiempos. O tal vez puedan salvar al planeta antes del colapso de nuestro sistema socioeconómico en 2008, en cual caso transmitirán buenas ondas al resto de nosotros, quienes también seremos salvados. “Hay una cristalización que tiene lugar entre una pequeña elite, y una vez que eso sucede uno puede transmitirlo por todo el planeta con increíble entusiasmo”, dice Pinchbeck. “Vamos a necesitar hacerlo muy, muy rápido.”
Esta clase de fundamentalismo psicodélico tiene sus críticas, especialmente en un momento en el que Timothy Leary está siendo atacado por su nueva biografía como un oportunista sin otras intenciones que obtener su propia fama. “El estado actual de la psicodelia es casi el peor de todos”, dice el autor Douglas Rushkoff, amigo de McKenna y Leary. “Mientras aquellos que se acercan a la droga científicamente, como Leary, ahora son difamados por errores de su vida personal, aquellos que imponen mitologías del fin del mundo en la simple perspectiva de un viaje inducido por la droga son ardientes seguidores.” El argumento contra la profecía de Pinchbeck no se pierde de vista en muchos de los que vieron la caída de otros tantos gurúes. “Daniel está prediciendo cosas que no van a pasar en un futuro muy lejano: tiene fecha de expiración dentro de seis años”, dice Richard Metzger, de la editorial Disinformation. “El podría haber seguido haciendo de gurú con las giras de lecturas y los circuitos en Esalen por siempre, pero lo que pasará con su carrera después de esas predicciones es difícil de saber.”
Tampoco a los colegas de Pinchbeck en el mundo de la adivinación se les escapan los limitados beneficios de una profecía con fecha de vencimiento, mientras él abre la mente de jóvenes novatos: una de sus más recientes declaraciones es que la naturaleza de los sexos no es necesariamente monógama, y aquellos que prefi eren ese estilo de vida están viviendo en una falsa conciencia.
“Lo triste es que esto es lo que nosotros, nerds sobreeducados que conseguimos estar cerca de las estrellas de rock, queremos”, dice un compañero. “Yo también quiero chicas de 19 años chupándome el pene, especialmente si puedo justifi carlo diciendo que en el proceso están salvando al mundo.”
Así como Kerouac comenzó a cambiar la conciencia de toda una generación, Pinchbeck cree que él y sus amigos podrán ca-
talizar a su generación para que superen el estado actual de los baby boomers, todos esos tipos cómodos de mediana edad que viven en un mundo materialista y secular. “Los beatniks reconocieron el mal del pa-
radigma social moderno a todo nivel, pero no fueron capaces de encarnar un nuevo modo de ser”, dice Pinchbeck. “No es que yo pueda hacer eso completamente, pero puedo ver eso como un modelo.”
Es un extraño modo de pensar cuan-
do tu madre misma es una antigua beat-
nik, que vive en un loft en el Upper West Side a la vuelta de Strawberry Fields, con el departamento lleno de libros, plantas y pinturas elementales, abstractas y desa-
bridas. Una tarde reciente, ella se sienta en un sillón de cuero negro con su cabello rubio encanecido, hablando de los viejos tiempos. “Kerouac usaba el budismo como un modo de racionalizar todas las cosas que estaban mal en su vida”, dice. “Su acti-
tud era: «¿Para qué hacer algo? Todos nos dirigimos al vacío».” En cuanto a su hijo, sobre sus aventuras con la psicodelia dice: “Si Daniel hubiera venido y me hubiera di-
cho que quería convertirse en un judío or-
todoxo, yo estaría igual de shockeada”.
Pinchbeck carraspea. “Yo creo que por el modo en el que fue constituida mi ma-
dre, viendo a la gente de los 60 quebrarse, ella tuvo una gran cantidad de angustia, melancolía, preocupación y depresión”, dice. “Esas cosas me presionaron a mí, y yo me sentí psíquicamente inmovilizado tratando de sortear esas fuerzas. De algún modo, tengo que ver eso como algo positi-
vo, porque me forzó a hacer este viaje a lo desconocido.”
Johnson se acomoda en el sofá.
“Traté de expresarle a mi mamá que Quetzalcoatl no es sólo un sueño mío, sino, aunque ella no lo sepa, también es un sueño suyo”, dice Pinchbeck.
“¿Qué pensás sobre eso?”, le pregunto.
“No lo sé”, dice Johnson.
Las primeras veces que veo
a Pinchbeck, él es amable y me
dice “dulce”, pero el trato pronto se va agriando. Confrontado con su chica, que no es lo sufi cientemente sexy, y con mi libreta y mis ojos desconfi ados, comienza a mandarme mails privados en los que me pregunta por qué no interactúo más seriamente con sus ideas: “Como estuve tratando de señalarte, la «nota» aquí, según yo lo veo, no soy yo, también es sobre vos. Ahora que te encontraste con este conjunto de ideas sobre la inmediata crisis que enfrenta nuestro mundo y los pasos a seguir para su solución, en el proceso apocalíptico individual de muerte y renacimiento… ¿qué efecto tiene sobre vos? ¿Determina decisiones que tenés que tomar sobre las cosas que escribís, o sobre si vas a pagar un plan de crédito de largo plazo, o algo por el estilo?”
Esta noche, en su departamento, un dos ambientes del East Village demasiado pequeño para su sobredimensionada personalidad, parece inhóspito y moroso. Su hija está tirada sobre la cama sin hacer nada mirando El rey león mientras Pinchbeck y yo comenzamos a hablar de cómo me gustaría a mí salirme de la grilla, escapar al caos de la vida en la ciudad. Cuando hablamos de eso antes, él dijo: “Pero no hay escape”, con sus ojos incendiándose en los míos. “Tenemos que arreglar esta situación ya mismo, o va a haber guerras nucleares y muertes masivas, y no va a ser muy interesante. En cinco años no va a haber más Estados Unidos, ¿OK?”
En la otra habitación, su hija tiene miedo –una banda de hienas llena la pantalla del televisor y persigue al pequeño leoncito.
“Esta es la parte de miedo”, dice.
Pinchbeck la consuela. “Tenés razón”, le dice. “Esta es la parte de miedo.” Ella se aferra al borde del camisón y se tapa la cara con él.
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