Jesse Eisenberg, el actor, guionista y director cuyos padecimientos lo llevaron hasta los premios Oscar
Está nominado por el guion original de Un dolor real, la película por la que Kieran Culkin seguramente ganará el galardón a Mejor actor de reparto
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Es posible que muchos espectadores sigan identificando a Jesse Eisenberg como el actor que interpretó a Mark Zuckerberg en Red social, la película de David Fincher escrita por Aaron Sorkin gracias a la que el intérprete consiguió una nominación al Oscar en 2010. Otros tal vez lo recuerden como el mejor avatar de Woody Allen en Café Society o como el peor Lex Luthor en Batman v Superman. El origen de la justicia. Aunque esas percepciones resultan algo anticuadas desde el estreno de Un dolor real, el film escrito, dirigido y protagonizado por Eisenberg por el que este domingo podría ganar la estatuilla a Mejor guion original y gracias al que Kieran Culkin, su coprotagonista se llevará el premio al Mejor actor de reparto.
“Con esta película estaba intentando encontrar respuestas para unas preguntas que siempre me rondaron: ¿Cómo se comparan mis problemas emocionales y de salud mental con el dolor de mis ancestros que es objetivamente mucho más horrendo? ¿Es mi sufrimiento algo de lo que vale la pena hablar o se trata solo de los reclamos mezquinos de un estadounidense extremadamente privilegiado? De eso se trata Un dolor real que para mí está más cerca de una sesión de terapia que de una especie de comentario académico sobre mi identidad como la tercera generación de judíos sobrevivientes del Holocausto”, dice el actor y director con una elocuencia que refleja la inteligencia y sensibilidad de su guion. El film estrenado el 23 de enero y todavía en cartel en algunas salas de la Argentina, sigue el periplo de los primos hermanos David (Eisenberg) y Benji (Culkin) a través de Polonia, el país natal de su recientemente fallecida abuela. Un viaje que intenta ser un reencuentro para ellos y, en cambio, resulta en la reapertura de viejas heridas y la creación de algunas nuevas.
“Gracias por la pregunta”, dice Eisenberg en varias ocasiones durante la entrevista por Zoom en la que participó junto a un pequeño grupo de periodistas que incluyó a LA NACIÓN. A diferencia de Culkin, que parece siempre decir sin filtro lo primero que se le pasa por la cabeza, el director transmite una tensa cautela que no es fruto del nerviosismo, sino de su carácter forjado entre los sentimientos de incomodidad frente al mundo y sus trabajos como actor infantil, una ocupación surgida de la preocupación de sus padres por la evidente ansiedad que sentía su hijo, quien años después reveló que antes de interesarse en el teatro le tenía miedo literalmente a todo.
-¿Aquellos padecimientos de la infancia inspiraron la creación de los personajes de la película o fue tu interés por plantear el tema de la salud mental en general?
-La verdad es que no sé nada de salud mental más allá de mi propia experiencia. En la película David tiene lo mismo que yo, un desorden obsesivo-compulsivo y habla de tomar medicación y de cómo correr lo ayuda a lidiar con sus síntomas. Pero lo más importante para comprender quién es pasa por su certeza de que su dolor no es tan importante como para que el resto del mundo cargue con él. En cambio, el personaje que Kieran interpreta tan maravillosamente ese alguien que pone sus padecimientos en la vidriera para que todos los vean y se sientan obligados a lidiar con ellos. Para mí como guionista se trataba de mostrar dos formas muy distintas de atravesar el dolor emocional, pero no soy médico. Solo me dedico a reflejar desde la ficción lo que veo en el mundo y lo que siento yo sobre mis dificultades.
-En la película muchas veces el abordaje de esas temáticas es desde el humor.
-Hace más o menos veinte años que escribo obras teatrales que tratan sobre momentos dramáticos en la vida de los personajes, donde siempre aparecen dinámicas entre ellos que tienen un costado cómico, liviano e irreverente. Eso sin que sea a expensas de los temas más profundos que me interesa tratar. En la película intenté hacer lo mismo, que el vínculo entre los personajes fuera real, divertido y auténtico. Es, de alguna manera, el truco de Un dolor real: si hubiésemos mostrado a David y Benji y el duelo que atraviesan como algo intocable o denso el público habría tomado distancia del relato, pero cuando los vemos tener actitudes tontas, egoístas e inmaduras la sensación es que los estamos acompañando en su viaje literal y metafórico. Al menos ese era mi objetivo.
-¿Por qué decidiste ambientar la película en Polonia y en el marco de un tour organizado por familiares de sobrevivientes del Holocausto?
-Mi familia viene de Polonia. De hecho, filmamos escenas dentro de la casa en donde vivieron mis familiares hasta 1939 cuando fueron expulsados, durante la Segunda Guerra Mundial. Hay muchos detalles autobiográficos en la película, incluido el personaje de la abuela de los protagonistas, Dory, que está inspirada en Doris, mi tía abuela, quien fue una de las personas más importantes en mi vida. Ella murió a los 106 años y desde mi adolescencia yo usaba su dirección en Nueva York para poder ir a una escuela pública de la ciudad porque yo vivía en Nueva Jersey. Doris fue una de mis amigas más cercanas y hasta viví con ella por un tiempo. Era dura conmigo, me mantenía con los pies sobre la Tierra. Mi curiosidad e interés en Polonia provino de mi vínculo con ella y desearía que estuviera viva para contarle que hice una película en su pueblo, en el pequeño cuarto, en donde se crio 100 años atrás.
-Contaste que originalmente pensabas interpretar el personaje de Benji, ¿qué te hizo cambiar de opinión? ¿Cómo fue que Kieran tomó tu lugar?
-Yo conocía a Kieran por habérmelo cruzado en alguna audición y porque me lo presentó Emma Stone, productora de la película, con la que él salió durante un tiempo. Él es una persona con cualidades inusuales: es increíblemente frontal, pero al mismo tiempo es muy simpático y abierto emocionalmente. Que es exactamente lo que el personaje de Benji necesitaba. Desde el momento en que estaba escribiendo el guion, tanto mi esposa como mi hermana me sugirieron que lo contratara. Para ellas no había otro actor que pudiera hacerle justicia al personaje. Cuando me di cuenta de que yo no iba a poder interpretar a Benji y al mismo tiempo cumplir con mis tareas como director, le ofrecí el papel y cuando dijo que sí me saqué un gran peso de encima. Kieran era el tipo que haría que la película funcionara, su personaje es la pieza más importante de todo el cuento y requería de alguien que pudiera ser un antagonista, pero de una manera dulce, que fuera malicioso y amoroso, que fuera brillante y al mismo tiempo, no pudiera lidiar con sus problemas. Era un papel casi imposible de interpretar. Y, por suerte para mí, él lo logró.
-¿Sentís que hacer esta película te hizo cambiar como artista y como persona?
-La respuesta es sí. Gracias por preguntarlo. No es algo en lo que piense mucho, pero sin dudas mi vida cambió en el proceso de hacer este film. Suena un poco raro decirlo porque tengo 40 años, pero siento que recién ahora me convertí en adulto y todo gracias a la película. Algo en el proceso de contar esta historia tan personal, de dirigir, escribir y actuar en ella, me hizo sentir en control de mi vida profesional por primera vez en mi carrera. Como actor, siempre estás a merced de que alguien te elija para su proyecto lo que puede ser gratificante si sale bien y humillante si no. Y ahora por primera vez me siento en control de mi destino y es gracias a Un dolor real.
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