
Carella, con una coherencia que nunca dio tregua
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El actor y director Carlos Carella falleció ayer, a los 71 años, en la clínica San Camilo donde había sido sometido a una intervención quirúrgica a consecuencia de un tumor en el esófago.
Aunque la recuperación posoperatorio fue satisfactoria, el estado de salud del actor fue agravándose y, a pesar de una segunda operación, no pudo recuperarse, Su bonhomía llegaba a todos y nadie podía permanecer ajeno a ella. Tenía la simpleza de los grandes hombres que, sin necesidad de ostentosos discursos, esgrimía la palabra con la elocuencia de la verdad. Era un actor que, como muy pocos, hizo de su profesión un camino ético del cual nunca se extravió.
Característica de su personalidad fue estar siempre presente en todo acontencimiento que revalidara los valores y la dignidad de los artistas. Pero lo hacía desde la discreción, desde un segundo plano que no lo podía contener, que le quedaba chico. Pero él así lo prefería.
Era fácil entrar en diálogo con él, donde la reflexión siempre iba acompañada de una profunda comprensión, sin perder esa cálida sonrisa y esa chispa de picardía en sus ojos. Con la misma actitud se rebelaba contra las injusticias y siempre levantó la bandera de las reivindicaciones, lo que le trajo aparejado algunos problemas.
Pero siguió adelante, sin volver la vista atrás. Siempre encontró un escenario, no importa si chico o grande, donde él pudiera ejercer su oficio.
Gestado en el teatro independiente, participó en muchas de las cruzadas que buscaban jerarquizar el teatro argentino.
Es así que forma parte del grupo Gente de Teatro Asociada y de Teatro Abierto`81.
Pero esto no fue impedimento para que incursionara en otros medios.
Con motivo de la sanción de la Ley del Teatro, pocos días antes de su intervención quirúrgica, recordaba aquellos días en que la radio lo había convocado para hacer el personaje de Batman y Tom Mix.
Estaba físicamente alicaído, pero en sus ojos brillaba el entusiasmo ante la posibilidad de encarar un proyecto que buscaba renovar las formas de producción para el teatro argentino.
El, con Pepe Soriano, Cipe Lincovsky, María Rosa Gallo, Carlos Gorostiza, Roberto Cossa, Rubens Correa, entre otros, había emprendido la tarea de organizar funciones por sesiones: tres obras breves de autores argentinos, con diferentes directores y actores, para ofrecer el mismo día en diferentes horarios.
Había decidido no participar en esta etapa de despegue para darse tiempo para la recuperación. Esto ya no podrá ser, pero quedarán los testimonios de lo que sí fue.
Del barrio de Flores
Nació en 1925, en el barrio de Flores como Carlos Alberto Carella Castaño. Pasó su infancia y adolescencia en Ramos Mejía. Pero en 1939 recaló en el Once para nunca más irse. La necesidad de cumplir con las tareas declamatorias del colegio lo obligaron a inscribirse en el Consevatorio Nacional de Arte Dramático y Declamación, en esta última carrera. Este contacto con la literatura lo incentivó a escribir, textos que no conocen la luz exterior.
Debutó en 1944 en la Casa del Teatro, con una obra de Alvarez Quintero y acompañado en aquella oportunidad por Alice Vidou (después Berdaxagar) y Eva Lux (que cambió su apellido por Dongé).
Pero, por esas vueltas de la vida, el teatro pasó a un segundo plano, cuando decidió trabajar como presentador de orquestas típicas. Actividad que quizás trasladó a la composición de ese entrañable protagonista de "El acompañamiento", de Gorostiza y que luego Orgambide llevó al cine.
A partir de aquí, una actividad que nunca se detuvo. El teatro era su gran amor, pero también coqueteó con la TV en el inolvidable ciclo de "Cosa juzgada" y "Mesa de café".
En teatro, la lista de obras en las que participó, como actor y también director, es extensa, pero el solía rescatar unos pocos títulos que le dieron las máximas satisfacciones "El acompañamiento", "Sin salida" y "Las de Barranco", donde encarnaba a doña María, la madre.
Pero hubo muchos otros títulos que merecen destacarse. "El enganche", de Julio Mauricio;, "Lope de Aguirre, traidor", de Sanchis Sinisterra; "Martín Fierro", de Hernández; "No hay que llorar", de Cossa; "Aeroplanos", de Gorostiza.
Al evocar estos títulos se va delineando el perfil de un hombre decididamente porteño que llevaba a sus personajes ese resabio de las callecitas empedradas de su barrio natal.
Por eso adhería a toda propuesta que involucrara al autor nacional: Beto Gianola, Eduardo Rovner, Eduardo Pavlovsky, Jacobo Langsner, Luis Macchi y más Cossa y más Gorostiza.
Esa misma imagen llevaba al cine donde, sin la pretensión de ser en todas las ocasiones protagonista, su presencia se imponía por la fuerza de su interpretación.
Sobre esto dan testimonio "Los chicos de la guerra", "La tregua", "El rigor del destino", "Sur", "Los hijos de Fierro".
Pero esta actividad no logró que permaneciera ajeno a la actividad gremial , que ejerció durante veinticinco años de lucha en la Asociación Argentina de Actores, y cuando no estuvo bajo la luz del protagonismo, siempre fue una presencia permanente de apoyo y solidaridad hacia sus compañeros.
Sus restos son velados en el Teatro Nacional Cervantes y la inhumación se realizará hoy, a las 10, en el cementerio de General Las Heras.
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