Agresti: "El cine ha pasado a ser un lujo"
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El caso de Alejandro Agresti es algo más que singular dentro del panorama del cine argentino contemporáneo. A los 35 años, con un pie en Holanda y otro en su país, el director y guionista ha realizado nueve largometrajes, una decena de cortos y escribió cuatro novelas, entre otras habilidades. En la Argentina, un público fiel lo sigue a muerte cada vez que sus films se exhiben en funciones especiales, y un sector de la crítica se deshace en elogios hacia su obra. Pero, créase o no, aunque Agresti fue el único argentino que representó al cine nacional en el último Festival de Cannes, sólo estrenó comercialmente, aquí, una de sus películas: "El amor es una mujer gorda" (1987). Anárquico y emisor de declaraciones polémicas, el cineasta despierta adhesiones y rechazos igualmente apasionados y su lenguaje visual significa, sin duda, una renovación importante para el cine local. Cuando "Buenos Aires viceversa", su última película, se preestrenó hace un par de meses, dentro de una retrospectiva organizada por la Sala Leopoldo Lugones, sus fans demostraron un fervor inusitado. En tratos para publicar una de sus novelas, "La sonrisa no basta", el director comenzó otro film: "Un día para siempre". Entretanto, amenaza con estrenar, este año, sus dos últimos opus: "Buenos Aires..." y "El acto en cuestión". La siguiente es parte de una conversación de La Nacion con el director.
-A menudo, en los reportajes, usted aparece como un provocador. Es como si le gustara disparar dardos...
-Yo no me lo propongo. Sucede que tengo un gran sentido de la justicia y, dentro de lo mío, me gusta decir lo que quiero, contra algo que me parece injusto. Tengo un gran amor por mi país y su cultura, y por eso, cuando alguien trata de tergiversarla o usarla mal, es como si me tocaran a mi hijo. En cierta medida, soy un desesperado por defender lo que pasa acá.
-Su amor por la Argentina queda en claro. ¿Por qué tiene entonces una relación tan conflictiva con este país, desde lo cinematográfico?
-En parte, el no poder estrenar tiene que ver con que los distribuidores nunca se interesaron, y las pocas veces que lo hicieron me ofrecieron un precio ridículo y no quise. Sin demagogia, pienso que el público argentino es uno de los más inteligentes del mundo y la distribución no se da cuenta. Si consideramos películas muy vistas, como "Hombre mirando al Sudeste", "Camila" o "La Patagonia rebelde", por ejemplo, están bien hechas, y tienen, por lo menos, una pretensión intelectual. Pero la distribución sigue creyendo que el gran éxito es Porcel y Olmedo, sin darse cuenta de que el público cambió y que si una película es un hit es porque trata de decir algo importante.
-Ningún cineasta argentino de su edad filmó tanto fuera del país y fue tan poco exhibido aquí....
-Me siguen dificultando el camino. Los distribuidores se juegan cada vez menos y me asusta su desamor y su poca inteligencia, porque distribuyen con el bolsillo. Sólo se preocupan por copiar a los americanos, pero están lejísimo de entender a su propio público. Ellos están convencidos de que sí, de modo que creemos en cosas diferentes.
-Por otro lado, usted aparece como un director de culto que provoca fenómenos de público como el del día en que se preestrenó "Buenos Aires viceversa". ¿Cómo explica esto?
-Hago películas para los argentinos, y estoy convencido de que el público lo entiende mejor que nadie. Es difícil tratar de decir algo nuevo y que al mismo tiempo sea entendible. No es fácil comunicarse con la gente, pero por ejemplo a "Viceversa..." la han ido a ver los mozos del Bar Ramos.
-A propósito, en principio es evidente que usted se comunica especialmente con la gente joven, pero, ¿ a qué tipo de público piensa que llega?
-No sé. Yo filmo para todos los públicos, pero mis películas tienen un elemento común, que es el no contentarse con la realidad y buscar una forma de salida. La gente joven se identifica con eso. Porque en general, en un momento de la vida, uno piensa "está bien", y tira la toalla. En mi cine trato de hablar de lo social desde un punto de vista muy joven, en el sentido de que hay muchas cosas por hacer todavía.
-A partir de esta forma suya de encarar la realidad, ¿tiene confianza en poder captar también al espectador medio?
-El argentino medio no va al cine, eso es lo que no entienden los distribuidores. En principio, esto pasa porque la gente está muy aplastada, se queda a ver una película por televisión y el cine ha pasado a ser un lujo. De modo que el público de cine es en cierto modo de elite. Pero hay una cierta tendencia general a tratar al público como si fuera estúpido. Si así fuera, "Policía corrupto" habría sido un éxito. Estoy convencido de que hay 500.000 espectadores que van a ir a ver "Buenos Aires viceversa", porque cada vez más la franja de espectadores se mueve hacia los de mayor poder adquisitivo y mayor educación. Aun cuando los distribuidores no entiendan el proceso de cambio que se produjo.
-Siempre aparece en sus films como un hombre orquesta que escribe, filma, edita y actúa, entre otras cosas, ¿por qué?
-Porque me divierte mucho. Me gusta jugar con todo. Y además es una cuestión de lógica. Cuando Melies filmó "La llegada del tren" estaba solo con una cámara. O sea que lo natural, como en cualquier arte, es hacer las cosas solo. De ahí en más, uno comienza a rodearse de gente, porque desde Lumière hasta hoy se produjo algo más sofisticado.
-En algún momento usted dijo que comenzó a filmar porque como escritor era perezoso. Ahora su relación con la escritura parece haber cambiado.
-Sí, porque un guión es una novela también. Lo que sucede es que yo lo que escribo me gusta filmarlo espontáneamente. Puedo mentir en muchas cosas en mi vida, pero en el momento de filmar quiero decir lo que siento. Si uno obedece a normas para purificar lo que le sale en el momento, todo va a ser más o menos igual, y por eso todas las películas se parecen. No hay que tenerle miedo a la diarrea.
-A propósito, ¿por qué en todos sus films hay personajes yendo al baño?
-Me lo preguntaron por primera vez en 1992, cuando se dio una retrospectiva mía en Munich. En ese momento me quedé algo asombrado, porque no era algo consciente. Después tardé en darme explicaciones como "el baño es el único lugar donde uno es uno". Lo cierto es que me fascinan los baños, y cada vez que me aburro me voy a uno. Y aunque no haga lo que tendría que hacer en el inodoro, me quedo leyendo. Es como aislarme.
-También aparece como una constante suya el priorizar la pasión por sobre la razón. Un personaje lo dice claramente, al final de "Todo el mundo quiere ayudar a Ernesto".
-La frase no es mía, la leí en algún lado y dice así: "Ahí está Grecia, un imperio construido por la pasión y destruido por la inteligencia". Esto tiene que ver con que a mí me gusta pensar las cosas, pero de costado. Hay un pensamiento que yo llamo lateral.
-¿Qué es?
-No pensar las cosas de frente. Por eso, cuando escribo una película, más que pensar en que va a decir la gente, y analizar la trama como algo dentro de lo cual suceden cosas lógicas, pienso en lo que tengo ganas de decir.
-¿Cuánto cuesta, en promedio, una película suya?
-El promedio es un millón de dólares. Haciendo un cálculo, desde que empecé a filmar llevo gastados 14.200.000 dólares, una cifra que me impresiona, y que si la hubiera guardado sería millonario.
-Es una gran cifra, pero no es tanto dinero en relación con lo que cuesta una superproducción.
-Yo no pienso en esos términos, sino en que, por ejemplo, nunca tuve que cambiar una palabra ni decir algo que no quise decir en función del dinero. Entonces, haber podido acceder a esa montaña de plata para poder expresar lo que quiero es algo que le tengo que agradecer únicamente a Dios, en quien creo y a quien le debo tanto como a la vida.
El boom de la "agrestimanía"
El jueves 20 de junio, a las 22, la capacidad de la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín se desbordó. El fervor de los consecuentes seguidores del cine de Alejandro Agresti dio lugar a que muchos de ellos vieran el preestreno de "Buenos Aires viceversa" sentados en el suelo. Y -hecho insólito dentro de la programación de la sala- ante los reclamos, y aunque ya se había proyectado otras tres veces, se programó una función extra del mismo film para el día siguiente. En síntesis: "Buenos Aires viceversa" fue vista por más de 1000 personas en cinco funciones. El fenómeno se incluyó dentro de una retrospectiva dedicada al director, compuesta por 10 largometrajes y 3 cortos. Por ella desfilaron alrededor de 5000 espectadores en total, y el ciclo se convirtió en uno de los más exitosos del tradicional reducto del buen cine.
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