
Un palacio de "Las Mil y una Noches"
La megalomanía de Saddam asoma en una recorrida por las ruinas de Al Salam
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BAGDAD (De una enviada especial).- Uno puede haber leído decenas de libros sobre la retorcida personalidad de Saddam Hussein, pero tanto o más se aprende sobre ella en una visita a uno de los nueve palacios que tenía en esta capital.
Aunque ha sido uno de los blancos de los bombardeos norteamericanos, el palacio Al Salam -en árabe, palacio de la Paz- sigue en pie. Inmenso, se levanta al oeste de la ciudad, muy cerca de la también destruida Saddam Tower, donde había un restaurante y un centro de comunicaciones.
“Nunca pensé ni en sueños que iba a poder visitarlo”, comenta Ahmed, mi intérprete, mientras nos acercamos con el auto.
Lo primero que se ve desde lejos -porque su perímetro está rodeado por murallones dotados de garitas, que lo hacían inaccesible- son cuatro enormes bustos de Saddam, con sus tradicionales bigotes, pero con un yelmo de los guerreros babilonios. Un perfecto ejemplo de megalomanía del dictador. Cada cabeza de Saddam, puesta sobre cada ángulo del techo del Palacio, mira hacia uno de los cuatro puntos cardinales, omniponente, todopoderoso.
Hay varias entradas para acceder al palacio, rodeado por jardines de palmeras y eucaliptos, donde se ven canteras de rosedales, dos canchas de tenis, y varias casas destinadas para el personal de seguridad. Antes territorio prohibido para la gente del pueblo, en las calles que llevan al palacio ahora hay gente. Están los que vienen en camiones a llevarse lo poco que queda -muebles, restos de picaportes, lavabos, portones, mesas, pedazos de porcelana- y los que vienen a hacer turismo, a ver cómo vivía el tirano que los aplastó durante más de tres décadas.
Aunque las hordas no han dejado casi nada de todo el lujo asiático de los cientos de salones del palacio -donde había desde microcines a yacuzzis gigantescos-, pisar su interior ahora lleno de escombros y vidrios rotos permite entender la manía de derroche de Saddam, su megalomanía, su querer vivir de manera fastuosa, como en los palacios de “Las Mil y una Noches”.
Opulencia kitsch
El palacio es una construcción de piedra color arena, de tres pisos, rectangular, con una cúpula totalmente devastada en su centro. En su entrada alguien dejó un sillón estilo Luis XVI, forrado con telas de damasco doradas, abandonado quizá porque le falta una pata. En las paredes saltan a la vista bajorrelieves con representaciones babilónicas. En los techos estucos preciosos, y en los pisos mármoles de Carrara. El lujo por el lujo mismo, pero ciertamente muy kitsch.
En un salón imponente, inmenso, donde probablemente Saddam podía invitar a por lo menos cien personas sentadas a comer, un grupito de saqueadores desesperados golpea con palos una mesa con forma de herradura gigantesca, tan grande que es imposible llevársela entera, sino que hay que cortarla en pedazos.
En la parte trasera, caminando por afuera del palacio, vemos la entrada de lo que era un estacionamiento subterráneo, que está inundado porque, seguramente, los bombardeos hicieron saltar las cañerías de agua. Increíblemente, ahí descubrimos a tres saqueadores en bote, y a uno que nada, intentando llevarse más pertenencias del tirano. “¡No photos! ¡No photos!”, gritan.
“Saddam se llevó nuestra sangre y nuestro dinero, ahora nos toca a nosotros recuperar lo que nos pertenece”, grita a los periodistas un hombre en shorts y remera que se hizo de una lámpara de araña dorada, con decenas de brillantes colgando. El hombre se desahoga de esta forma de los años de miseria impuestos por el dictador que vivía como un rey.
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