
Los riesgos de ser un extranjero en Belgrado
Embajadores y periodistas sufren la inseguridad
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Belgrado.- Un automóvil circula por la ciudad con una chapa diplomática delante y detrás y un enorme cartelón en el vidrio delantero: "México".
La aclaración provocaba bromas hasta hace pocos días, cuando las autoridades yugoslavas sugirieron a algunos diplomáticos que cambien su patente blanca por una común si quieren evitar problemas.
Ser extranjero en Belgrado ha pasado a ser un riesgo y muchos tienen miedo. El nuncio, que hace las veces de decano, convocó anteayer a una reunión de diplomáticos para discutir sus problemas de seguridad.
Sólo estaban los latinoamericanos y el suizo -colado porque habla español-, y se decidió ir a una reunión más general en el Club Diplomático el próximo viernes, donde estarán los principales afectados: los representantes de países de la OTAN que aún continúan en Belgrado.
Según el recuento que se hizo en lo del nuncio, una veintena de jefes de misión y una treintena de encargados de negocios no se fueron de la ciudad. Pero ello no les acreditó el título de amigos de Yugoslavia, como esperaban.
Las embajadas de Italia, Bélgica, Hungría y Turquía fueron cascoteadas en la última semana. Sólo los húngaros decidieron partir. Los belgas se resisten, pese a que en su capital funciona el centro de la OTAN; los italianos, porque defienden una salida negociada, aunque desde su país salen los aviones a bombardear Yugoslavia; y los turcos, por su interés en la región.
Ninguno se siente protegido por el gobierno. Les fue dicho que, aunque no lo vean, hay nuevos agentes de seguridad en torno de sus sedes. Ellos, efectivamente, no los ven.
Sufrieron el racionamiento de gasolina, como todos: 40 litros por mes. No alcanza si uno tiene que viajar todos los días de la embajada a la residencia, se quejaron varios.
Y, encima, sufren las bombas como los demás. El encargado de negocios de Perú pasó por el puente Slobo, de Novi Sad, dos horas antes de que fuera bombardeado por los aviones de la OTAN y dice a sus colegas que nació de nuevo ese día.
La prensa
Sugirieron al gobierno que la televisión estatal podría difundir la idea de que los diplomáticos que se quedaron en el país lo hicieron por amistad. Pero, hasta ahora, no ocurrió.
También han pedido que faciliten la entrada y circulación de periodistas extranjeros, lo que otorgaría más credibilidad al país que se dice víctima de una agresión.
Pero las restricciones continúan. Hay periodistas en las fronteras que todavía pugnan por entrar y chocan con paredes uniformadas, no importa si tienen visa o no.
Para moverse por el país, el periodista extranjero debe pedir permiso al Centro de Prensa Militar mediante una nota escrita donde indica el lugar al que piensa ir y el tema que piensa cubrir. No es nada fácil -por no decir imposible- conseguirlo.
El requisito es más estricto en el caso de la televisión, que debe consultar por cada imagen que filma. De lo contrario, los equipos pueden ser requisados y los periodistas expulsados.
Como contrapartida, el centro organiza viajes en ómnibus a lugares preestablecidos y que le interesa mostrar. Por lo general, son objetivos civiles dañados por el bombardeo de la OTAN.
Las restricciones son justificadas por el estado de guerra y, la mayoría de las veces, "por su seguridad, señor". Sin embargo, es común que los periodistas extranjeros se cuenten en el desayuno anécdotas de colegas golpeados por algún grupo de gente o a los que les fueron quitadas las cámaras.
Es común que la gente con la que los cronistas hablan pregunte primero de qué nacionalidad son. No siempre hay hostilidad en el centro de Belgrado -buena parte de sus habitantes es amable y no falta quien hable unas palabras de inglés o alemán en una ciudad finalmente europea por continente y estilo de vida-, pero es más difícil en los barrios, en el interior y, sobre todo, en los lugares atacados por la OTAN.
El encargado de negocios de la Argentina, Ricardo Roggero, ha sido el protector de los periodistas del país que peregrinan a Belgrado. También de la escasísima comunidad nacional en este país, que, según sus datos, se reducen a cuatro personas.
¿Por qué? En verdad, hay unas treinta o cuarenta personas que pueden reclamar para sí el título de argentinos; pero hace mucho tiempo se asimilaron a la sociedad en la que viven y optaron en los hechos por ser yugoslavos.
Entre los que no, el caso más conocido es el del futbolista Mauro Ezequiel Carbajal, que se sigue entrenando en Vojvodina. Hay otros tres, casi anónimos: un ejecutivo de la empresa Tetrapack, que optó por adelantar sus vacaciones cuando soplaban los vientos de la guerra; y una pareja que estudiaba música con una beca y que se apresuró a viajar a Hungría.
El último ausente es el embajador, Nicolás Adrián Sonschein, en París por problemas de salud, que regresará a su destino en Belgrado el próximo sábado. Cuando llegue a la sede, en el número 24 de la bella peatonal Knez Mihajlova, verá que la bandera aún ondea al frente sin que ningún belgradino haya sentido el deseo de hacerle pagar la alianza extra-OTAN con Washington, el enemigo principal.
Elizabeth
Pero no todos los norteamericanos se han ido de la ciudad o son periodistas. Elizabeth Djong vino a Belgrado en octubre de 1997 con su hijo Jonah, entonces de seis años, a enseñar inglés y estudiar historia serbia.
Han quemado su bandera y atacado su embajada; su presidente es comparado con Hitler. Pero Elizabeth pelea por los serbios. Ataca y ataja a enemigos invisibles de todo el mundo: son horas en Internet argumentando en favor de la República Serbia frente al mundo. Hablar con ella es escuchar los mismos argumentos que repite a toda hora la televisión estatal.
Norteamericanos y británicos la acusan de traidora; ella dice que, como es del Sur (Oklahoma), si alguien atacara a su país "tomaría mi escopeta y me iría a pelear". Pero Yugoslavia no atacó a Estados Unidos, observa; ¿qué hacen bombardeando el país?
La Nación le pregunta si no tiene problemas. "Bueno, yo no ando hablando en inglés por ahí -observa-. No tengo miedo de la policía o el ejército: no tengo nada que ocultar. Estoy segura de que me interrogarán en algún momento, pero lo hará alguien inteligente, no el granjero Joe".
Tose continuamente y retuerce las manos. Sentado a su lado, Jonah interviene: "Mamá está enferma porque no duerme de noche". Y vuelve a comer su hamburguesa.
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