¿Fin de la no proliferación? La peligrosa era de crisis nucleares que amenaza al mundo
Los aliados de Estados Unidos comienzan a hablar sin tapujos de la posibilidad de iniciar los procesos para desarrollar sus propios arsenales atómicos ante la imprevisibilidad de Trump
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PARÍS.– Alemania, Polonia, Corea del Sur… En momentos en los que Donald Trump sugiere su intención de terminar con el célebre “paraguas nuclear” estadounidense que protege a sus aliados, éstos piensan en la posibilidad de dotarse del arma nuclear, poniendo en peligro toda la política de no-proliferación, hasta ahora columna vertebral de la política exterior de Estados Unidos.
Tanto en Berlín, en Tokio, en Seúl como en Varsovia, voces se elevan actualmente para llamar a la creación de una disuasión nuclear nacional, con el riesgo de provocar una aceleración mundial que haría pasar el número de naciones dotadas de nueve a 25 en pocos años, mientras los riesgos de conflictos atómicos seguirían una curva exponencial.
El reconocido politólogo Kenneth Waltz solía afirmar que, cuando se trata de propagar armas nucleares, “más es mejor”: porque todas las rivalidades internacionales son estabilizadas gracias a la amenaza de una segura destrucción mutua. Pues el mundo podría estar a las puertas de ensayar esa hipótesis.
“Y como la fase más peligrosa del proceso de proliferación es el período en el cual los países están a punto de dar el paso hacia el arma nuclear, a menos que la administración Trump cambie su curso actual, los próximos años podrían estar marcados por crisis nucleares”, afirma el geoestratega Frédéric Encel.

Los políticos norteamericanos comenzaron a construir el orden internacional en los años 1940, después de tres décadas de guerra y crisis económica. Las lecciones que sacaron de la primera mitad del siglo XX fue simple: actuar únicamente guiados por los intereses a corto plazo lleva a adoptar políticas revanchistas con los vecinos y mediocres en el terreno de la seguridad que, a su vez, provocan agitación social y económica, instalan autocracias agresivas y, por último, masacres mundiales. Con la voluntad de evitar todo eso, Washington decidió actuar con objetivos a largo plazo, aplicando políticas internacionales como si fueran un deporte de equipo. Esto significó trabajar seriamente para construir un marco estable y seguro en el cual los miembros del equipo podrían crecer juntos y sin temores.
Desde el principio, ese orden se apoyó en el poder extraordinario de Estados Unidos, desplegado no solo en beneficio del país, sino de ese equipo en el exterior.
“Esto no fue una cuestión de altruismo simplista, sino la comprensión de que, en el mundo moderno, la economía y la seguridad necesitaban ser tratadas a un nivel superior del nacional”, precisa el geoestratega Frédéric Encel.
Los dirigentes norteamericanos fueron capaces de reconocer que el capitalismo es un juego a suma positiva en el cual los participantes pueden crecer juntos en vez de hacerlo cada uno a expensas del otro y que, entre amigos, la seguridad es mejor en un ambiente sin rivalidades. De modo que, en vez de utilizar su fabuloso poder para explotar a otros países, como sucedió con todos los imperialismos anteriores, Washington escogió proteger sus economías y su defensa, creando una zona de crecimiento permanente y de cooperación en ese sistema “hobbesiano” internacional. Y la protección nuclear fue parte fundamental de esa política que, por otra parte, nunca fue gratuita ya que, a cambio de esa protección, los aliados debían destinar sus gastos de defensa en armamento norteamericano.
Ahora, con Donald Trump en la Casa Blanca, esa concepción del mundo nunca pareció más frágil. El giro del presidente norteamericano hacia Moscú y el asombroso menosprecio por la OTAN han empujado a los tradicionales aliados de Estados Unidos a prepararse a la impensable posibilidad de que Estados Unidos retire su “paraguas nuclear”.
Según el Tratado de No-Proliferación (TNP), el número oficial de Estados nucleares ha estado siempre limitado a Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña, los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. India, Israel y Pakistán, que nunca firmaron ese pacto, también desarrollaron sus armas atómicas, como también lo hizo Corea del Norte, que dejó en su momento el tratado.
Pero el regreso de Trump al poder ha agitado el debate en toda la alianza occidental. Los analistas temen que si el TNP colapsara, en parte debido al retiro de las garantías de Estados Unidos, el mundo podría acercarse a una multiplicación de armas nucleares con un mayor riesgo de una guerra atómica catastrófica.
En Europa, solo Gran Bretaña y Francia poseen armas nucleares, y dentro de la Unión Europea, únicamente Francia cuenta con un arsenal propio. Esto hace que una cooperación más estrecha sea una posibilidad, aunque con limitaciones. Las fuerzas nucleares británicas están fuertemente integradas con Estados Unidos y estarían disponibles para la OTAN en caso de conflicto. Francia, en cambio, mantiene su arsenal nuclear completamente independiente y fuera de la estructura de mando de la OTAN porque, en su momento, Charles de Gaulle consideró que Estados Unidos no era confiable.
China, tras su ruptura con la Unión Soviética en la década de 1960, hizo un cálculo similar sobre Moscú. Pero cuando los aliados de Estados Unidos dudaron de Washington en el pasado, miraron lo que implicaba desarrollar alternativas y se dieron cuenta de que es “difícil, costoso y llama la atención sobre sí mismos”.
“Esa ha sido la posición en el pasado pero, con la gravedad de la crisis actual, ya nadie está seguro de poder seguir así”, dice Encel.