
El sueño de la autonomía en la tierra de los khanes
Por Narciso Binayán Carmona
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El estado de caos crónico político-económico-social en que se debate Rusia a pocos meses de cumplirse 80 años del asesinato del emperador Nicolás II, y poco antes de que se celebren 82 de la caída de la monarquía, representa una serie de posibilidades a cuál peor, sin que se avizore, en el marco limitado de la vida humana, una salida cualquiera o una solución siquiera parcial a sus problemas. Es posible poner cualquiera de las tres variables de desastre a la cabeza.
Una de las variables que más posibilidades tiene es la disgregación. O, más bien, es una alternativa tan posible como cualquier otra. A nivel de las principales nacionalidades no rusas de la ex Unión Soviética, la separación ya se cumplió. Ahora, también puede darse dentro de la misma Rusia.
Es el caso de Siberia y la eventualidad, no caprichosa, de su independencia.
La tierra del los khanes
Siberia era un país independiente. Tenía en el siglo XV sus propios khanes, con capital en Sibir.
Esto es hoy Siberia occidental y en aquella época era toda Siberia, es decir, el khanato (o reino) de Sibir. Una rama más o menos desposeída de la familia de Genghis Khan ocupó parte de ese país.
Finalmente, el khan Kutchum (1555 -1598) cometió el error de su vida al atacar al khan Yadigar, de la vieja dinastía de Sibir. Y éste, a su vez, cometió el error definitivo que tan caro han pagado en los últimos siglos otros gobernantes no europeos. Pidió ayuda a los rusos que, tras vencer al khan de Kazán, (del Volga), habían pasado a ser sus vecinos, montes Urales de por medio. Iván el Terrible se la dio, pero no le fue útil pues murió en combate. Kutchum, su enemigo, ocupó todo Sibir y reconoció la soberanía rusa.
Sin embargo, al atacar las factorías de los poderosos empresarios Strogonoff, se puso en contra de los poderosos vecinos rusos, que lo vencieron y ocuparon la región. La batalla final fue en 1598, y con ella terminó el dominio mongol en la región. Menos de 100 años después, fuertes y ciudades rusas se extendían hacia el Pacífico.
Estados Unidos de Siberia
Poco después de la famosa revolución fracasada de los decabristas (1824), algunos de sus protagonistas desterrados en Siberia, tomaron conciencia de que la región podría independizarse de Rusia como los Estados Unidos de Inglaterra. Iván Pushin escribió: "No le faltaría nada, rica como es en todos los dones del reino de la Naturaleza" (1845).
Tuvo continuación con el nacimiento en la segunda mitad del siglo XIX de la escuela política del regionalismo siberiano, con la conducción política e intelectual de Nikolai Iadrinchev y de Grigori Potanin.
Defensores tanto de los pueblos nativos como de los rusos siberianos (ya diferenciados de los de Rusia) proponían, con bases sólidas, una Siberia autónoma dentro del marco de Rusia. Más tarde, con la revolución de 1917, cuando aún se creía que con ella vendría la libertad, se fundó el Partido Democrático Siberiano que, sin llegar a la separación, proponía la creación de los Estados Unidos de Siberia con "autodeterminación nacional y cultural de todas las etnias y pueblos allí establecidos".
Su mentor era el mismo Potanin, y se llegó a formar un gobierno provisorio (1918) y a proclamar la autonomía. Todo ello y grandes sueños de libertad se vieron pulverizados con el triunfo rojo en la guerra civil, con la represión que siguió y, más tarde, con el régimen de Joseph Stalin.
No fue por casualidad que cuando ya se veía públicamente el final inminente de la dictadura comunista, se fundara la Asociación Internacional del pacto Siberiano (1990). Allí se reunieron representantes de Kemerovo, Nobosibirisk, Omsk, Tomsk, Chita, Irkutsk, además de las regiones autónomas de Taimmir y Evenki y las repúblicas de Altai, Tuva y Buratia, esto es, toda Siberia Occidental y central, llegando por el Norte hasta el océano Artico.
Tira y afloja
La idea tenía una base muy moderada: coordinar esfuerzos para la supervivencia de las regiones siberianas en la transición a la economía de mercado. A esto siguió la proclamación -fugaz- de la República de Yenisey, que comprendía toda la región de Krasnoyarsk (3.300.000 kilómetros cuadrados más que todo el territorio americano de la Argentina.
Y explosivamente, en 1993 se convocó a una asamblea extraordinaria para rechazar el decreto 1400 del presidente, Boris Yeltsin, que revocaba los poderes de los soviet locales. Se declaró "criminal de Estado" a quien lo apoyara. Se trataba en todos los casos de un tira y afloja entre los comunistas siberianos -aún en control local- y los flamantes demócratas de Moscú, no de una proclamación de independencia. "Pero es difícil... ¡Ah, cómo es difícil desembarazarse de la idea de que será fundada la República Siberiana...!" (Rossiskaia gazeta, agosto de 1993).
Como rúbrica propia, añadamos que Vladimir Zhirinovsky reivindica toda Kazakhstán como parte de Siberia (él nació en Alma Ata, la capital). Este cuadro confuso, con todo lo que ello implica, se da en un país que tiene varios miles de ojivas nucleares.
Y en Rusia hace ya casi una década que se pueden conseguir armas a precios de liquidación, sin contar el poder de las mafias.
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