El balotaje en Perú está demasiado ajustado para definir un ganador (otra vez): esto dicen los expertos
Analistas advierten que, más allá de quién resulte vencedor, el país enfrenta otro ciclo de desconfianza, negociaciones parlamentarias y riesgo de inestabilidad política tras una elección definida por apenas unas décimas
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Este artículo fue publicado originalmente en Americas Quarterly
El balotaje presidencial de Perú parecía encaminado a un resultado extremadamente ajustado que podría tardar días o incluso semanas en definirse. Con más del 92% de los votos escrutados el lunes por la mañana, la autoridad electoral del país, la ONPE, mostraba a la dirigente conservadora Keiko Fujimori al frente con 8,731 millones de votos (50,1%), mientras que el izquierdista Roberto Sánchez sumaba 8,674 millones de votos (49,8%).
Un conteo preliminar de la consultora Ipsos difundido el domingo por la noche mostraba un empate técnico, con Sánchez apenas por delante de Fujimori. Los conteos preliminares de Ipsos han identificado correctamente al ganador de cada segunda vuelta desde 2001, aunque su director señaló que, dada la estrechez de la diferencia, sería necesario completar el escrutinio para determinar al vencedor.
Tras reportar un pequeño número de irregularidades, los observadores electorales del gobierno anunciaron que, una vez cerradas las urnas, no habían encontrado evidencia de fraude. La ONPE indicó que el conteo completo finalizaría a mediados de julio.
A continuación, la mirada de analistas políticos sobre el proceso electoral.
Jorge Morel
Director General del Instituto de Estudios Peruanos
La votación de la segunda vuelta presidencial en Perú ha concluido con un escenario que resulta familiar para los peruanos desde 2016: dos candidatos separados por apenas fracciones de punto porcentual en el conteo de votos.
Una vez más, como ocurrió en las dos elecciones presidenciales anteriores, los peruanos enfrentarán pedidos de recuento de votos, denuncias de irregularidades (y fraude) y, sobre todo, la ausencia de un pacto político que respalde el principio democrático básico de la regla de la mayoría: gana quien obtiene un voto más que su rival.
Esto alimentará, sin duda, un nuevo ciclo político marcado por la desconfianza, el obstruccionismo parlamentario y, peor aún, los intentos de destituir al presidente.
Con más del 92% de los votos contabilizados, el fujimorismo —el movimiento populista de derecha peruano— está logrando su mejor desempeño electoral desde 2016. Frente a la posibilidad de verse desplazado por nuevas fuerzas de derecha, como les ocurrió a otros espacios conservadores de la región —desde el movimiento de Bolsonaro en Brasil hasta el ascenso político de Abelardo De La Espriella en Colombia—, el fujimorismo ha conseguido mantenerse como la principal fuerza política del país en 2026, tanto en la elección presidencial como en representación parlamentaria en ambas cámaras del Congreso.
Mientras tanto, la coalición que respalda a Roberto Sánchez —integrada por varios partidos de izquierda y centroizquierda— ha logrado hasta ahora cierto grado de estabilidad inicial de cara a un eventual gobierno. Parece capaz de reunir una mayoría suficiente para evitar una destitución presidencial y de formar una amplia coalición de gobierno que vaya más allá de los sectores vinculados al proyecto político del expresidente Pedro Castillo.
Sin embargo, una nueva partida poselectoral comenzará una vez que los resultados oficiales sean certificados. En esa etapa, los eslóganes de campaña importarán menos que las negociaciones entre los grupos políticos del nuevo Congreso bicameral, que podrían producir los resultados menos esperados: desde coaliciones entre antiguos adversarios hasta senadores que asuman la presidencia de la república.
Todo está por verse, excepto la perspectiva de otros cinco años de inestabilidad política, que parece casi segura.
Cynthia Sanborn
Profesora de Ciencia Política y directora del Centro de China y Asia-Pacífico de la Universidad del Pacífico; integrante del grupo de trabajo del Centro de Políticas de Desarrollo Global de la Universidad de Boston
Cualquiera sea el resultado, el ganador tendrá que trabajar con un Congreso más desafiante, aunque posiblemente más maduro, compuesto por dos cámaras en lugar de una. Esto implica un posible freno al poder del Ejecutivo.
La marcada disyuntiva entre Fujimori y Sánchez no refleja las preferencias reales de este electorado. Es importante subrayar que el 70% de los peruanos votó por otros candidatos en la primera vuelta, lo que significa que la mayoría de los votantes no quería a ninguno de estos dos postulantes como jefe de Estado y sentía un temor genuino frente a ambas opciones.
En materia de política exterior, ninguno de los dos candidatos estaría completamente alineado ni con la llamada “Doctrina Donroe” de la administración Trump ni con la alternativa impulsada por China. Quizás por eso Trump no respaldó a ningún candidato en esta elección, a pesar de las credenciales de derecha de Fujimori, del apoyo que recibió de otros líderes conservadores latinoamericanos y de la carga política que arrastra su figura.
Tanto Fujimori como Sánchez quieren que Perú siga siendo un país no alineado y abierto al comercio y los negocios con todas las potencias globales. Ninguno parece dispuesto a dar la espalda a China como socio comercial fundamental ni a abrazar los aspectos más hostiles de las políticas latinoamericanas y migratorias de Trump.
Por el contrario, ambos ponen el foco en consolidar a Perú como una plataforma de conexión con el Pacífico.
Otro dato interesante es la gran cantidad de observadores internacionales que participaron en esta segunda vuelta. La Unión Europea, la OEA e incluso funcionarios de la embajada de Estados Unidos, encabezados por el propio embajador estadounidense Bernie Navarro, estuvieron involucrados en tareas de observación electoral.
Lo crucial es que, esta vez, no parece que el problema haya sido el proceso electoral ni el conteo de votos. Más bien, la incertidumbre es consecuencia de que el país estaba profundamente dividido respecto de cuál de estos dos “males menores” debía llegar a la presidencia.
Los votantes claramente consideraron importante esta elección, dado que los votos nulos y en blanco fueron relativamente escasos.
Estados Unidos no tomó partido en estos comicios, pero sí pareció respaldar con firmeza un proceso limpio y transparente. Por eso, aunque es probable que el perdedor cuestione el resultado debido a lo ajustado de la diferencia —algo que genera preocupación—, parece poco probable que quienes denuncien fraude encuentren respaldo internacional.
Gonzalo Alcalde
Analista de políticas públicas y profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú
A pesar del marcado contraste entre las visiones de los dos candidatos sobre el futuro del país, el balotaje estuvo precedido por una campaña breve y con muy escaso debate público sobre propuestas concretas, incluso para los estándares recientes de Perú. Tras la primera vuelta del 12 de abril, no estuvo claro quién enfrentaría a Keiko Fujimori en la segunda vuelta hasta el 17 de mayo.
Fujimori adoptó un tono más conciliador, pero optó por no modificar sustancialmente su mensaje después de imponerse en la primera vuelta. Su campaña siguió centrada en tres grandes ejes: una política de mano dura contra la delincuencia, la promoción de la inversión privada y el crecimiento económico y, en menor medida, la modernización del Estado y la desregulación.
Particularmente en materia económica, Fujimori buscó presentarse como la candidata más favorable al mercado, insistiendo en la disciplina fiscal, la estabilidad macroeconómica y la reducción de la burocracia, pese al desempeño irregular de su partido en esos ámbitos mientras ejerció una influencia dominante en el Congreso desde 2016. Prestó menos atención que Roberto Sánchez a las políticas sociales, aun cuando los niveles de pobreza e inseguridad alimentaria siguen por encima de los registrados antes de la pandemia.
Sánchez, en cambio, moderó su plataforma de manera mucho más visible. Incorporó nuevos asesores vinculados a distintos sectores de izquierda y centroizquierda antes de la primera vuelta y tomó distancia de figuras controvertidas como Antauro Humala.
También suavizó su discurso para atraer a votantes moderados y transmitir tranquilidad a los mercados, proyectando una imagen más pragmática y comprometida con la estabilidad económica y los compromisos internacionales de Perú. Además, desplazó parte de su atención hacia la seguridad pública, proponiendo reformas legales y policiales.
Sin embargo, la credibilidad de ese nuevo discurso enfrenta dificultades, ya que está asociado principalmente a figuras recién incorporadas a la campaña y no a los legisladores de su propio espacio político. Mientras tanto, sus temas centrales permanecieron inalterados: la reforma constitucional, un papel más activo del Estado en el desarrollo económico y una mayor regulación de la minería y los recursos naturales.
Por ahora, parece que los cambios introducidos por Sánchez en su mensaje han tenido más éxito entre los votantes que la decisión de Fujimori de reafirmar su plataforma original. Sin embargo, estos ajustes tácticos podrían resultar menos relevantes que una confrontación recurrente y mucho más profunda: el choque entre el miedo al “comunismo” y el miedo al “fujimorismo”, dos fantasmas que han marcado las elecciones peruanas de los últimos años y que reflejan las profundas divisiones sociales y regionales del país.
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