
De la gran ilusión a la sombra del totalitarismo
Por William Pfaff International Herald Tribune
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PARIS.- Al hablar del futuro es necesario comprender que el cambio habitualmente es muy lento, pero que el cambio acumulativo es muy rápido y que siempre es posible una ruptura en la continuidad de la historia.
Lo que responsablemente se puede decir hoy acerca de los modelos para la sociedad y la organización política en el nuevo milenio es que, en principio, serán los mismos modelos con los que terminamos el último milenio. Sin embargo, antes de lo que podría pensarse, el sistema internacional habrá cambiado de manera fundamental.
Los Estados Unidos son y seguirán siendo el Estado y el sistema social más poderoso e influyente durante los primeros años del nuevo milenio. Siguen siendo la única superpotencia.
El capitalismo de mercado que predominó durante las últimas dos décadas -al que los Estados Unidos dieron su forma actual y cuya globalización fue patrocinada por los Estados Unidos- continuará como el modelo comercial y económico más visible e importante.
Pero tanto la posición norteamericana como el sistema predominante serán puestos en tela de juicio. La naturaleza y la identidad de un desafío exitoso son imprevisibles hoy, pero está en la naturaleza de un sistema dominante o hegemónico generar desafíos y su propio reemplazo eventual.
Esta es una realidad política esencial. La dominación puede durar largos períodos cuando se trata de una civilización avanzada respecto de otras atrasadas (como en el caso de la antigua Roma). El desafío a la posición norteamericana provendrá de sociedades que se hallen igualmente avanzadas.
Observemos la situación de hace un siglo. En el año 1900 el imperio británico era la única superpotencia. Tenía rivales en Europa, como los tienen hoy los Estados Unidos, por un lado en la Unión Europea, por el otro en Rusia, y aún otros en Asia.
Pero la creencia convencional de hace un siglo fue expresada por Norman Angell en un libro de gran venta global en 1910, "La gran ilusión", que sostenía que los intereses comunes de las grandes potencias, y sobre todo sus economías, estaban tan estrechamente interrelacionadas y eran tan interdependientes que la guerra ya no tenía sentido.
La existencia de imperios y del patrón oro hacía que las economías del mundo y las finanzas internacionales estuvieran más "globalizadas" que hoy.
Los que no eran
Las fuerzas destructivas que iban a dominar gran parte del siglo XX no gravitaban en el año 1900 o ni siquiera existían.
- El marxismo como movimiento político era un asunto marginal. Lenin tenía 30 años y en 1900 concluía un período de confinamiento político en Siberia y estaba por exiliarse.
- Hitler tenía 11 años. Mussolini tenía 17, un pacifista y socialista en ciernes. El fascismo y el nazismo no existían.
- Los imperios europeos dominaban en Asia y Africa.
- Los Estados Unidos estaban en vías de organizar su propio imperio a partir de las posesiones españolas de las que acababa de adueñarse en el Caribe y el Lejano Oriente.
- El sistema Habsburgo estaba perturbado por el nacionalismo en los Balcanes y el imperio otomano estaba en decadencia, pero todo eso parecía controlable.
l China era un país débil, inactivo.
- El Japón se mantenía alerta y en 1899 había puesto fin a los privilegios territoriales de los que gozaban los mercaderes europeos en ese país. Estaba por irrumpir explosivamente en los asuntos mundiales aniquilando al ejército ruso en Port Arthur en 1904 y hundiendo toda la flota rusa en un solo día, hechos que fueron totalmente inesperados.
Pero seguramente he dejado en claro lo que quiero decir. El siglo XX comenzó en circunstancias de aparente seguridad y más tranquilizadoras que las circunstancias actuales.
Nadie en 1900 pudo haber imaginado los acontecimientos que tan sólo 14 años después iban a destruir el sistema internacional existente y asestar un golpe a la civilización occidental cuyos efectos aún se sienten, abriendo el camino al inmenso y enteramente original fenómeno político totalitario que, después de la Revolución Bolchevique de 1917 y la llegada de Hitler al poder como canciller en 1933, predominó en los asuntos mundiales durante la mayor parte del resto del siglo.
En 1900, académicos y analistas responsables tanto en el plano político como económico indudablemente habrían descripto la perspectiva del siglo XX en términos de continuas rivalidades imperiales dentro de un mundo dominado por Europa, un permanente tutelaje paternalista por parte de los europeos sobre sus colonias asiáticas y africanas, un sólido sistema de gobierno constitucional en Europa occidental, una prosperidad creciente y sostenida, un conocimiento científico cada vez más profundo a servicio del beneficio humano, etcétera. Todo habría sido desacertado.
Durante los años 60 y 70, el "futurismo" se convirtió en una moda, y fugazmente en un empeño académico, en los Estados Unidos. Aunque trataba de concebir imaginativos "futuros alternativos", fue fundamentalmente un ejercicio en materia de proyección responsable de lo que parecían las tendencias predominantes de la época.
Zbigniew Brzezinski escribió en los años 60 que los Estados Unidos y la Unión Soviética estaban "convergiendo" hacia lo que él daba en llamar la "era tecnotrónica", una nueva especie de "supercultura" tecnológica dominada por "esmerados intelectuales orientados a la organización".
Herman Kahn y Anthony Weiner escribieron un libro en los años 60 titulado "El año 2000". Dieron por sentado que no cambiaría el sistema internacional y que continuaría la Guerra Fría. Sus pronósticos culturales (una predominante tendencia global hacia una cultura "perceptible", la secularización, la occidentalización, la marginalización de la religión) fueron meras generalizaciones de la experiencia de los años 60 en los Estados Unidos.
Daniel Bell afirmó hace 40 años que la ideología había muerto. Francis Fukuyama señaló hace 10 años que la historia había terminado. Ernest Gellner identificó el nacionalismo con las "grietas sociales relacionadas con el antiguo industrialismo" y pronosticó que se acallaría y que sería "menos virulento" con el paso del tiempo. Cuando era asesor nacional de seguridad del presidente Bill Clinton, Anthony Lake indicó que la obligación de los Estados Unidos era luchar contra el nacionalismo y "contra todos aquellos que podrían hacer volver a los nuevos Estados libres a los intolerables modelos del pasado". Lake, igual que Gellner, dio por sentado que el nacionalismo es un fenómeno primitivo al que el progreso eventualmente remediaría. Sin embargo, la ideología sobrevive y prospera hoy; los Estados Unidos, Gran Bretaña y Rusia figuran entre las sociedades más chauvinistas de la Tierra, y la historia sigue su curso.
Hasta ahora he estado analizando el pasado y no anticipando el futuro, pero lo he hecho para insistir en lo poco que realmente podemos ver cuando miramos el futuro.
Karl Popper expresó hace muchos años que "por motivos estrictamente lógicos, es imposible para nosotros pronosticar el curso futuro de la historia". Esto se desprende del hecho de que el conocimiento crece a un ritmo sumamente rápido, y "no podemos anticipar hoy lo que tan sólo sabremos mañana".
Podemos proyectar series estadísticas y tendencias materiales establecidas, y generalizar a partir de la percepción de realidades actuales. Es útil hacer eso, aunque no tanto.
El pensamiento generalizado de la década desde la caída del Muro de Berlín, en noviembre de 1989, expresó que Europa y los Estados Unidos estrecharían aún más los lazos, que los ex países comunistas se integrarían a la comunidad democrática, que la globalización promovería la occidentalización y modernización económica y tecnológica de las naciones en vías de desarrollo, que una mayor internacionalización de la sociedad traería aparejados más intervenciones "humanitarias" y mayores límites a la soberanía nacional, y que sólo los Estados "malhechores" se resistirían a todo eso.
Todas ésas ya parecen hipótesis excesivamente optimistas. Con el fin de esa década y el comienzo del nuevo siglo, la globalización, como doctrina o ideología de profunda desregulación comercial, acaso haya alcanzado su pico de influencia.
En Seattle, la conferencia de la Organización Mundial de Comercio terminó en una confusión. El Congreso norteamericano le niega al presidente autoridad en materia de negociación "por la vía rápida". El modelo de profunda desregulación es cuestionado en Asia y siempre se topó con el escepticismo en los países industrializados del continente europeo.
Existe una acumulación de tensiones entre los Estados Unidos y Europa respecto de importantes cuestiones relacionadas con la soberanía política, económica y tecnológica. La creencia de que Rusia pronto será incorporada a los sistemas políticos y económicos occidentales ya no tiene sustento.
Estas declaraciones contienen pronósticos implícitos. Describen realidades o tendencias perceptibles que se espera que influyan en los próximos diez años. Suponen una continuidad o, en el caso del globalismo, proyectan hacia el futuro una reciente e importante discontinuidad en la corriente de opinión y de los hechos. Sugieren un resultado que será notoriamente distinto del de los pronósticos optimistas, pero que aún será fácilmente reconocible. El cambio acumulativo habrá alterado nuestras percepciones y expectativas, pero no se habrá producido una ruptura de la historia. Sin embargo, las rupturas ocurren.
Una traumática transformación en la historia mundial se produjo desde 1914 hasta 1918. Otra ruptura fue provocada por la Revolución Bolchevique en 1917, y por la marcha de Mussolini sobre Roma en 1922 seguida por el acceso de Hitler al poder en 1933. Otra fue debido a la crisis de Wall Street en 1929. La alianza de Sun Yat-sen con el Partido Comunista chino y la Rusia soviética en 1924 fue una ruptura en la historia moderna de Asia, como lo fue la ocupación de Manchuria por parte del Japón en 1931 y su alejamiento de la Liga de las Naciones.
Más de lo mismo
Esto por hablar sólo de la primera mitad del siglo XX. La expectativa lisa y llana del futuro es por más de lo mismo. O, si no eso, por más o menos una repetición de algo bien conocido del pasado reciente (otra crisis, otra depresión, otro Hitler). Ninguna presunción es realmente útil, pero ambas son inevitables porque sin ellas es difícil hablar del futuro, aunque la única certeza sobre el futuro es que, estrictamente hablando, es imprevisible.
Las declaraciones útiles que pueden formularse son de orden general: que el poder hegemónico incita a la oposición; que un vacío de poder será llenado; que las entidades políticas aspiran a engrandecer su poder y riqueza, que el mal existe en la historia y la razón no es su rectora.
Charles Beard dijo en cierta oportunidad que, durante su vida, reflexionar acerca de la historia le había enseñado cuatro cosas: cuando llega la oscuridad, las estrellas comienzan a brillar; las abejas que les roban a las flores dan la miel; a quien Dios desea exterminar, primero lo hace enojar; las moledoras de Dios muelen el grano lentamente, pero sumamente fino.
Estas sentencias poéticas de nada les sirven a los políticos. Sin embargo, contienen lo que realmente sabemos acerca de lo que el nuevo milenio traerá consigo.
Traducción de Luis Hugo Pressenda
Esta es la tercera entrega de una serie de siete artículos, cuyos derechos fueron adquiridos por La Nación al diario International Herald Tribune.
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