
Infancia robada
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El célebre psicólogo y pedagogo Jean Piaget afirmó alguna vez que "cuando a un niño le quitan el tiempo de jugar, le están robando infancia, es decir, parte de su humanidad".
Un informe divulgado por la Organización Internacional para las Migraciones y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) presentó los datos de una investigación realizada en nuestra ciudad, entre octubre de 2004 y marzo último. Según ese informe, sobre un total de 8762 cartoneros que fueron relevados, casi la mitad, 4223, eran niños o adolescentes. Resultados parecidos se obtuvieron en el conurbano y también en otras ciudades del país.
Pese a lo que se podría suponer, de acuerdo con la investigación, los niños cartoneros van a la escuela, por lo menos en el nivel primario, con una escolarización del 96 por ciento. Pero no ocurre lo mismo en el nivel secundario: en la franja etaria de los 13 a los 17 años ese porcentaje desciende al 48, cifra muy inferior a la media de la Capital, que es del 93 por ciento.
Por otra parte, la repetición de año en los niños que trabajan y que asisten a la escuela es un fenómeno en aumento. Estudios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) revelan que entre la tercera y la cuarta partes de los chicos que trabajan sufren fracasos escolares como consecuencia de algo lógico: el tiempo que utilizan para trabajar es robado a las actividades educativas y recreativas.
Por cierto que los niños cartoneros no piden limosna, porque trabajan, aunque en tareas que frecuentemente están más allá de sus posibilidades físicas. Del mismo modo, alguien podría sostener que su quehacer diario es dignificante, en tanto los aleja de actividades delictivas que lamentablemente muchas veces se les plantean como alternativa. Pero aun así, como se ha dicho reiteradamente, el trabajo no es algo para chicos, sobre todo cuando no se lo puede asociar con el juego, que es lo normal en los tiempos de la infancia.
Mucho se ha señalado con respecto a los peligros que corren estos chicos al estar en contacto con residuos que son peligrosos para su salud y que frecuentemente les producen daños reales, como se sabe perfectamente en los centros asistenciales que atienden a los niños.
No hace mucho tiempo, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, al visitar Buenos Aires, manifestó su sorpresa al ver el trabajo de los cartoneros, que le pareció incompatible con la imagen que tenía de esta ciudad. Por cierto que Vargas Llosa tiene toda la razón del mundo: es triste, desdichadamente incompatible y demuestra que, más allá de los discursos oficiales, plenos de un optimismo no siempre justificable, hay una sórdida realidad que nos debería avergonzar de una forma absoluta. Porque el trabajo de los cartoneros no es una buena actividad económica y el de sus chicos es una servidumbre y no deja de serlo por ser familiar, en tanto los niños difícilmente puedan hacer otra cosa que no sea obedecer a sus padres.
La realidad es que el trabajo de niños recolectando cartones o revolviendo basura lejos está de ser dignificante. Claro resulta que cualquier tipo de trabajo infantil es perjudicial para los chicos porque impide que puedan disfrutar de su infancia y obstaculiza su desarrollo causando daños físicos y psicológicos que pueden persistir a lo largo de toda su vida. Además, coarta el pleno derecho a la educación y, en consecuencia, a la posibilidad de un futuro mejor.
El trabajo infantil lleva al retraso escolar o al abandono del sistema educativo, a menores ingresos en la vida adulta y a la reproducción de las condiciones de pobreza que originaron su prematura inserción laboral. Ningún tipo de trabajo infantil escapa, entonces, a las condiciones de vulnerabilidad, precariedad y clandestinidad, al tiempo que es un probable camino hacia la consolidación de la marginalidad.
Desde luego, en muchas ocasiones, es un fenómeno derivado de la prolongada exclusión de los ámbitos de trabajo que sufren los adultos, de la informalidad laboral y de la desigual distribución de ingresos.
Resolver este problema es una de las tantas cuestiones que podrían ser objeto de una política de Estado, que apunte a soluciones duraderas y no coyunturales, alejadas de las nefastas prácticas clientelistas o de un asistencialismo que sólo ha conseguido reproducir las condiciones de pobreza de los sectores sociales más marginados de los beneficios de la economía.


