Hospitales públicos porteños, pioneros de la salud
Los centros sanitarios de la Capital tienen una larga historia, desde la época de la post conquista hasta hoy, ejemplo en el país y en la región
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Muchas veces nos hemos ocupado desde estas columnas de las carencias de los hospitales públicos de la ciudad de Buenos Aires, con presupuesto siempre insuficiente para atender la enorme demanda de pacientes de todo el país y del exterior que los utilizan, tanto por su prodigiosa calidad como por su gratuidad, y, especialmente desde 2020, les hemos dedicado profusas líneas para dar cuenta de la indispensable labor que ha cumplido todo su personal médico y no médico desde el minuto uno de la pandemia por coronavirus.
Como bien señala Enrique Visillac en su libro Pioneros de la salud. Historia de los hospitales públicos de la ciudad de Buenos Aires, esa red de centros sanitarios es la más extensa e importante del país, no solo por el número de camas, la infraestructura y equipamiento, sino también por el recurso humano que sostiene la atención de millones de personas.
El primero en crearse –las fechas difieren en algunos años conforme los historiadores que se consulten– fue, según Visillac, el Hospital Bernardino Rivadavia, que tuvo como antecedente un asilo de huérfanas y hospital de mujeres: La Hermandad de la Santa Caridad, hacia fines de 1720, cuando diversas epidemias comenzaban a azotar a la población.
Lo mismo ocurrió con el hospital de niños más antiguo, ya no de la ciudad, sino del continente: el Pedro de Elizalde (1779), que siguió el camino que había trazado la Casa de Niños Expósitos, es decir, expuestos en calles e iglesias, abandonados por madres vulnerables o enfermas. Como muchas otras veces ha sucedido en nuestro país, diversas entidades y particulares contribuyeron económicamente con esos nosocomios de los que hoy nos enorgullecemos. El Jockey Club, por caso, donó dinero para el levantamiento de dos pabellones del Elizalde sobre la avenida Montes de Oca, donde hoy funciona. Aquellas obras terminaron en 1911.
El hospital Braulio Moyano (1854) fue el primer centro de salud psiquiátrico de la ciudad y en 1863 se creó el Borda, otra notable cuna de la psiquiatría en la Argentina.
El Ramos Mejía (1869) fue, en sus comienzos, un lazareto, un centro dedicado al tratamiento de personas portadoras de enfermedades infecciosas. El cólera y la fiebre amarilla causaban estragos por aquella época en el que el país se iba poblando y la respuesta sanitaria fue siguiendo esa triste ruta, dando soluciones novedosas y concretas a los enormes padecimientos de aquella primigenia explosión demográfica.
El Ricardo Gutiérrez (1875-pediatría), el Santa Lucía (1878) y el Muñiz (1882 –otro de los grandes protagonistas en la atención de epidemias, del retroceso de la tuberculosis y la atención del VIH ya mucho más acá) fueron pioneros cada uno en lo suyo en nuestro país y en la región.
Tiempo después se crearon el Fernández (1888), antiguo “sifilicomio” y hoy centro modelo de alta complejidad. Le siguieron los hospitales Pirovano (1896), Argerich (1897), Álvarez (1897), Tornú (1904), Penna (1905), Zubizarreta (1905), Alvear (1907) y el Durand (1913).
Entre 1914 y 1968 vieron la luz, entre otros, los hospitales Vélez Sarsfield, Piñero, Roca, María Ferrer, Marie Curie y el José Dueñas, seguidos por la maternidad Sardá, y los hospitales Udaondo, Santojanni, Lagleyze, Illia y el Tobar García.
Fueron varias centurias de tremendos adelantos científicos que tuvieron a nuestros hospitales porteños como centros de investigación y avance en el tratamiento y cura de enfermedades, gracias al apoyo económico de muchos mecenas cuyos nombres coronan hoy sus frontispicios, Por caso, el hospital Piñero lleva el nombre del acaudalado empresario porteño que donó parte de su fortuna para su construcción, mientras que Rocca y Santojanni fueron dos inmigrantes italianos que, agradecidos con el país que los recibió, testamentaron o donaron propiedades para la construcción de esos hospitales. En otros casos, fueron los vecinos comunes los que, con su esfuerzo personal o su trabajo desinteresado, con muchas más carencias que fortunas, ayudaron a verlos crecer. Hoy es COAS, con su fuerza solidaria, la ONG que colabora con 32 hospitales públicos porteños, más otros a nivel nacional. Con responsabilidad y transparencia, dona aparatología para mejorar los tiempos y calidad de atención a pacientes.
En esta enumeración no podemos dejar de mencionar al Hospital de Clínicas, que si bien hoy depende de la UBA, se gestó primero como un hospital dependiente de la ciudad y que, según relatan los historiadores, fue el primero en el área pública en conformar un comité de ética, algunas de cuyas máximas se basan en “respetar y proteger a vida desde su comienzo, la salud, la libertad, el pudor y el tiempo de las personas de las que se es responsable” (…), dirigirse al paciente por su nombre y no reemplazarlo por el número de cama, de historia o diagnóstico (…), no desvalorizar el hospital a pesar de sus falencias (…) y tratar cuidadosamente a los animales utilizados en investigaciones experimentales evitándoles sufrimientos”.
De aquellos lejanos comienzos en los que los incipientes hospitales públicos concentraban sus mayores esfuerzos en atender a los menesterosos, proteger del abandono a las víctimas de las pandemias y la hambruna, y empezar a curar a la creciente población post conquista hasta hoy, se ha recorrido un vastísimo trayecto jalonado de enormes padecimientos, pero también de grandes logros.
Siempre es un buen momento para homenajear a todos aquellos pioneros generosos y abnegados porque, como bien dice Visillac en su libro: “A las instituciones las conforman las personas más allá de las estructuras edilicias y de sus insumos” y que “la fuerza que impulsa a los hospitales está en el vínculo que se establece entre los trabajadores de la salud y los pacientes”.
Vaya para todos nuestra enorme valoración y agradecimiento.







