
El clima "destituyente"
Al descalificar a quienes piensan distinto, el kirchnerismo sigue exhibiendo un narcisismo intolerante e infantil
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Desde hace algún tiempo, cuando la paciencia de buena parte de la sociedad empezó a agotarse frente a un estilo crispado y confrontativo, opuesto a la tolerancia y al diálogo, el matrimonio gobernante adoptó una lamentable definición para caracterizar la resistencia que generaban muchos de sus actos. Los Kirchner comenzaron a hablar de un ánimo "destituyente".
Los principales referentes de la oposición, los medios de comunicación que conservan su independencia frente al Gobierno y ciertos intelectuales críticos del oficialismo fueron incluidos bajo aquel rótulo.
Curiosamente, el término "destituyente" no forma parte del Diccionario de la Real Academia Española. Sí existe, por supuesto, el verbo destituir, que significa "quitar a alguien su empleo" o "privar de cierta cosa a alguien o algo".
Tal vez los Kirchner, al concebir la voz "destituyente", pretendieron contraponerla a la expresión "constituyente", que se aplica a las Cortes convocadas o reunidas para redactar o reformar la Constitución del Estado, de acuerdo con el citado diccionario.
Pero si fuera así, no podría dejarse de lado que las autoridades que asumieron en 2003 y que hoy todavía conducen los destinos del país carecieron y carecen de las facultades de los convencionales constituyentes. Su deber no es refundar ningún sistema, sino básicamente cumplir y hacer cumplir la Constitución.
Si algo constituyeron o consagraron los Kirchner, con la colaboración de un Congreso dominado por legisladores oficialistas, fue una cultura de avasallamiento del Poder Legislativo por el Ejecutivo y de mecanismos para amenazar y domar a magistrados que tendieran a ser independientes.
Todos aquellos que, de una u otra forma, cuestionan la actuación del Poder Ejecutivo y su particular estilo, tan negador del diálogo y de la búsqueda de consensos como afín a la permanente invención de enemigos y de teorías conspirativas, son blanco de la furibunda diatriba del coro estable del oficialismo, una suerte de lopezrreguismo de nuevo cuño.
Una de las últimas víctimas de los arsenales de descalificación alimentados por el aparato oficial fue el escritor Marcos Aguinis, quien deberá agradecer los paupérrimos resultados de un empeño que, habiéndose dispuesto como servicio profesional para los Kirchner, ha terminado por elevar aún más a la consideración pública su último libro, ¡Pobre Patria Mía!
La descalificación artera del reconocido intelectual no es más que un ataque a amplios y crecientes sectores de la sociedad argentina que no ocultan su indignación frente al desprecio que advierten hacia las instituciones y los principios de la República.
Aguinis se ha hecho cargo de la voz de quienes no tienen voz, de quienes con angustia inquieren cómo se permite lo inaceptable: que no haya jueces ni fiscales ni tampoco número suficiente de legisladores capaces de poner coto a la corrupción que abruma, al descaro con el cual dos o tres personas deciden por todos.
Mientras tanto, la ruptura del principio de que la Argentina es una república federal envilece a gobernantes provinciales y empuja al conjunto de las administraciones provinciales a mendigar recursos a la todopoderosa autoridad central, que, codiciosa, se apodera de lo ajeno, tanto público como privado.
El pseudoprogresismo reinante encuentra en los ojos del autor vilipendiado la caracterización incuestionable cuando le imputa haber trastrocado la Argentina de la cultura del trabajo, de la cultura del esfuerzo y de la cultura de la democracia por los pilares del régimen que disuelve sus esencias.
En medio de la Argentina de la imprevisión, es natural que ocupemos el puesto 114° en el último ranking de calidad institucional -el primer puesto lo ocupa Dinamarca-, elaborado recientemente por el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima) de la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (Eseade). En este índice, que incluye diferentes ítems, tales como Estado de Derecho, voz y rendición, libertad de prensa, corrupción, clima de negocios y competitividad, tampoco sorprende que la Argentina ocupe el magro puesto 28° en el continente americano, encabezado por Canadá, y que Chile se ubique 24° a nivel mundial (90 posiciones por delante de nuestro país).
El estilo K, mezcla de narcisismo trágico, melancólico por un lado y ramplón por el otro, coronado por el paradigma de "yo o el caos", nos ha hecho desperdiciar algunos de los mejores años que el mundo haya ofrecido al país en mucho tiempo.
A terminar con esa tendencia, instando a la afirmación de las instituciones y a la rebelión, por la exclusiva vía del voto popular, contra la decadente prepotencia que hasta se ha permitido burlarse de lo que fue la celebración excepcional del primer centenario patrio, apuntan los mensajes críticos reducidos por el oficialismo al calificativo de "destituyentes".
Por eso urge recuperar, a través de un cambio profundo, la serenidad de los espíritus y el verdadero progreso ninguneado por ese reino de la impostura de las estadísticas oficiales y de candidatos que no son lo que se dice que son, sino la falsedad estrepitosa contra la cual se levanta el hartazgo de quienes quieren rescatar lo que queda de la República sin norte.


