
La enseñanza de House of Cards, la serie preferida de Obama
Llegar a la cima en la política o en la empresa no significa siempre tener más libertad para tomar decisiones ni para tener control de los propios tiempos
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El presidente de los Estados Unidos de Norteamérica volvió de un largo viaje a Medio Oriente poco exitoso. Hizo demasiadas concesiones, tanto en el despliegue estratégico del armamento misilístico como personales. Su colega el presidente ruso fue duro e inflexible. No pudo negarse a sus demandas. Vuelto al hogar, en la Casa Blanca, se enfrenta con su propio rostro en los cristales de una ventana y expresa en voz alta una reflexión: "A veces creo que la presidencia es la ilusión del poder de elección".
La corta escena corresponde al capítulo 36, 3ª temporada, de House of Cards, emitida a través de Netflix e interpretada por Kevin Spacey. La sentencia es aleccionadora. Involucra a todos aquellos que preservan una idea ingenua sobre aquello de llegar a la cima.
La ilusión consiste en que, una vez allí, se liberará de todas las ataduras que lo condicionan como empleado. Nada más ajeno a la realidad. Es verdad que las posiciones superiores gozan de ciertos privilegios que pasan por lo económico, el confort y luego por algunas decisiones acerca de la administración de sus tiempos personales, pero la libertad de hacer lo que viene en gana es otra cosa.
Por el contrario, las ataduras son mayores, como estar atrapado en una telaraña. Podemos intentar una analogía con un juego por todos conocido, el ajedrez. Quien goza de menores movimientos posibles es el rey. Sólo puede correrse un escaque por vez, y su mayor audacia es escapar mediante el cambio de lugar, acudiendo al auxilio de la torre. En la práctica está casi al mismo nivel que los peones, piezas claramente inferiores, pero si las situaciones les son favorables pueden obtener la misma libertad que la reina, cuyos movimientos son los más emancipados de todo el tablero.
Entonces, cuando se mira para arriba y se cree que el que está allí es el más libre de todos, es sólo una ilusión, como lo expresa el personaje de Kevin Spacey. La excepción a la regla podríamos encontrarla en los dictadores míticos, algunos crueles y sanguinarios de la historia en cualquier continente, pero la mayoría con finales trágicos, arrastrados por aquella ilusión de libre albedrío. ¿Quién arruina su fiesta? El hecho de vivir en sociedad. El cruzamiento de intereses y necesidades produce demandas a las que hay que responder. Podríamos concluir que, cuanto más arriba, menos libertad de elección, porque cada paso debe ser medido cuidadosamente.
No es una mirada sencilla de asimilar por los simples mortales, pero es evidente. Suele mencionarse la soledad del poder como rasgo sobresaliente, lo que no carece de fundamento. Pregúntesele a cualquier CEO que se tenga a mano, de cualquier compañía, en particular las más vastas y de mayor peso. Pero la ilusión no surge arbitrariamente. Quien ocupa el puesto más alto tiene mayor posibilidad de cambiar el rumbo de la nave, si es que toma las decisiones acertadas y, nuevamente, si lo dejan.
Podría instalar su concepción de cómo deben hacerse las cosas. Es un trabajo arduo. Y en esta comparación entre el funcionario de más alto rango y el simple empleado descubrimos un rasgo que sí es valorado en todos los niveles, y que poco a poco se va aceptando. Tal vez, otra vez, por imposición de las nuevas generaciones.
Se trata de la administración de los tiempos personales. Mejorar o flexibilizar los acuerdos sobre vacaciones, tiempo libre, libertad de trabajo, pequeñas grandes conquistas que llevan a revisar los términos contractuales vigentes, por ley o por costumbre, como continuación de aquellos cambios producidos hace más de un siglo, adaptando las jornadas a la necesidad de descanso y esparcimiento, que terminaron estableciendo las ocho horas diarias y una jornada completa de inactividad. No siempre los CEO lo tienen.





