
Para celebrar su centenario este pueblo pampeano editó un libro con historias y fotografías de autores locales
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REALICO, La Pampa.- El pueblo cumplió cien años y la figura de Tomás Leopoldo Mullally y Ballesty regresa en la historia con el eco de su sangre irlandesa.
En una carta fechada el 22 de diciembre de 1906, este inmigrante se presenta y anuncia al ministro del Interior que fundará un pueblo denominado Realicó en campo de su propiedad, en un área de 2933 hectáreas, en La Pampa Central.
Desde el 2 de marzo de 1907, fecha de la fundación, con 26 años, Mullally supuso un designio fundacional casi irreverente para ese "Plato de agua" (según indica el término araucano), donde soñaba que se abrevara en el norte del territorio (la venta de los terrenos tuvo una premisa, que cada comprador debía comprometerse a no construir locales o viviendas de barro, chapa o "rancherío").
Sin falsa modestia, mientras degustaba un aperitivo en un bar de la localidad, solía aseverar que si desde un avión en vuelo se arrojara una bomba para indicar el centro de la República, el impacto inexorablemente se daría en Realicó.
Al cabo de diez décadas, el tiempo transportó mucho más que horas. La consecuencia del labriego, el surco, no fue siempre acogedor; plegarias y blasfemias entre el gozo y la impotencia. Un horizonte inabarcable; la alquimia cotidiana para reverdecer la opacidad y un raigón que emergía del caldenal casi extinguido, para señalar la pampeanía. Aromas y sabores migrantes y propios de la tierra remiten de por sí a un universo con la magia de la infancia, al candor de la inocencia, a las risas como tropel arrasador de adversidades y a la inexplicable inquietud que generan las ausencias.
¿Cómo celebrar? De qué manera se podía dejar testimonio, para abjurar de la desmemoria, si no hay retorno, si cuando se regresa ya nadie es el mismo, aunque recorra las mismas calles. O aunque intente vivir desde un gesto ancestral repetido hasta el cansancio.
Entre tantas preguntas sin respuestas, una idea tomó cuerpo y el libro referencial tuvo la ubicación geográfica del pueblo, datos cronológicos de su historia, algunas fotografías en blanco y negro, y un par de páginas con imágenes a color del Realicó actual. Se llama "Cien años, cien historias" (aunque resultaron muchas más) y fue escrito por los mismos pobladores. En la tapa, distintas tomas de la plaza Hipólito Yrigoyen resultan una muestra cabal del devenir de los años. La obra, coordinada y compaginada por las profesoras Ilda Ferreira, Silvia Griotti y María del Carmen Lennard, lleva el sello de Ediciones Pitanguá, de la ciudad de Santa Rosa.
Con nombre propio
Emotivas, risueñas, contundentes. Las más de cien historias delinearon el perfil de una comunidad que de a ratos aparece fragmentada y que, al leerse, advierte que se encastra sin resquicios para conjugar una nueva instancia secular.
Aparecen historias de los clubes Sportivo Realicó y Ferro Carril Oeste; de la Agrupación Tradicionalista "Pilchas Gauchas" y de los Bomberos Voluntarios; de instituciones señeras y de las flamantes. Y el misterio se cuela (o se devela) cuando se habla de Realicó y sus miedos o el testimonio de una madre agradecida indica que Realicó hizo "de la diferencia un valor, no un defecto".
El sueño de la patria chica, el único museo de la localidad, y la experiencia dispar de un músico adolescente contemporáneo y de otro que lo fue en la misma etapa de la vida hace muchos años. El boulevard, que apenas duró veinte años y la transmisión por una propaladora del paso de los volantes en la Primera Vuelta de La Pampa. Las tiendas, las confiterías y bares, los lugares de encuentro; el "biógrafo"; el Hotel Victoria, frente al ferrocarril que dio pujanza al pueblo. El Realicó Ballet y el molino harinero; o las dos asociaciones de las colectividades más numerosas y casi centenarias: italianos y españoles, las únicas "de Socorro Mutuo" en la historia pueblerina.
Siempre el ferrocarril; los almacenes de ramos generales y los oficios varios ejercidos hasta edades impensadas. Un cartero que batió récord laboral y el periódico La Voz de Realicó -todavía artesanal y que suma 70 años- o la vida en una colonia de "gringos" que pudieron comprar apenas 100 hectáreas para empezar.
Escuelas y colegios; la cultura; apellidos que perduran y mucha nostalgia. Sin iglesia ni cura por más de cincuenta años; el último arriero, la vida de un médico y los "hijos del corazón" (los que no nacieron y se sienten realiquenses) retratan -sin la impertinencia de contar intimidades ni dejar traslucir alguna sombra en los rasgos comunes- la continuidad del gesto inicial que corrobora el tiempo. Algo así como para alentar a retomar los primeros pasos.






