
Es en el criadero de los Freudenthal
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FRANCISCO AYERZA.- A 15 kilómetros de Pergamino, donde el cinturón agrícola de la Argentina brilla por su esplendor, hay dos personas, padre e hijo, que en su criadero de maíz buscan desarrollar una genética que se pueda adaptar a las distintas regiones del país.
Ellos son Carlos y Federico Freudenthal, los que desde hace veinte años no piensan en otra cosa que en mejorar este cultivo y en trabajar de una manera tal que, por la presencia permanente en los campos donde están sus materiales, los convierte en artesanos.
Los comienzos de su criadero, que adoptó el nombre de Ayerza, fueron muy desde abajo y con una inversión mínima. Eso apareció como suficiente cuando, en 1983, se lanzaron a hacer genética de maíz dulce. El lugar testigo del inicio de este emprendimiento fue una chacra de tres hectáreas. La misma donde se levantó un laboratorio y se realizaron los primeros ensayos de los cultivos.
Recorrida
Luego de crear el primer material, que se denominó "Delicia", vino la etapa de salir a venderlo. Y para eso Federico, que ya en sus tiempos de estudiante de Agronomía vivía apasionado por la genética, recorrió junto a un primo, y a veces con algún amigo, todos los campos de la zona con muestras de las semillas que había creado junto a su padre.
Más allá de esta peregrinación por la región, el primer productor que cultivó sus semillas fue un horticultor japonés que tenía un establecimiento cerca de La Plata y que se sorprendió por el comportamiento que logró el maíz.
Después, sí, desde Ayerza "los delicia" se expandieron a otras zonas como La Banda, en la provincia de Santiago del Estero; Orán (Salta), y Mar del Plata, entre otras regiones donde se los sembró.
"En un primer momento logramos vender importantes volúmenes y hasta había fábricas que sólo se dedicaban a comercializar nuestros materiales", recuerda con nostalgia Federico.
Así llevaron adelante su experiencia de maíz dulce hasta 1989, cuando dejaron de hacer este cultivo y, en cambio, trataron de dar los primeros pasos en la genética de materiales comunes.
Si bien aún hoy el criadero tiene un programa de maíz dulce, por ahora sus dueños no lo van a comercializar. Otro dato: los Freudenthal también llegaron a producir maíz pisingallo.
Una etapa ya se había cerrado en el último año de la década del ochenta y otra estaba por empezar. Fue la que les abrió la puerta para trabajar en la genética de los maíces duros.
A partir de 1992 hicieron una apuesta por estos materiales, generando la semilla básica para que, mediante licencias, otras empresas la vendieran. El negocio del criadero consistía en cobrar regalías sobre lo producido, una modalidad que todavía mantiene con algunas firmas.
Los Freudenthal se las ingeniaron para que se conocieran sus híbridos. Una vez, Carlos diseñó un "supermercado" de genética donde se podían observar los padres de los distintos materiales y el resultante cultivo. Los potenciales interesados en su genética podían caminar por el lote de ensayo junto a un catálogo que les indicaba qué material se había sembrado y estaba disponible.
Trabajaron sólo con licencias hasta 1999. Desde ese año hasta la actualidad se focalizaron en vender ellos mismos sus maíces duros, pese a que aún tienen licencias totales y otras intermedias donde, además de hacer la genética, realizan la producción de la semilla para sus clientes.
En la primera campaña lograron colocar unas 500 bolsas de su material Olympus en el mercado. De ahí saltaron a 10.000 y luego a 22.000 bolsas, en el último ciclo. Ahora esperan que este año los productores siembren unas 40.000 hectáreas con sus semillas, que se podrían agregar a otras 15.000 hectáreas con la venta de quienes tienen sus licencias.
Para cada región
Hay dos características que distinguen a los Freudenthal. La primera es que trabajan de una manera bastante artesanal, por más que poseen equipos especializados para hacer genética.
A diferencia de las grandes empresas, que tienen máquinas especiales que realizan un planteo general de los lotes y agrupan la información en un CD, aquí desarrollan el diagrama de la siembra manualmente y utilizan bastones para realizarla.
También dedican mucho tiempo a estar físicamente en los campos para evaluar las espigas, las plantas, y en ser ellos mismos los que, de forma manual, cosechan los cultivos.
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