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¡Quién hubiera imaginado, hace diez años, que ese niño que se tiró al agua con miedo, apenas por imitar a su hermana mayor, se convertiría en la mayor figura de la natación a comienzos del siglo XXI! Ian, aquel chico tímido y enorme para sus ocho años, sentía algo de envidia de su hermana Christina, que nadaba en algunas competencias y era el centro de atención de la familia Thorpe. Hoy, quizá, ya no recuerde esa anécdota el Thorpedo australiano. Muchas sensaciones lo invaden ahora, mientras escucha el himno de su país, con la medalla dorada en el cuello –la sexta que conquista en el Campeonato Mundial de la FINA–, tras haber ganado junto con el equipo de Australia el relevo de 4x100m combinados. El mundo deportivo venera azorado el reinado de este adolescente de 18 años: el increíble Ian Thorpe.
Apenas carga su sexta medalla dorada en Fukuoka; tan sólo consiguió cuatro plusmarcas ecuménicas en Japón. Números, nada más, pero que señalan la incontrastable superioridad de este joven sobre el resto de sus competidores. Batió las marcas en los 200, 400 y 800 metros libre, y en la posta 4x200m libre. En los relevos de 4x100m libre y 4x200m combinado se tuvo que conformar, apenas, con el primer puesto.
Ayer subió su 1,95 metro y sus 98 kilos (calza 55; de ahí su patada mágica) a la plataforma de largada y esperó que su compañero Geoff Huegill, el tercero de la posta (los anteriores fueron Matt Welsh y Regan Harrison), tocara la pared y se lanzó al agua. Con la decisión de siempre; con movimientos que parecen lentos, pero que le aseguran mayor recorrido que a los demás. Y superó en esos metros al norteamericano Anthony Ervin, campeón mundial de los 50 y 100 metros libre, por algunas centésimas: triunfo para su equipo con un tiempo de 3m35s35/100. Festejó, como es usual, en forma mesurada. Nada de gestos ampulosos, que delatan signos de soberbia. Su grandeza se vislumbra en su simpleza.
“No pienso en los récords. Esta última carrera fue muy difícil y no habría conseguido llegar a este resultado sin la ayuda de mis compañeros”, explicó Ian, que nació el 13 de octubre de 1982 en Paddington, Australia. Sus récords no se limitan a los tiempos, sino que alcanzan también la cantidad de medallas: superó a los norteamericanos Jim Montgomery, en el Mundial de 1973, y Tracy Caulkins, en el de 1978, que obtuvieron cinco oros cada uno.
Los límites no lo intimidan. El siempre va por más. No le importa su juventud. Si se dio a conocer allá por enero de 1998, en Perth, Australia, al convertirse en el campeón mundial más joven de la historia, con 15 años y 3 meses.
“Cuando me retire, quiero ser recordado como el más grande nadador de libre de la historia”, afirmó el año último, durante los Juegos Olímpicos de Sydney. En la actualidad el australiano domina las pruebas de 200, 400 y 800 m. Los 100m le dieron la espalda en Fukuoka, ya que terminó en una posición lejana para su parámetro: cuarto puesto; a pesar de que no es su especialidad, es el Nº 4 del mundo. Claro que nadie se anima a sostener que la prueba reina de la natación no será suya en un corto plazo. Tampoco es el mejor en los 1500 metros, la prueba más larga, que no entra en sus objetivos inmediatos, pero... con Thorpe nada parece imposible si se lo propone.
¿Quién hubiera imaginado, hace diez años, cuando Ian Thorpe daba sus primeras brazadas en una pileta, que se convertiría en el mejor nadador de libre de comienzos del siglo XXI? Sí, incluso, comenzó nadando en estilo espalda, hasta que un entrenador descubrió cierta potencialidad de Ian para practicar libre. Vaya acierto de aquel hombre. Si no hubiera sido así, la natación no disfrutaría hoy la era del rey Thorpedo.
Por Diego Quinteros
De la Redacción de LA NACION

