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SAN PABLO.- Por más herido que esté, Brasil nunca pierde su fiereza. Por individualidades, por el desequilibrio de sus figuras sobre el colectivo adversario, por contundencia, por aprovechamiento integral de sus ocasiones. Porque, en definitiva, Brasil es Brasil y eso nunca hay que tomarlo como un dato menor. Por todo esto, y porque la Argentina rara vez consiguió imponer su juego grupal por sobre la capacidad individual de los brasileños, las eliminatorias terminaron por darle el primer golpe al seleccionado nacional.
Ganó Brasil por 3 a 1, en esta sexta fecha de la clasificación para Corea/Japón 2002, y a la Argentina se le terminó un invicto de doce fechas en eliminatorias (cinco en esta serie y siete en la que desembocó en el Mundial de Francia 98).
Y la diferencia fue la exposición de recursos que cada uno dispuso en el campo. Dentro de un contexto de fuerzas bastante parejo, Brasil sacó ventajas por el poder de desequilibrio que tienen sus jugadores.
En realidad, la Argentina cumplió con su objetivo de plantársele de igual a igual a Brasil. No se retrasó y buscó poner en juego aquellas cualidades que ya había hecho propias: presión, velocidad, cancha abierta, pelota hacia las bandas. Sin embargo, en esa oposición de capacidades, se impuso la propuesta de Brasil, que con tres o cuatro nombres (Alex, Rivaldo, Vampeta, Ronaldinho) le complicó el partido a los argentinos.
Influyó, también, el gol que consiguió Alex a los 4 minutos del primer tiempo. Marcó mal la Argentina y, tras un pase medido de Antonio Carlos, Alex imprimió un cabezazo formidable que le cambió el palo a Bonano y que consiguió, además, un margen de oxígeno fundamental para el desenvolvimiento de Brasil. Cuando la gente gritaba, insultaba (sobre todo, a Rivaldo) y se molestaba por el mínimo error, Alex le sacó de encima a su equipo una buena dosis de presión.
A partir de allí, la Argentina contó con unos 15 minutos muy buenos. Supo quitarle la pelota a Brasil y comenzó a manejarse en campo rival. Pero no tuvo profundidad. El local recurrió a las faltas tácticas en la zona de gestación (sobre Ortega y Verón) y, así, al conjunto nacional le costó mucho llegar con claridad. Lo hizo por arriba, con algún cabezazo aislado, pero careció de llegadas precisas por abajo.
Sin un buen andamiaje colectivo, pero con un bagaje individual determinante, Brasil aprovechó los espacios lógicos que, mitad por riesgos del esquema y mitad por necesidad del resultado, la Argentina le dejó en su línea defensiva.
Así fue como Vampeta aprovechó un mal rechazo de Bonano tras un remate fortísimo de Alex y, de manera injusta, puso el 2 a 0. Pero no hubo tiempo para festejos brasileños, porque, inmediatamente, Almeyda armó una pared con Crespo y definió al ángulo de Dida.
Pareció que la Argentina iba a renacer en el segundo tiempo. De hecho, buscó hacerlo. Pero otra vez Vampeta, tras una mala marca de la defensa argentina, señaló un gol determinante en el aspecto psicológico: habían transcurrido sólo cinco minutos.
De allí en adelante, la Argentina trató, pero chocó siempre contra una defensa bien plantada y contra sus problemas en ataque.
Brasil ganó bien, en síntesis. Y lo hizo, básicamente, por su capacidad individual. La Argentina hizo su juego. Sencillamente, esta vez no alcanzó.

