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Los que ya estaban adentro buscaban la sombra que proyectaba la tribuna Dorrego. Pero como igual era insoportable el pegajoso calor de Palermo, varios se amontonaban contra la reja para comprarles gaseosas y helados a los vendedores que, como no estaban habilitados para ingresar, se vengaban desde la vereda con precios más accesibles que los puestos oficiales. Los que estaban afuera se interrogaban una y mil veces hasta contestarse que sí, que valía la pena pagar 40 pesos en la descontrolada reventa por una entrada que originalmente debía costar sólo $ 12.
La hinchada de La Aguada era mucho más nutrida... y si le faltaba música, poco después de las 16, caminando desde el Hipódromo, por Dorrego, un grupo de entre 15 y 20 muchachos apareció con bombos y redoblantes que llevaban los colores del San Isidro Club. Pero de repente se abortó su plan: se les cruzó en el camino el comisario Carlos Alberto Massimini, al frente de la Seccional 31a, de Palermo, y les explicó que estaba prohibido el ingreso de los bombos. Como tampoco se podía pasar con pirotecnia -fundamentalmente por el pánico que se podía desatar en la caballada-, alcohol y banderas de medidas mayores a las reglamentarias. "Acá están en vigencia las mismas medidas que en una cancha de fútbol porque este también es un espectáculo deportivo", explicó Massimini, que desde temprano se lamentó por sólo contar con poco más de 40 uniformados. "Busqué y busqué, pero por los operativos en Plaza de Mayo por el 20 de diciembre no pude juntar más", se excusó. Pero no estuvo solo en los controles: muy de cerca siguió lo que ocurría la fiscal Elsa Miranda, de la fiscalía contravencional N°10. ¿Y qué sucedió con el grupo de La Aguada? Prefirió alentar con su música desde afuera, sobre la Avenida del Libertador, justo detrás del palenque de los hermanos Novillo Astrada.
A las 16.25, en una Renault Trafic blanca que estacionó sobre Dorrego, frente a las puertas de la estación ferroviaria Tres de Febrero, irrumpió el grueso de la parcialidad de La Dolfina. O de Nueva Chicago en realidad. Unas 50 personas que, al igual que el año último, llegaron para impulsar al conjunto de Adolfo Cambiaso. Entonces, otra vez apareció el comisario Massimini con las mismas advertencias y recomendaciones. Por eso la pirotecnia y los redoblantes se quedaron en la Trafic. Sí pasaron las banderas porque tenían flexibles astas de plástico, no las de peligrosa madera. Todos ingresaron en orden y cada uno con su entrada en la mano.
Pero esperaron para salir a escena. Aun con la final empezada, aguardaron debajo de una tribuna que ya no le podía hacer un lugar a nadie. Incluso, había gente parada en las bocas de acceso. Hasta que promediando el primer chukker decidieron subir. Sin actitudes violentas -aunque hubo algunas denuncias por robos de carteras y sandalias, por ejemplo-, pero confundidos en el humo verdinegro y con la repudiable prepotencia de aquellos que quieren abrirse paso donde es físicamente imposible. Indignados y apretujados, varios espectadores saltaron al campo. Iban 5m23s y desde entonces, en un lamentable episodio sin precedente, la final estaría paralizada durante 23 minutos. Una mancha en la ya centenaria historia del Argentino Abierto.
Obligados a correrse al extremo de la tribuna lindante con el palenque de La Dolfina -"los oligarcas allá y los negros tenemos que meternos en la punta", partió del núcleo de Mataderos- y con un cordón policial de nueve efectivos que no los abandonaría por el resto de la final, los hinchas de Nueva Chicago (Los Gonçalvez, Carhué y Los Perales, decían algunas de sus seis banderas desplegadas) siguieron el partido sin generar ningún disturbio. Las personas que impulsadas por el pánico habían invadido la cancha, y luego, alentadas por la indignación propusieron una sentada hasta que se solucionara el problema, regresaron con desconfianza. Otras, insistieron hasta ser reacomodadas en la tribuna principal. El incidente ya sería imborrable.

