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Son historias diferentes con ciertas similitudes. Las une el ajedrez. Transitan sobre las peripecias de los inmigrantes. Acaso, ésta también tenga un final feliz.
En el Club Argentino de Ajedrez, cada noche, se está desarrollando la II Copa de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, un torneo en homenaje a Miguel Najdorf; una de las mayores glorias del ajedrez vernáculo, que consiguió impulsar los colores argentinos en los podios de las principales pruebas internacionales del milenario juego.
Pese a ser polaco, Najdorf, que llegó al país en 1939 y con 29 años, decidió luego del final de la Segunda Guerra Mundial y después de conocer la suerte de vida de sus familiares judíos tras el holocausto, quedarse a vivir en la Argentina. "Me siento más argentino que polaco. Es que allí viví 29 años y aquí ya llevo 59", acostumbraba a repetir el viejo maestro hasta el momento que lo atrapó la muerte, el 4 de julio 1997.
Ahora, el torneo del Club Argentino, cuya inscripción libre y gratuita con una bolsa en premios de $ 50.000, de los cuales 16.000 serán para el ganador, consiguió atrapar la atención de varios ajedrecistas extranjeros que llegaron para participar de la prueba. Entre ellos hay un niño ucranio, Antón Kovalyov; él vive aquí junto con su familia desde 2000.
Antón tiene 14 años y arrastra una mirada con muchas horas de plaza y pocos toboganes. Jarkov, un punto en la geografía ucrania, fue su cuna natal. Sin embargo, en un pasillo de una pensión del barrio de Once fue donde descubrió el juego de ajedrez hace seis años. Ahora ejecuta jaques con la precisión de un experto.
Hace un par de semanas, en Pinamar, obtuvo su primera norma de gran maestro -se necesitan tres para el título-. El éxito lo convirtió en el jugador más joven del país en alcanzar dicho logro.
Hijo de Tetiana y Sergi, Antón se ríe poco y habla menos; sólo le interesa estudiar y jugar al ajedrez. Se esfuerza por aprender sus secretos, estudia ocho horas diarias hasta que el calor de la habitación en la pensión del barrio de Barracas, un hogar sin ventanas, lo pone en jaque.
"Cuando notamos que la computadora se calienta mucho, optamos por apagarla", dice Antón, con fastidio, a LA NACION, en un pasillo del escenario del certamen.
"Aquí, en el Club Argentino, me dieron los primeros libros de ajedrez. Estaban escritos en ruso para que me resultaran más fáciles de entender", explica el chico, que comenzó tomando clases con Marcelo Reides y continuó con las enseñanzas de los grandes maestros Pablo Ricardi y Oscar Panno. Con ellos hizo el despegue.
Aunque pasó sin dificultades a 3er año en la Escuela N° 4, el chico quiere ser un profesional del juego. En un cajón de su casa guarda los $ 12 que ganó con su primer torneo en el país; ahora tiene nuevos sueños. No sabe si se hará ciudadano argentino porque se cansó de realizar trámites y en vano. Sólo quiere conquistar el título de gran maestro.
Antón Kovalyov, otro inmigrante que, como Najdorf, quiere empezar a escribir su historia. Acaso se repita.


