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El fútbol es un engaño. Casi siempre lo es: cuando el habilidoso sugiere viajar por aquí y termina aterrizando por allá. Cuando el desarrollo parece sellado y una paloma sale de la galera. Puede cambiar todo en un segundo. Debe ser por eso que es un deporte fascinante. Es sorpresivo, es cambiante. Sin embargo, hasta hoy, los resultados no se transformaban. Si un partido termina en empate, digamos un 0 a 0, como el partido de Floresta de ayer nomás, la realidad no debe ser disfrazada. No puede representar una victoria para un equipo y una derrota para el otro conjunto. Porque es un punto para cada uno y asunto concluido. En realidad, las sensaciones que deja un resultado (este 0-0, este punto para cada bando) excede el marco. Hasta eso llega el juego maravilloso: el partido acaba sin goles, un espectáculo de limitada calidad y unos celebran, festejan, saltan, pero otros se derrumban en un precipicio imaginario. ¿Acaso no empataron? No, señor.
All Boys ganó, San Lorenzo perdió. Primero, por lo expuesto en un par de conceptos: el equipo de Floresta fue inferior y tal vez no haya merecido esa unidad. Como un trabajador que hace la vista gorda mientras su colega se desloma. Y porque el conjunto del Bajo Flores fue mejor en su recorrido y acaso la recompensa fue demasiado pobre. Como un empleado al que le cierran todas las cuentas del día, pero nunca llega a fin de mes.
Sin embargo, ése no es el engaño mayor. Al fin de cuentas, es un partido, un desarrollo: lo que verdaderamente importa es la tabla. La otra tabla: la de los promedios, que en tiempos recientes genera más atracción que la clásica, la de las posiciones. El ojo malicioso mira más la otra. Por eso, All Boys ganó: porque su calificado adversario no le descontó puntos y sigue mirando desde arriba, apenas unos escalones, nomás, la locura de los que viven y sufren en clave de Promoción.

Por eso, San Lorenzo perdió: porque debe sentir que nada alcanza, que nada basta. Que juega mejor, es cierto. Que tiene una línea definida con Caruso Lombardi, es verdad. Que se siente un equipo más confiable, se nota. Que hace un puñado de partidos que no pierde, que asoma la mirada desde el precipicio y, sin embargo, nada alcanza. No puede salir de la Promoción. No puede. Y sus adversarios no lo dejan. Resulta que Tigre golea y queda dos puntos debajo. Que gana San Martín, de San Juan, que Atlético de Rafaela empata con Boca cuando se cierra el domingo. ¿Qué más puede hacer, el viejo Ciclón, si nada basta?
No bajar los brazos. Permanecer con la ideología de Romagnoli y la renovada y segura defensa. Hacer figura a Cambiasso, como ayer, y no lamentarse. Creer que así, así como anda, en algún momento el otoño va a acabar.
Fue una final de pierna fuerte y superioridad azulgrana. Un empate con sabor a dulce para unos y con gusto agrio para otros.
Alvarado y Meza, del Ciclón, son zagueros y jugaron por las bandas; Ferrari, el 4 local, tampoco es lateral.
La pelota volaba por otros aires, la acción continuó y Soto le cometió penal a Bueno, en el sector derecho del ataque de San Lorenzo. Si bien no fue sencillo percibirlo, es un error más, en tiempos en los que los arbitrajes están bajo la lupa.
Hay algo cierto: no es fácil convivir con el insulto ajeno, más aún estando tan cerca de la platea rival. Sin embargo, Néstor Ortigoza, que sigue con un discreto nivel, no debe responder con gestos agresivos al público. El volante, en más de una ocasión, se excedió, en un juego peligroso.
Más allá de sus presentes, All Boys y San Lorenzo hace tiempo que no pierden. El equipo de Floresta hace cinco partidos que no cae (tres triunfos y dos empates) y el Ciclón, con Caruso Lombardi, sigue invicto. Dos victorias y tres empates por el Clausura y una igualdad (ganó por penales) en la Copa Argentina.


