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Sé que la gente madrugaba y hacía largas filas para verme en la cancha; creo que si hubiese jugado en esta época, hoy estaría lleno de guita”. Su recortada figura de crack inmortalizó aquella cintura pródiga que apilaba rivales en la Bombonera. Era 1963 cuando Angel Clemente Rojas irrumpía en el fútbol con apenas 18 años y una magia particular: la habilidad con la pelota. Así se ganó de inmediato el corazón de los hinchas de Boca. Rojitas, apodo que ayudó a distinguirlo de la contextura anatómica del Tanque Rojas, grabó en la memoria del fútbol su estampa de muchacho travieso y con mañas de potrero, allá, en su Sarandí natal.
“Creo que uno de los errores más importantes que tuve fue cuando me enfrenté con Pelé; tuvimos un roce de partido y y lo escupí. El estaba como loco y mis compañeros me querían matar: “¡Animal, escupiste al mejor jugador del mundo!”, me decían. Y fui a pedirle perdón. Fue un caballero y un fenómeno dentro de la cancha. Aunque me quedo con el nuestro, con Maradona. ¿Por qué? Y... jugó en una época más difícil, con marcas duras”, dice Rojitas, que hoy, a los 57 años, tendrá su partido homenaje en la la mítica Bombonera, con los viejos hinchas y otra nueva generación, que supo de sus piruetas y goles de antología en historias de café.
“Para mí Boca fue lo más grande de mi vida; pasé mis mejores momentos, y los hinchas me adoran, como yo a ellos. En el día de mi debut (el 19 de mayo de 1963) le di la pelota a mi ídolo de toda la vida: Ernesto Grillo. Aquella noche, cuando volví a mi casa, todo el barrio me estaba esperando en la esquina; no lo podía creer”, recuerda el hombre, que peina algunas canas, casado y con tres hijos.
“Desgraciadamente, ya no tenemos más potreros en la Argentina; la picardía la saqué de ahí. Hoy, dicen que el más parecido a mí dentro del campo de juego es Ortega (Ariel), pero yo no puedo asegurarlo. A mí, el que más me gusta de Boca es Riquelme”, confiesa.
Su fugaz paso por el seleccionado nacional (debutó el 14 de julio de 1965, anotando el único gol en la victoria de la Argentina frente a Chile, por 1 a 0 ) tiene motivos que hoy Rojas prefiere olvidar. “A la selección la dejé antes del Mundial de 1966, cuando El Toto Lorenzo estaba como técnico. Había muchos problemas internos y me aburrí. Lo único que faltaba en ese grupo era que los jugadores le pegaran al técnico. Y un día hice las valijas y me vine”, asegura Rojitas, que hace 24 años dejó la práctica del fútbol. “Me puse en forma para este partido, porque no quiero que me vean gordo y arruinado. Lo hice por la gente. Bajé casi 10 kilos para este partido y estoy bárbaro. Pero no sé lo que puede pasar el domingo (por hoy), cuando entre con mis dos hijos varones, porque creo que me van a temblar las piernas; me voy a largar a llorar. Son 57 años, pibe”, dice cuando imagina su homenaje y aquel pasado de gloria se muda al presente. Habla pausado y los ojos se cargan de lágrimas.
“Hoy, Boca no le hace un homenaje prácticamente a nadie. Me imagino que la gente me va a recibir con aplausos, con pañuelos... Quiero demostrarle que no estoy abandonado y que puedo jugar todavía; creo que cuando me vean se van a llevar una sorpresa ¿Si todavía tengo la cintura mágica? No, no soy el de hace 20 años, pero sé que con los muchachos que tendré enfrente ninguno me va a sacar ventajas. Son viejos como yo y en otra época los volví loco. Pero nunca me vi jugar y, realmente, no sé qué era eso de la cintura. ¿Habré sido tan bueno, che?”

