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Mañana calcinante de febrero de 2000. Clemente Rodríguez espera en el playón del estacionamiento de Casa Amarilla a que uno de sus nuevos compañeros lo acerque hasta Constitución para tomar el tren hasta su casa, en Banfield. Está tieso, en un rincón, hasta que un pibe de 12 años se le acerca en busca de un autógrafo.
–¿Y vos quién sos? ¿Jugás en Boca?
–Sí, soy Clemente Rodríguez.
–¿Ah? Bueno, dejá... no me firmes.
Así arrancó la historia del lateral en el club de la Ribera. A los 18 años, con su mochila de ilusiones, llegó a prueba de Los Andes. Ni siquiera había jugado en la primera división en el ascenso. Jorge Ginarte, entrenador del equipo de Lomas de Zamora en aquel entonces, se había negado a sumarlo al plantel profesional. Fue allí cuando Gerardo Sembrino (su representante) y Abel Moralejo, amigo de Carlos Bianchi, con quien jugó en Vélez, lo llevaron a Boca.
“Un día me llamó mi representante y me dijo que me tenía que presentar a entrenarme con Boca. No lo podía creer. Dije: éste me está cargando”, recuerda.
Después de jugar por un año a préstamo, Boca concretó la adquisición del defensor en 50.000 pesos. Hoy, a los 21 años, después de adjudicarse algunos títulos, entre ellos la Copa Libertadores 2001, y haber participado en la última convocatoria de Marcelo Bielsa del seleccionado mayor, su cotización es de 3.000.000 de dólares. “Sé que Bianchi dijo que si me vendían lo tenían que hacer por cuatro o cinco millones de dólares y le agradezco su confianza, porque él fue el que me permitió progresar. Igual, no me fijo en una transferencia. Quiero jugar en Boca. Todavía recuerdo la emoción cuando Bianchi me dijo que quedaba en el plantel”, asegura.
Habla con cierta timidez, como si quisiera sacarse de encima la responsabilidad de haber sido anteayer la figura xeneize en el triunfo ante San Lorenzo por 2 a 1. “En 1997, cuando no tuve dónde jugar, casi cuelgo los botines y ahora estoy en Boca. Pensar que ahora corean mi nombre”, dice.
Rodríguez proviene de la clase baja y convivió con todos los inconvenientes que acarrea una familia de escasos recursos. Olga, su mamá, trabajó mucho tiempo como personal doméstico, mientras que Clemente Antonio, su papá, era operario en una metalúrgica. “Mis viejos se rompieron la espalda para darme todo a mí y a mis cinco hermanos. Sólo completé la primaria en la escuela N° 12, en Bunge, y como no pude recibirme de algo mi sueño era, al menos, jugar en algún equipo de primera como agradecimiento al sacrificio que ellos hicieron”, dice.
El vestuario de Clemente no siempre fueron los shorts cortos ni la camiseta azul y oro. También debió ganarse la vida fuera de la cancha. “Nunca tuve un trabajo estable, pero buscaba changas. Me ponía los jeans gastados y un delantal y ayudaba a cargar frutas y verduras en el Mercado Central. Además, también tapizaba sillones con mi primo Manuel”, cuenta.
Boca le cambio la vida. Mira hacia atrás y una vorágine de imágenes pasan por su cabeza, hasta que casi desde el alma se le escapa algo: “Pensar que, a veces, les pedía plata a mis vecinos para ir a practicar a Boca. A veces no me alcanzaba la plata que me daba mi representante y mis viejos no me podían ayudar. En esa época sólo pensaba en que me vaya un poco bien, porque sentía que podía ser la salvación de mi familia. Hoy, si bien no somos ricos, mis viejos no tienen que trabajar más y vivo con ellos y mi hermano Tony (los otros cuatro están en pareja, aclara) en una casa en Lomas de Zamora. No me puedo quejar. Boca me hizo feliz y me cumplió el sueño de toda la vida”, afirma.
El presente sigue alentador. Bianchi regresó como DT de Boca y los hinchas no paran de ilusionarse con una vuelta a Japón para disputar la Copa Europeo-Sudamericana. Clemente prefiere obviar la palabra campeón. Quizá a su natural prudencia la acompañe alguna estrategia según la que ocultar los deseos contribuye a una concreción.
“Hay que ir de a poco. Pese a que vamos primeros, Boca todavía no llegó a ser el equipo sólido que queremos, pero vamos por el buen camino y podemos repetir lo hecho en 2000 y 2001”.
Antes nadie identificaba su rostro; ahora, mientras pasea por Caminito para cumplir con algunas fotos de rigor, una decena de hinchas no para de asediarlo. “¡Clemente, fenómeno! ¡Qué golazo hiciste, campeón...” Es la hora del reconocimiento. “Espero que no me pidan más goles. El que le hice el domingo a San Lorenzo fue una casualidad, je. Hay que tener los pies sobre la tierra. Como dice Bianchi: de la e (por elogio) a la i (por insulto) hay un paso”.
Así es la historia de Clemente Rodríguez. El pibe tapicero que, de un día para el otro, dejó la quinta división de Los Andes para triunfar en Boca y ganarse con entrega y su espíritu de barrio el corazón de la gente xeneize.
Carlos Bianchi siempre se caracterizó por defender los intereses del plantel y de los jugadores, pero con Clemente Rodríguez lo hizo de una manera inusitada, cotizando el pase del lateral izquierdo en US$ 5.000.000.
En enero último estaba dando vueltas por las oficinas de la Bombonera una oferta de Kaiserslautern, de Alemania, que ofrecía comprar la mitad del pase del defensor en 1.200.000 dólares. Al enterarse de esta noticia, el DT salió con los tapones de punta. “Parecería que los jugadores caros los venden los demás equipos y no Boca. Los hinchas no son estúpidos. Si Demichelis (de River), que lo vale, fue vendido en cinco millones de dólares, ¿por qué se habla que Clemente vale menos? Cuesta lo mismo. Demichelis no tiene la cantidad de partidos en primera ni los títulos que posee Rodríguez. Si lo pagan bien, perfecto, que se vaya, pero no así”, opinó el Virrey.
Ante la enérgica queja de Bianchi, los dirigentes xeneizes desistieron de vender al defensor. Ahora, se comenzó a hablar de que Rodríguez podría pasar al fútbol inglés, pero nadie habló de cifras. ¿Se mantendrá el precio que fijó el Virrey?
Boca, líder del torneo Clausura, no contará con Alfredo Cascini para el encuentro frente a Lanús, el domingo próximo, en la Bombonera.
El mediocampista llegó a su quinta tarjeta amarilla y el entrenador xeneize, Carlos Bianchi, estudia dos opciones para reemplazarlo. Una de ellas es colocar a Matías Donnet como volante por la derecha y poner a Javier Villarreal en la función de N° 5; y la otra posibilidad es que ingrese el juvenil Gustavo Pinto.
La formación sería: Abbondanzieri; Ibarra, Burdisso, Crosa y C. Rodríguez; Donnet o Pinto, Villarreal y Cagna; E. González; Gmo. Barros Schelotto y Delgado.
Por otra parte, Sebastián Battaglia, casi repuesto de un desgarro en el isquiotibial del muslo derecho, comenzaría a realizar trabajos de campo. Eso sí: el futbolista sólo estaría en condiciones jugar en el partido que Boca disputará el 30 del actual ante Gimnasia, en La Plata.
José María Calvo evoluciona de la distensión que sufrió en la rodilla izquierda, mientras que al defensor Rolando Schiavi, operado de apendicitis el 27 de febrero último, le resta todavía un mes más de recuperación.
El plantel se entrenará hoy, a las 9, en el predio de Casa Amarilla.


