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A Carlos Ischia no se lo puede acusar de que la obtención del Apertura le haya hecho subir excesivamente los humos a la cabeza. En realidad, el ataque de técnico que sólo piensa en sí mismo, en proteger su autoridad, ya lo había sufrido en el semestre anterior, cuando todavía no había dado la vuelta olímpica y se jugaba en cada partido su pellejo de entrenador de Boca para 2009.
En el origen de lo que luego se transformó en el esperpéntico caso Mauricio Caranta, Ischia incurrió en la tentación que nunca debe permitirse un entrenador: en la de anteponer su orgullo y susceptibilidad a los intereses deportivos del equipo y del club. Con el diario del lunes, como les gusta decir a los protagonistas del fútbol cuando quieren relativizar la opinión periodística, la razón asiste a Ischia: excluyó a Caranta tras la goleada en contra frente a Godoy Cruz y su equipo fue campeón con el juvenil y novato Javier García.
No hay que ser rebuscado para reconocer que esa afirmación está llena de matices que no favorecen a Ischia. No es de malintencionado señalar que Boca estuvo a punto de quedarse en el umbral del título por los errores de García, a quien se apuró y expuso excesivamente en su inexperiencia y posterior lesión. Para decirlo claramente: a García le podrían haber arruinado la carrera con una mochila que hubiera llevado de por vida. El técnico le dio una responsabilidad que era excesiva.
La decisión de Ischia de marginar al arquero que había sido campeón de la Copa Libertadores con Boca fue temeraria en lo deportivo y perjudicial para el patrimonio del club, que en su momento invirtió cerca de un millón de dólares en el pase del guardavallas. Hoy, cuando aún no se le ve una salida al enfrentamiento, sí puede asegurarse que Boca e Ischia desvalorizaron a Caranta, cuyo alejamiento significará un perjuicio económico para la tesorería. Este despilfarro se contrapone al insufrible regateo que Boca mantiene con Getafe por una diferencia de 100.000 euros en la contratación de Abbondanzieri.
Llama la atención que Ischia sea tan intransigente con Caranta. Con los gustos de Riquelme suele ser condescendiente y también lo fue con los dirigentes que le impusieron la contratación de Figueroa, pese a que no lo quería. No menos sorprendente es que la dirigencia y Carlos Bianchi, pese a sus intentos, no consigan que Ischia deje de tratar a Caranta como si fuera un apestado. Y lo más sugestivo es que nunca hubo una explicación pública de las partes sobre las causas del conflicto. Al final, fue mucho más saludable y catártica la metodología de Riquelme y Cáceres, quienes se dijeron de todo a través de los medios, unieron fuerzas para salir campeón y hoy siguen compartiendo alegremente el plantel.



