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Desde una lógica de significados emotivos y efectos concretos, un River-Boca es demasiado vasto para ser comprimido en 90 minutos. Hay terrenos en los cuales el superclásico se empieza a jugar mucho antes y se concluye bastante después de que la acción deja la cancha. Dada vuelta la página de otra fecha desconcertante del fútbol argentino, queda el campo visual libre para considerar cuestiones especiales que estarán en juego el domingo próximo, en el Monumental.
Hay un encuadre poco usual, que obliga a echar mano de los datos históricos, una vez más. El máximo choque de nuestro fútbol suele montarse en una escenografía repetida, que muestra a alguno de los dos -o ambos- marcando el camino en las posiciones. Eso no ocurrirá esta vez, y una muestra de lo desacostumbrada de la situación la da el vistazo sobre el pasado reciente. En los últimos diez años, solamente en cinco oportunidades se llegó a un River-Boca con la vanguardia deshabitada por ambos.
Cinco veces sobre veinte torneos hablan de una proporción mínima. La última ocasión fue el Apertura 2002, cuando Independiente, finalmente el campeón, gozaba de una ventaja holgada en la cima (8 puntos); en la 14a. fecha, Boca, dirigido por Oscar Tabárez, venció por 2 a 1 en Núñez, resultado que no contó demasiado en la escena central del torneo. Las otras cuatro veces: el Apertura 2001 (Boca marchaba 13° y River, 6°; igualaron 1-1 en el Monumental, en la 6a. jornada, cuando Racing ya marcaba el rumbo hacia el título); el Clausura 1998 (Boca, 9°, y River, 5°; en la fecha 10 el equipo xeneize venció 3-2 en la Bombonera, con Vélez en la punta); el Clausura 1996 (Boca, 5°, y River, 10°; goleó Boca 4-1 como visitante en la 16a. jornada, lejos del puntero, Vélez), y el Clausura 1995 (en la penúltima fecha, en plena lucha por el título entre Gimnasia y San Lorenzo, Boca, que iba 4°, derrotó 4-2 a River, 9°, en el Monumental).
Si bien a ninguno de los dos se lo puede considerar fuera de la discusión por el título -mucho menos entre tanta indecisión general sobre quién se hace cargo del certamen-, más que nada el juego traerá coletazos para las situaciones internas de ambos. En River, se dirá que la victoria de ayer en Bahía Blanca reacomodó y relanzó al equipo dentro del mapa del torneo, pero una serie tan oscura en juego y resultados como la que atravesó necesita nuevas ratificaciones. Ayer, Boca salió mucho más averiado; tal vez con su suerte interna más aferrada que la de su rival a lo que suceda dentro de seis días.
Como de costumbre, todos esos temas circundantes se pueden personificar en dos hombres: los técnicos Leonardo Astrada y Miguel Brindisi. Hay una presión de la que el primero de ellos llega despojado: su estabilidad no dependerá del resultado del clásico. A diferencia de su colega de Boca, Astrada es beneficiario de una suerte de paraguas protector que lo ha puesto a salvo de cuestionamientos, amén de la firmeza dirigencial en su apoyo. Pero como equipo, últimamente River gastó buena parte del crédito como para permitirse fallar en el momento menos indicado.
Para Brindisi, la situación es diferente. Derrotas y empates desabridos -como el de ayer- y actuaciones muy por debajo de lo que se esperaba pusieron en tela de juicio un proyecto que, un poco por sus propias dudas y otro poco por la impaciencia que lo rodea, no se encamina. Ayer, en la Bombonera, los síntomas de un ambiente difícil irrumpieron en medio del decepcionante empate con Instituto: cantos agresivos hacia los jugadores y hasta un ultimátum en referencia al superclásico (ver Pág. 9). Lo alienta saber que, como todo parece indicarlo, recuperará a Tevez.
Además de la satisfacción conocida y sus consecuencias directas, hay matices diferentes en las lecturas de ambos de un posible triunfo. Ganar, para River significará reforzar su renovada sensación de que aún puede luchar por el título en un río tan revuelto; ganar, para Boca será refrescarse interiormente cuando el fuego amenaza con tomarlo. Mientras, otra vez, el resto mirará de reojo, sabedor de que hasta aquí no dio la talla para tomar las riendas de un torneo que sigue invitando al protagonismo del que lo quiera aceptar. Debería tomar nota con rapidez: aunque más no fuera por inercia histórica, Boca y River nunca están demasiado lejos de despertarse.
5 veces en los últimos 20 torneos, solamente, River y Boca llegaron al clásico sin que uno de los dos habitara la punta: ocurrió en los Apertura 2001 y 2002 y los Clausura 1995, 1996 y 1998
