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River y la venganza se encontraron con perversa complicidad. Con ese sabor dulzón que nunca empalaga al vencedor y aguijonea al espíritu del adversario. La lógica del fútbol, siempre perturbadora, cenicienta infiel, se clavó burlona en el corazón de la Bombonera. River ganó un superclásico de fábula, de esos que se filtran en la historia a golpes de emoción. Porque desobedeció tendencias, arrinconó los merecimientos y se acordó de desquitarse del último duelo de gigantes, cuando en octubre pasado Boca había petrificado a un Monumental repleto de corazones millonarios que se quedaron helados. Anoche la Bombonera se detuvo, dejó de latir y se quedó pateando fastidio, rastrillando explicaciones. Masticando el desconsuelo.
Las explicaciones nunca serán completas ni la razón llegará puntual al rescate. Estos partidos vibran, toman cuerpo con independencia de la razón. Hubo 45.000 almas enfundadas en los mismos colores que gritaron convencidas de que la victoria era posible casi hasta el final. Pero la fecha de ayer entró en la memoria porque se trató de un Bombonerazo. Con un desenlace electrizante y Ramino Funes Mori vestido de héroe accidental para desatar un festejo que River prolongará por mucho tiempo. ¿Boca mereció perder? De ninguna manera, si Marcelo Barovero fue la gran figura. Pero cuando al duelo se le agotaron los minutos reglamentarios, apenas un puñado de futbolistas atravesados por una banca roja se robaron los festejos.
El marco intimidatorio, desprovisto de lealtades, agigantó la conquista. Ganar envuelto en la sensación de parias y casi en el último minuto? La fantasía hecha realidad. River construyó el triunfo más trascendente del tercer ciclo de Ramón Díaz en el club de Núñez. Un triunfo con incontrastable resonancia: cortó una larga sequía de diez años sin ganar en la Bombonera (16 de mayo de 2004, 1-0, gol de Cavenaghi) y ahora el conjunto del Pelado atropella a Colón, porque quedo sólo un punto por debajo de la cima del torneo Final. River afirmó sus esperanzas en el campeonato, en el terreno más empinado que podía imaginarse, y a la vez prácticamente eyectó de la discusión a Boca. El equipo de Bianchi asumió el golpe como un gancho al hígado porque el semestre, irremediablemente, se le escurre como agua entre los dedos.
Boca no puede domar a sus demonios. Los que no le permiten imaginar un horizonte confiable. Ni disfrutar de los retazos de Juan Román Riquelme -por primera vez en su carrera perdió un superclásico en la Bombonera- que, de todos modos, se las ingenian para transformarse en los mejores pincelazos de la formación de Bianchi. Ni dejar de añorar los goles de Martín Palermo, el implacable verdugo millonario, justo en un noche en la que los xeneizes acumularon méritos y crearon situaciones de peligro, pero fallaron en el instante crucial, ahí donde el Optimista del gol reinaba bajo su látigo de instinto, astucia y voracidad. Torpeza, sí, también, pero ayer hubo oportunidades que Palermo las capitalizaba desde su figura intimidante. Cuando los recursos se subordinan al resultado final.
Los arcos se prestaron casi como un resumen del superclásico. Con la sobriedad de Barovero para soportar el primer tiempo, sostener el empate parcial e impulsarse hacia el peldaño más calificado del boletín. Y Orion en las antípodas, con menos exigencias y participaciones, pero hizo un viaje relámpago desde un papel decorativo hacia el protagónico con su tan desacertada como determinante acción en el cabezazo de Funes Mori. Funes Mori? El peor del superclásico hasta que lo ganó, nada menos. El mellizo se hizo un lugar entre los titulares por la suspensión de Vangioni y su paso por el superclásico sólo tenía destino de reproches, pero el fútbol vive de sus arrebatos que se escriben en un libreto alternativo. Semidiós por una noche del pedestal riverplatense. Ya volverá a convertirse en calabaza porque el encanto del superclásico sabe como nadie de imposibles.
Apretados entre ellos celebraron los jugadores de River. Claro, con nadie más podían hacerlo. Al menos hasta algunas horas después, cuando volvió a arroparlos la caravana que había despedido a sus legionarios. La legitimidad de los goles y los desaciertos del juez Néstor Pitana mantendrán encendida la polémica de un clásico de novela y superacción. Un partido que desfiló entre las desproporciones que casi siempre propone el fútbol. Euforia y desazón. River echó una mirada sobre el pasado reciente y no perdió el tiempo para ejecutar la vendetta. Zumbona, irónica.

