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MUNICH.- Puede que para algunos resulte apresurado comenzar ya con la cuenta regresiva, pero el tiempo vuela y la ansiedad se lo devora. Y en esta ciudad, que sabe perfectamente qué cosa es recibir un Mundial de fútbol, germinan señales de lo que se empezará a vivir aquí dentro de 488 días. Florecen entre la nieve que por estos días cubre sus calles, sus autos, sus casas, y cobran fuerza progresiva en medio de una atmósfera que congela hasta las palabras.
Un punto de observación en la inmensidad del estadio Olímpico, en un día de Bundesliga, es una referencia suficientemente reveladora sobre por qué, desde muchos aspectos, este país no necesita rendir examen para hacerse cargo de una Copa del Mundo. Alcanza y sobra para advertir que podría ponerla en marcha sin mayores problemas desde el mes que viene, y no desde el 9 de junio del año próximo.
Se lo percibe en la cultura futbolística de su gente, que ayer vivió el triunfo de Bayern Munich sobre Bayer Leverkusen por 2-0 con esa alegría poco eufórica pero no menos intensa que la que nos es familiar. Pero se lo nota, más que en ninguna otra cosa, en el cuidado al detalle del espectáculo y de todo lo que lo rodea. Paradojas del destino, hoy el fútbol alemán siente el bochorno de la corrupción por la manipulación de partidos por parte de algunos árbitros y jugadores, una mancha que crece día tras día. Las habas se cuecen hasta donde parecía no haber ollas, como aquí, y habrá que ver hasta qué punto el escándalo desatado por la mafia de las apuestas hace tropezar una credibilidad que nunca nadie había puesto en tela de juicio.
De eso también se habla en los pasillos del Olympia Stadion, al que miles de hinchas van llegando por caminos abiertos entre una capa de nieve de 30 centímetros. Se acercan al parque olímpico con el U-Bahn o el S-Bahn, como aquí se denomina al subterráneo y al tren. Algunos son más ruidosos, grupos de jóvenes de 20 años envueltos en bufandas, gorros estrafalarios y camisetas rojas y blancas. Cantan con el fondo de algún tamborcito y la música de Guantanamera. Se adivina que no hay demasiada creatividad en la letra, pero repiten la cancioncita con constancia alemana. No tienen aspecto peligroso, por más que unos cuantos no se separen de un porrón de cerveza que les será permitido beber en la cancha: no tiene alcohol. Los otros sólo sonríen o ni se dan por enterados, pero no se respira temor.
Llegar a ese monumento al fútbol famoso por el techo colgante y arqueado es seguir viendo cómo todo sigue bajo control: no falta señalización para nada, una muestra de respeto que bien valdría copiar. A Kurt, un muchacho de unos 25 años, se le pregunta el valor de los souvenirs: parece que todo cuesta 15 euros. Y en la cola para sacar las entradas -van desde los 10 hasta los 40 euros- no hay tumultos. Hay un control policial más que riguroso, pero el agente de seguridad está tan predispuesto para controlar el orden como para atender cualquier consulta.
Son las 14, una hora y media antes del comienzo del partido, y la mayor parte del graderío verde no tiene ocupantes. No hay apuro: cuando arranque el juego, la cancha -suena rara la palabra para un escenario tan majestuoso y diferente de los nuestros- estará poblada casi en un 80%. Es imposible eludir el impulso de curiosear el estado de los baños; están prolijos, limpios y con todo lo que se necesita. Y en eso no sólo cuenta el trabajo de quienes los atienden, sino la consideración hacia el semejante de la gente que los usa. La ubicación de las salidas de emergencia está clara para todos.
El partido empieza con puntualidad. Hay algo de cierto y algo de falso en aquel lugar común que dice que aquí el fútbol se ve como una obra de teatro. Depende de quién es. Lo que se extraña es ese contrapunto propio de nuestras canchas, porque la gente de Leverkusen casi ni se hará notar. No más. El local es local en serio y la escenificación es marcada: la hinchada de Bayern, la que pone el ambiente, está en una cabecera, la que da al arco en el que Johan Cruyff venció a Sepp Maier de penal y puso el 1 a 0 para Holanda en la final del Mundial 74.
Pero a falta de esos condimentos, aquí tienen los suyos. Como el papel de la voz del estadio, algo más que un mero anunciador: el hombre despliega una arenga graciosa en momentos establecidos. No dirá Michael Ballack, por ejemplo: él se encarga del nombre de pila y el apellido detona en las gargantas de los hinchas. Y si llega el gol, como ocurrió dos veces ayer para felicidad de los muniqueses, hará lo mismo, pero por triplicado. "Rrrrrrrroyyy?", dice al final el parlante? "Makaaaayyy!", retumba en el ambiente. Todo Bayern se acerca a su hinchada después del triunfo, pero aquí eso no parece estar dictado por el resultado: los jugadores de Bayer Leverkusen saludan a su gente -en rigor, sólo entonces se hizo ver- y también se van aplaudidos.
Después bastarán diez minutos para que el estadio quede desierto. Cuesta creer que ese esqueleto legendario haya resultado "obsoleto" en el proyecto del Mundial 2006, que eligió levantar uno nuevo cerca de aquí.

