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INDIANAPOLIS (De un enviado especial).– Esta es la simple historia del diente de oro de Fabricio Oberto: “Me trabaron de atrás a la salida del colegio –estaba en 6º grado– y me caí de boca”, dice el cordobés de Las Varillas, donde un odontólogo le colocó una funda de oro sobre la pieza quebrada.
Con el tiempo, aquella funda pasó de moda y Oberto, cansado de las bromas de sus amigos, decidió, hace tres años, cambiársela por una blanca y más a tono con la vanguardia odontológica. Ya era una figura internacional y estaba a punto de ingresar en la NBA, su gran sueño.
Sin embargo, con esa dentadura perfecta, la vida del pivote pareció sufrir un largo hechizo. Le fue muy mal en Grecia, no pudo conseguir un equipo en la NBA y se lesionó tan gravemente que debió estar un año sin jugar. Parecía el fin de su carrera. Literalmente, Oberto desapareció del mapa basquetbolístico internacional. Se convirtió en un ex jugador. “Cuando Tau Cerámica me rescató y empecé a jugar allí, decidí volver a ponerme el diente de oro.
El trabajo lo hizo Andrés, mi dentista en Victoria, España”, señala. Ahora Fabricio no se ríe con la boca cerrada, ahora muestra orgulloso su talismán del maxilar superior, donde de paso y para que no queden dudas de que es el diente de la suerte, le hizo grabar el número 7, el de su camiseta.


