Ajedrez: el amor al juego del amateur y la obligación del profesional
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El escritor inglés Gilbert K. Chesterton (1874-1936), creador del padre Brown –curiosa mezcla de detective y eclesiástico–, afirma en uno de sus ensayos que el verdadero amante del juego es el amateur, no el profesional. Que el amateur siempre vuelve a su juego favorito con entusiasmo, aunque le toque perder a menudo; que tiene un amor incondicional al juego más allá de los beneficios que obtiene de él; que todo esto se explicita en la propia palabra “amateur”, que en francés quiere decir “amador”. Y que, en cambio, el profesional procura sólo ganar; que sus objetivos son la fama, el aplauso, la recompensa económica.
Ante esta sutil argumentación, un profesional podría alegar que para lograr el dominio que tiene del juego es necesario quererlo mucho y destinarle una cantidad tal de horas que alcanzan para decir que le dedica la vida misma.

Este contraste entre amateurs y profesionales evoca una antigua anécdota que tiene por protagonista al gran maestro de ajedrez Héctor Rossetto (1922-2009), padre de la notable actriz y cantante Cecilia Rossetto. En cierta ocasión se acercó un circunstante y tímidamente le preguntó al experto: “¿Un aficionado puede ganarle a un maestro?”. Rossetto comenzó su explicación tomando como referencia las tres etapas de las partidas de ajedrez: apertura, medio juego y final. Y le dijo: “para que un aficionado pueda ganarle a un maestro, primero tiene que salir indemne de la apertura, fase del juego que el maestro conoce de memoria, con todas sus celadas y trampas. Si pasa esa prueba, entonces llega el medio juego, donde el maestro conoce los principales esquemas y evoluciones temáticas. Si todavía resistió esa instancia, viene la última fase de la partida, el final”. Y entonces Rossetto hizo una pausa, levantó la vista, miró fijamente al aficionado y afirmó: “Ahí gano yo”.
Me gusta esta anécdota porque Rossetto, que era un jugador en el aspecto más pleno de la palabra, pone de manifiesto en ella lo más importante que hay en un juego, que es la cuestión competitiva. Están bien la explicación de por qué es mejor una cosa que otra, de las diferentes consideraciones que se debe tener en cuenta, y todos sus etcéteras. Pero al final de todo, el alma del juego implica el enfrentamiento de un adversario contra otro, y el maestro sabe que tiene que ganar.
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