
Un gran escultor
Alberto Heredia fue un creador insobornable, un innovador en todos los planos, que creía en el compromiso ético del artista, hoy tan devaluado.
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EN la noche del domingo de Pascua murió en Buenos Aires el escultor Alberto Heredia. Un mes atrás había celebrado sus setenta y seis años.
Era la de Heredia una de las figuras más singulares y populares en los medios tumultuosos de la bohemia del arte joven en los años sesenta. En el bar Moderno, donde los temas de arte circulaban de mesa en mesa, sus opiniones punzantes, nunca complacientes, lo colocaban siempre en el centro de la atención general. Junto a él estaban algunos notables que se fueron temprano, como Greco, Santantonín, De la Vega, Federico Peralta Ramos, Paparella y Kemble.
En esos años, nadie ponía en duda su condición de creador insobornable y transgresor, capaz de mantener con obstinación su "resistencia" frente a cualquier amenaza a la libertad. Por eso, desde muy temprano contó con admiradores incondicionales; también tuvo el repudio convencional de los que se irritaban con sus obras destempladas y amenazadoras.
Su vida, afectada en los últimos años por severos problemas de salud, se desarrolló bajo el signo de una personalidad rica, entusiasta y contradictoria. Irónico y punzante en sus juicios, también era amable y cariñoso. Lo caracterizaba la discreción, con la que silenciaba su intimidad y sus sentimientos más entrañables. Pocos artistas en nuestro medio recibieron tanta repulsa, pero también pocos despertaron tanta admiración y cariño de sus pares.
Había nacido en Buenos Aires. Pasó brevemente por las aulas de la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano. Asistió a los cursos libres de historia del arte de Jorge Romero Brest. En 1952 conoció a Enio Iommi, el maestro y amigo de toda su vida. La madura experiencia escultórica y la concepción vanguardista del escultor abstracto fueron fundamentales en su formación definitiva. Poco después inició su amistad con el siempre sorprendente Alberto Greco.
En 1960 Heredia viajó a Europa. Se instaló en Madrid, y luego en París. En esta última ciudad, según sus propias palabras, aprendió a "perder el miedo". Cuando retornó a Buenos Aires trajo consigo la serie de las Cajas de Camembert. Obras heterodoxas y polémicas, ninguna galería española había querido exponerlas. Aquí las acogieron dos de los más inteligentes críticos de la época: Germaine Derbecq las exhibió en la mítica galería Lirolay; Aldo Pellegrini firmó el texto de presentación. "El ejercicio del asombro de Heredia -escribió- es una de las prácticas más saludables en un medio que se escandaliza ante cualquier transgresión de la rutina."
Las cajas del famoso queso estaban llenas de objetos banales sin transformación alguna: hilos, trapos, pelos, muñecos de celuloide y huesos. Los espectadores debían abrirlas para ver su contenido. La visión no dejaba de ser sorprendente. Para Heredia, representaron el comienzo de una larga producción artística, que siempre tuvo como referentes las amenazas del mundo contemporáneo. No soportaba la degradación del valor del individuo ni el conformismo.
Desde entonces, creó esculturas construidas con materiales pobres y de desecho. Por eso eran habituales sus recorridos por los mercados de pulgas y por los negocios de compra y venta. En los años setenta, cuando el país entró en el largo ciclo de la violencia, su obra fue afectada de manera notoria por los hechos. En 1974 expuso las series de Las lenguas y de Los amordazamientos. Algunas de esas piezas tenían, entre otras cosas, prótesis dentales que se transformaban en bocas aterrorizadas, amordazadas sin compasión. El rojo sanguinolento surgía aquí y allí.
En 1977, inspirado por un libro sobre el arte de la cetrería en el Medievo, creó Ricky y el pájaro . Esta escultura, obra paradigmática, representa un personaje metamórfico, con cabeza de terrible ave de rapiña, con botas de goma y harapos por vestimenta. Su significado es tanto una metáfora de la realidad como una historia de la crueldad.
Poco después trabajó en las alegorías de diversos grupos sociales con viejos roperos deteriorados. Uno de estos muebles, el de la familia obrera, se distinguía por su pintura plateada, enfáticamente kitsch , y por los objetos guardados en sus estantes: un mate, un calentador, un delantal de cocina, platos y otros humildes utensilios. La cultura del consumo fue uno de sus temas recurrentes. Apuntaba a la "sociedad de la satisfacción", que atacaba con humor e ironía.
En 1998, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires organizó una gran retrospectiva de su trabajo. Heredia, en su silla de ruedas, estuvo por última vez rodeado de sus amigos. Fue una exposición memorable, conmovedora, que transportaba a los espectadores, casi sin pausa, a través de obras mordaces, preñadas de erotismo, exultantes de fealdad, complacidas con la amenaza de lo monstruoso y lo diabólico.
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