
¿Sueñan los humanos con algo más que el narcisismo?
Al menos desde Barthes para acá, es decir, a lo largo del último medio siglo, sabemos que la publicidad (esa máquina de generar necesidad y consumo, y, por lo tanto, origen de traumas, neurosis y frustración) enmascara un discurso ideológico. Por estos días, en los que palabras como sueños y deseos están en boca de todos, recordé una campaña que permaneció en la vía pública durante algún tiempo el año pasado. Se llamaba algo así como "Sueños", y buscaba prevenir los peligros de la intoxicación por monóxido de carbono.
La recomendación a los ciudadanos, donde se supone que se cifraba el mensaje más importante, era sencilla, pero, paradójicamente, estaba impresa en los carteles en un progresivo degradé tipográfico, por lo que había que hacer un esfuerzo visual para decodificarla: dejar las ventanas abiertas unos cinco centímetros antes de irse a dormir. "Para cumplir tus sueños, primero tenés que despertarte", remataba el lema. Para llegar hasta allí abajo, si es que alguien lo hacía, había que atravesar primero la idea central de los creativos (a los publicistas les gusta llamarse así) de la campaña: la imagen de una serie de famosos o celebridades que, con indudables buenas intenciones (esa otra máscara: la corrección política), fingían estar dormidos mientras cavilaban entre sueños sus máximas aspiraciones.
¿Cuáles eran esos deseos, impresos en grandes letras, a un costado de sus rostros en reposo? "Mi sueño es tocar con mi banda para millones de personas", decía el de Gloria Carrá. "Mi sueño es actuar toda la vida", el de Lola Morán. "Mi sueño es vivir en una casa con vista al mar", firmaba Sofía Zámolo. Ronnie Arias: "Mi sueño es escribir un libro". María Eugenia Tobal: "Mi sueño es ser mamá". Mariano Zabaleta: "Mi sueño es enseñarle a jugar al tenis a mi hijo". Mercedes Morán: "Mi sueño es algún día vivir en el campo". Y así. Frente a los carteles, cuyo efecto se reforzaba si eran leídos en serie, un turista distraído podría haber sacado la siguiente conclusión: qué bien que se vive en la Argentina, un país con las necesidades básicas satisfechas.
¿Acaso nadie se permite ya soñar con cambiar el mundo, con la revolución social, o por lo menos con una distribución más equitativa de la riqueza? ¿Y qué pasó con la paz mundial, o con salvar al planeta, aspiraciones fácilmente resumibles en eslóganes y cuya vaguedad asegura adhesiones a salvo de cualquier compromiso real? ¿Y los pobres osos polares o la sempiterna amenaza de los arpones japoneses sobre las ballenas francas australes? La única que se permitió volar por encima de su narcisismo y de cierto autismo social fue la modelo Liz Solari ("Mi sueño es generar conciencia en los demás"), aunque nunca hayamos terminado de saber conciencia sobre qué exactamente.
"Un último secuestro, no/ el de tu estado de ánimo, no", decía una canción compuesta hace casi treinta años. Creamos por un rato en la superstición del calendario: mi deseo es que este año que comienza podamos tener sueños ambiciosos, a la altura de la compleja realidad que nos toca vivir.
El autor es crítico literario y periodista
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