Selfies imperiales
Si hubiera que elegir dos momentos de El último emperador, la película de Bernardo Bertolucci, podía optarse por las primeras escenas, las del pequeño emperador Puyi, último de la dinastía Quing, correteando como el niño pequeño que era, adorado por millones de personas mientras mientras él iba de aquí para allá en una Ciudad Prohibida que también era su hogar. El segundo momento podría corresponder a las últimas escenas, con un hombre que ya no es objeto de adoración de nadie y que, tras sobrevivir a los vaivenes del siglo XX y al ascenso del comunismo, visita -anónimo entre anónimos turistas- la misma Ciudad Prohibida que alguna vez se había rendido a sus pies. ¿Qué significará toda esta historia para las dos chicas que -cada una a espaldas de la selfie de la otra- se retratan con vestimentas Quing frente a uno de los espacios más míticos de Pekín?
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