
Recordando a Julio Cortázar
Descubrí a un ser generoso, siempre pronto a dar una mano, tierno pero inamovible en sus convicciones, que deseaba compartir pero no imponer.
1 minuto de lectura'
LA mesa redonda a la que asistí hace poco en el ICI en ocasión de la presentación del libro de Omar Prego Gadea La fascinación de las palabras, que reproduce una serie de conversaciones del autor con Julio Cortázar, fue de un enorme interés para los admiradores del autor de Rayuela.
Yo había leído la primera edición de este libro de Prego. Su lectura fue muy importante para mí porque me reveló no sólo al Cortázar escritor, sino al ser humano.
Descubrí así a un ser generoso, siempre pronto a dar una mano, tierno pero inamovible en sus convicciones, que deseaba compartir pero no imponer.
El libro es un especie de autobiografía generada por las preguntas y los comentarios inteligentes y pertinentes de Prego, amigo y gran conocedor de la obra de Cortázar.
La presentación del ICI me hizo recordar algunos de mis momentos cortazarianos.
En cierto período de mi vida trabajé como traductora pública, actividad que no me gustaba, pero cuando supe que Cortázar también lo había sido, sentí que esa coincidencia le otorgaba cartas de nobleza a mi profesión.
Cortázar, cuando era joven, tenía con un socio una oficina de traductores públicos en Corrientes y Maipú. Su socio, al ausentarse, le pidió que atendiera a su clientela, que consistía en prostitutas del Puerto que recibían cartas de marineros de distintos países. Cortázar tenía que traducirlas al castellano y luego contestarlas, porque las chicas eran más bien incultas en materia epistolar. En una de esas cartas se enteró de un crimen en el que una mujer había muerto envenenada. Por supuesto, Cortázar no pidió detalles, se limitó a cumplir con su trabajo. Después de un tiempo, esa realidad se convirtió en el relato "Diario para un cuento".
Vi una sola vez a Cortázar. Hace bastantes años asistí con una amiga a una función de kabuki en el teatro Odéon de París. Antes de empezar, mi amiga me dijo: "Ahí está Cortázar, vamos a saludarlo". En un pasillo adosado a un palco, había un joven muy alto, delgado, algo desgarbado, de ojos muy separados (aún no tenía barba), vestido con un sobretodo a cuadros. Lo que me llamó la atención fue su mirada, de una gran ternura. Nos presentaron y cambiamos pocas palabras. Sin duda la memoria es selectiva. Porque, con el tiempo, no me quedó ningún recuerdo de la representación de kabuki, que veía por primera vez, y, en cambio, se me grabó la expresión de Cortázar.
La última imagen que tengo de Cortázar fue, creo, de hace dos años, cuando pasaron en el ICI unos videos muy interesantes y enriquecedores sobre él.
En un momento se lo ve caminando por París y contando lo que le sugerían las calles. Se detuvo ante una pared gris descuidada de la que colgaba un afiche medio destrozado. Gracias a su imaginación, Cortázar empezó a transformar ese lugar más bien lúgubre en algo vivo, sugestivo, elocuente.
Fue un instante muy hermoso. Aprendí que siempre puede haber una segunda lectura que modifica la primera.
Odile Baron Supervielle
(c)
La Nacion
1- 2
“Vende humo”: Marcelo Birmajer critica a Yuval Noah Harari y a otros intelectuales israelíes por el “silencio” ante la guerra
3Del libro a la pantalla: las adaptaciones que marcarán el cine y el streaming en 2026
4Fútbol, guerra y poder: J. K. Rowling y Martín Caparrós encienden el debate en redes sociales


