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Hermann Broch y lo inexpresable
Acaba de aparecer En mitad de la vida (Igitur), la primera traducción al español de la poesía completa del autor alemán
No sé hasta qué punto el lector común y no familiarizado con la lengua y la literatura alemanas será capaz de comprender las variaciones y variedades de las distintas naciones que en ellas se expresan. Pero, aunque así sea, una cosa ha de quedarle clara: que la literatura escrita en Austria -sobre todo, la de los siglos XIX y XX- supone un territorio tan marcado que se reconoce no sólo por las peculiaridades de su lengua sino, sobre todo, por una serie de obsesiones y de temas que, por serle propios, caracterizan tanto su anatomía filosófica como su configuración mental. Obras como las de Hoffmannsthal, Trakl, Roth, Wittgenstein, Broch, Musil, Jandl, Thomas Bernhardt o Jelinek demuestran que un rasgo común a todas ellas es el escepticismo lingüístico heredado de Schopenhauer que, leído a la luz de Gerber, actualizaría Nietzsche, y que tuvo en Fritz Mauthner su máximo representante filosófico.
Experiencia del nazismo
De Broch derivan casi todos ellos, porque la reflexión sobre los límites del lenguaje es algo que, de diferentes maneras, los atraerá. Gran parte de la obra de Hermann Broch es una insistencia y reincidencia en ello. Y, por eso, su obra narrativa -como la dramática, la ensayística y la poética- tiene como centro y objeto de su órbita tanto la materia y condición de lo expresable como la conciencia de aquello que el lenguaje nunca puede expresar. Y ello, no por naturaleza sino por historia: porque el imperio austro-húngaro fue, dentro del continente europeo, el más sometido a todo tipo de tensiones por la triple crisis -de sujeto, de identidad y de lenguaje- presente en el siglo XIX y a principios del XX y, desde entonces, característica de lo moderno. Broch puede ser visto como un claro paradigma de ello. Su poesía, pues, sigue las líneas de un sistema y se inscribe en los ejes de una bien instaurada y conocida tradición que Broch asume e interpreta porque, en su caso, el escepticismo lingüístico austríaco se combina con la experiencia histórica del nazismo, con la persecución y el exilio.
Y ése es el punto en que Broch amplía el recetario de la tradición anterior que, en su interpretación, sobrepasa los límites de un problema conceptual y metafísico para convertirse en uno de los signos de la angustia de la modernidad. Si su novela ya era en sí muy significativa, su poesía ni le va a la zaga ni lo deja de ser: el lector encontrará en ella un hirviente magma en el que las ideas y las percepciones están en continua ebullición y en el que el lirismo sensitivo-intelectual que lo envuelve pone en conflicto al yo con la palabra, y a ésta con su sistema mismo de representación. Broch tematiza el quiebre del sentido haciéndolo visible en el lenguaje, pero ni lo niega ni lo anula porque su nihilismo no llega a ser total: hay en él un latido de esperanza y hasta cierta fe en la realidad. Su desesperación no es ontológica sino histórica, como su título Die Idee ist ewig ("La idea es eterna") y sus mismos poemas dejan ver.
Ocultación del yo
Clara Janés lo explica en su acertado prólogo: según ella, Broch se sintió atraído por el perfecto mundo de las matemáticas e intentó que el lenguaje poético fuera capaz de "hacer audibles y visibles unidades cognoscitivas", y que la cosmogonía órfico-pitagórica y la "lógica del arte" llegaran a alcanzar una "verdad transformada en conocimiento". Su estudio sobre Hoffmannsthal es un espejo de sí mismo, ya que mucho de lo que dice de la obra de aquél podría decirse de la suya. Clara Janés subraya, entre otras rasgos, éstos: "La ocultación del yo subjetivo" en aras "de una exposición lírica" hecha "por medio del objeto" y "la necesidad de identificación del artista con el no-yo".
No deja a un lado su interés por la poesía popular -lo que Broch llamaba la "tarea bautismal de la poesía"- ni el proceso de simbolizaciones seguido hasta llegar al símbolo total. Broch, traumatizado -como todo el final del siglo XIX- por la desesperación derivada de la atomización del mundo hecha por la ciencia y la consiguiente pérdida del sentido de -y de la comunicación con- la totalidad, aspiraba -como Mallarmé- a una síntesis científico-musical que religara el yo con el profundo sentido de las cosas.
Para Broch -como advierte en su novela La muerte de Virgilio -, el lenguaje sólo es el "interregno del conocimiento terrenal", y la poesía, la única actividad humana "que sirve para el conocimiento de la muerte". Como advirtió Hannah Arendt, "ser poeta y no quererlo ser constituyó el rasgo característico de su personalidad, inspiró la acción dramática de su obra más importante y se convirtió en el conflicto central de su vida".
Montserrat Armas y Rafael-José Díaz han traducido los cincuenta y tres poemas que, en sentido estricto, componen la obra poética de Broch, y -con buen criterio- han dejado fuera tanto los poemas suyos de ocasión como los incluidos dentro de otras de sus obras, y las versiones que hizo de Eliot, Joyce, Spender y Whitmann, así como también sus colecciones de aforismos.
Su traducción es rigurosa y fiel, y muestra a un poeta que no concibió estos textos como libro ni como partes de nada que no fuera él mismo y su pensamiento. Y eso es lo que el lector encuentra en ellas.
ABC