
El último secreto de Malraux
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ERAN las cinco de la tarde de un día de mayo de 1974 cuando toqué el timbre de la casa de los Vilmorin, en Verriéres-le Buisson. Sophie de Vilmorin, sobrina de Louise, la famosa novelista, me abrió la puerta. Mujer joven, bonita, distinguida, llevaba con elegancia un tailleur de Chanel. Me recibió con gran amabilidad y me propuso dar una vuelta por el parque: "Malraux está ocupado con la escritura de las Antimemorias y tardará unos diez minutos en recibirla", explicó.
Empezamos a caminar. Como yo sabía que Louise de Vilmorin estaba enterrada en el parque, pregunté a Sophie dónde se hallaba la tumba de su tía. Ella me guió. Nos detuvimos ante un banco, debajo de un cerezo: "Es aquí", dijo Sophie. "Louise quiso que, cuando sus sobrinos nos sentemos en este banco y comamos cerezas, pensemos en ella." Luego entramos en la casa y casi de inmediato oímos que Malraux bajaba las escaleras.
Con Sophie de Vilmorin, por entonces secretaria de Malraux, nos habíamos escrito para concertar la entrevista que mantuve con el escritor. Al conocerla personalmente y verla tan joven y bella, me pregunté si no era algo más que la secretaria de Malraux. Esa pregunta, que por supuesto no formulé, quedó para mí sin respuesta hasta ahora cuando, 24 años después, leí el libro de memorias que acaba de publicar Sophie, Aimer encore (Gallimard).
Se han escrito muchas obras sobre Malraux, pero la mirada de Sophie lo muestra de un modo particular. Es una mirada más cálida, más íntima. Lo adoraba y lo acompañó hasta el final. El libro, que cuenta, además, una parte de la historia reciente de Francia, atrapa de inmediato el interés del lector, más allá de sus valores literarios. Lo leí en dos días.
Sophie admiraba a su tía. Louise de Vilmorin fue una mujer extraordinaria: bella, inteligente, brillante, llena de fantasía, muy mundana y excelente escritora. Malraux había quedado seducido por su encanto desde que la conoció y, en la madurez de ambos, se convirtieron en amantes. Formaban una pareja de una gran seducción, rodeada además del atractivo del poder. Sophie describe con mucho detalle el carácter de su tía. No todo eran rosas en la relación entre Louise y André. Discutían a menudo. Pero, cuando Louise murió repentinamente, Malraux se sintió totalmente desamparado. Por si fuera poco, a esa pérdida se sumó la del hombre que Malraux más admiraba: el general De Gaulle. El novelista, que había sido ministro de Cultura del general, debió dejar el Ministerio y, sorpresivamente, él, siempre tan prolífico, no tenía ningún libro en preparación.
Pero ahí estaba Sophie (casada y separada de un alemán, padre de sus tres hijas). Malraux le pidió que fuera su secretaria. Ella lo admiraba desde siempre en silencio. lo llamaba "el Coloso", pero temblaba de timidez delante de él; temía no estar a su altura. Hasta que un día, Malraux lanzó una frase que la reconfortó y le dio confianza en sí misma: "Hay que despertar en los hombres la conciencia de la grandeza que ignoran tener."
Sophie explica en su libro: "Malraux no sentía ningún desprecio por los individuos que estaban a su lado. Al contrario, los valorizaba. Sabía suscitar el respeto y la admiración que imponía su personalidad y, a la vez, exaltaba las cualidades que discernía en su interlocutor. André era consciente de su inteligencia, de la amplitud de su memoria y de sus conocimientos, así como del valor de su pensamiento, pero no era vanidoso. No se vanagloriaba de las cualidades que lo distinguían del común de los mortales y se comportaba en la vida cotidiana con toda naturalidad.[...] Lo importante -decía- es comprometerse, realizar lo que uno hace en función de lo que uno cree. Pero cada hombre es libre de tener las ideas que quiera. Existe un solo peligro: el fanatismo."
Los hechos se aceleraron. Malraux se enamoró de Sophie y ella, por supuesto, de él. "Desgraciadamente no puedo casarme con usted porque Madeleine no me da el divorcio, pero la asumo", le dijo el escritor a su secretaria. La joven era la mujer que Malraux necesitaba en ese momento. Treinta años menor que él, lo admiraba, lo amaba profundamente y le ofreció lo que el escritor anhelaba: paz, dulzura, discreción. Llevaban una vida tranquila, para nada mundana. Malraux almorzaba en el restaurante con sus amigos y recibía a los estudiantes. Veía a su hija Florence, la mujer de Alain Resnais, por la que tenía predilección.
"Escuchar a Malraux era para mí una droga. Estaba fascinada, maravillada por lo que decía, a lo mejor sin entender demasiado sus palabras porque no estaba acostumbrada a esa gimnasia intelectual. Pero creo que era feliz conmigo. Mientras estuvimos juntos escribió Lazare , La tête d´obsidienne , Les hôtes de passage , el final de L´ intemporel y terminó, el año de su muerte, L´homme précaire et la littérature " -recuerda Sophie-. Viajaron juntos por Japón, India, Bangladesh, Haití, Pakistán, Nepal, Benarés y Bombay.
Finalmente, Malraux se enfermó. Lo internaron dos veces. La primera, se recuperó y siguió escribiendo. Después tuvo una recaída. Durante la segunda internación, Sophie estuvo a su lado todo el tiempo. En el lapso de una semana, Malraux luchó contra la muerte. Una de esas noches en vela, Sophie, que se había quedado a solas con André, le dijo: "Lo amo". En ese momento, sintió una leve presión de la mano de Malraux sobre la suya. El escritor falleció a la mañana siguiente. Era el 23 de noviembre de 1976.
Sophie cuenta que tardó veinte años en escribir este libro. Cuando se trasladaron los restos de Malraux al Panteón, se escribieron muchas cosas erróneas sobre él. Y eso la impulsó a restablecer la verdad. Florence Malraux la alentó.
El mérito de este libro es darnos a conocer los últimos años de Malraux. En general, se creía que estaba devorado por la droga y que su inteligencia declinaba. En cambio, el retrato que Sophie hace del novelista es el de un hombre que seguía siendo uno de los grandes intelectos de Francia: un militante que tomó partido por los bengalíes en contra del ejército paquistaní, un sinólogo que fue a Washington para aconsejar a Nixon sobre la mejor manera de sostener una conversación con Mao. Sin hablar de todos los libros que escribió en ese período.
Vi hace poco a Sophie de Vilmorin en Bouillon de culture , el programa de televisión de Pivot. La encontré tal cual la imaginé al leer el libro: distinguida, discreta hasta la modestia y apasionada por Malraux. Pivot le preguntó: "¿Usted lo ama aún?" Ella respondió: "Sí, mucho".


