El paisaje en manos de un virtuoso
Ditsch y sus imágenes de realismo fotográfico; el escultor Osvaldo Decastelli con obras bidimensionales y Alejandro Vainstein en el caudal expresionista
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El paisajista Helmut Ditsch tiene una capacidad de representación tan sorprendente como su concepción realista de la imagen. Sus cuadros llaman la atención por varias razones pero, en principio, por la minuciosidad de su técnica y sus dimensiones a veces colosales. Aunque probablemente provengan de una proyección fotográfica, exigen un tesón en su factura que muy pocos en el mundo podrían desarrollar con igual eficacia. El más extenso de los que se exponen, el acrílico y óleo sobre tela The Last Day, realizado entre el año último y el actual, tiene 1,50 metro de alto por 9 de ancho. Lo sigue Point of no return, una pieza apaisada del mismo alto y 6 metros de ancho. Sabemos, además, que realizó para un banco europeo una cordillera de casi 12 metros en la que trabajó un par de años. Como se ve, medidas inusuales, que atraen no sólo por el gigantismo de la escala, proporcional al sentido de la realidad de las imágenes; también, porque ponen de relieve un alto grado de virtuosismo representativo.
Los trabajos están realizados sin sentimentalismo, pero con una intensidad que proviene en parte de la belleza natural de los temas. Ditsch pinta montañas, glaciares o zonas desérticas respaldadas por esas colosales rugosidades de la naturaleza.
Como la acción de Ditsch no es muy conocida en la Argentina, tal vez convenga dar algunas referencias biográficas. En principio, señalar que nació en Buenos Aires, en 1962. El hecho cronológico no sería significativo si no fuese por el excepcional nivel formal que alcanzó y por los reconocimientos ecuménicos que le trajo a una edad en la que todavía es posible esperar alguna modificación en su manera de pensar. Fácil es deducir que aún no cumplió 40 años.
Sus primeras pinturas las hizo en 1977, unos seis años antes de realizar una exposición individual en el Teatro San Martín, y otra, también unipersonal, en Miami. Entonces (1983), trabajó en una serie de trabajos surrealistas. El año siguiente, residió en los EstadosUnidos.
Desalentado por sus primeras experiencias con quienes manejan las galerías dejó la pintura por un año y se dedicó a la actividad de escalador extremo. Desde entonces, emprendió numerosas expediciones por los Andes pero, en 1986, reanudó su labor artística. Esas prácticas incidieron en su obra desde el punto de vista temático. Alejado del surrealismo, comenzó a desenvolver sus temas en el mismo contexto donde desarrollaba su actividad de montañista. Lo inspiraba la naturaleza tanto en la vida como en el arte.
Desde 1988 reside en Viena, donde estudió en la Academia de Bellas Artes. Al año siguiente, viajó por estudios a Israel y en 1990 realizó una muestra individual en la Hill Gallery de Londres. En la actualidad tiene su taller en Irlanda.
(En el Museo Nacional de Bellas Artes, Libertador 1473. Hasta el 6 de julio.)
Sobre la bandera
Hasta el momento, Osvaldo Decastelli se manifestó como escultor. Trabajaba con materiales no convencionales, especialmente el cartón. Hoy, en cambio, salvo cuatro juguetes de madera, se expresa en dos dimensiones. Tampoco ahora es convencional su manera de crear imágenes.
Después de dibujar y realizar una práctica semejante a la de cualquier otro dibujante, las registra con un scanner y las traslada al papel fotográfico. Obtiene así superficies tersas y alisadas inscriptas en un passe-partout , que contrasta en varios casos con las texturas visuales del soporte.
La totalidad de la muestra está inspirada en un tema vapuleado en los últimos tiempos, la bandera. Lo preside un mensaje crítico sostenido por sentimientos de desgarro por la manera en que se descuidan sus valores simbólicos. De ahí, la representación de jabalíes, variedad salvaje del cerdo que se oculta ante los ruidos y causa estragos en los cultivos.
Culmina el recorrido de la exposición en una sala en penumbras. Allí, una luz azul y blanca cenital ilumina puntualmente a quien observe un pequeño cartel que dice "Baño de bandera". La complementa un cuaderno como el que usan los escolares donde dibujos y leyendas dan pistas sobre el sentido narrativo de las obras.
(En Atica, Libertad 1240, PB 9. Hasta el 7 de julio.)
Vitalidad expresionista
Aunque pasó por la figuración y un período abstractivo de reminiscencias cubistas, la acción actual del pintor Alejandro Vainstein se manifiesta aun a costa del equilibrio formal. Tiene un impulso enérgico, capaz de llevarlo a los contrastes más decididos. Aplica procedimientos que incluyen fragmentariamente el dibujo y la pintura, el collage y el ensamblaje en un mismo soporte. Tales recursos responden a una modalidad básicamente expresionista que lo aparta de cualquier preciosismo. Todo responde al principio vital que rige sus impulsos. Es directo hasta la temeridad. Hijo de inmigrantes hebreo-ucranios, Vainstein nació en Odessa, Ucrania, en 1918; pero es argentino. Estudió en principio con Esteban Lisa y, posteriormente, por algo más de una década, con Emilio Pettoruti. Fue ayudante en su taller desde 1952 hasta que abrió uno propio, en 1959.
(En Van Riel, Talcahuano 1257. Hasta hoy.)



