
El ladrón de arte que provocó la ira materna
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ESTRASBURGO, Francia.- El mundo del arte europeo quedó ayer sumido en el estupor por un extraño caso de furia maternal, que derivó en la destrucción de más de 60 obras, entre ellas, piezas únicas de Brueghel, Watteau y Boucher, por un valor estimado en los 1000 millones de dólares.
Más escalofriante aún: la mujer asegura que quiso así "castigar" a su hijo, que robó esas y otras antigüedades de 172 museos europeos, incluído el parisiense Louvre. Toda una campaña delictiva de cinco años destinada sólo a saciar su peculiar obsesión por reliquias de los siglos XVI, XVII y XVIII.
Mireille Breitwieser, de 53 años, confesó ayer a la policía francesa haber emprendido su masivo acto de vandalismo poco después de ser informada, en noviembre último, del arresto en Suiza de su hijo Stephane, de 31 años, cuando intentaba hurtar un antiguo clarín de un museo de Lucerna.
Su primera reacción fue recoger más de un centenar de los objetos preciosos que él guardaba en su dormitorio y estudio -incluidos jarrones, instrumentos musicales y armas históricas- para arrojarlos en el canal fluvial de Rhine-Rhone, distante unos 30 kilómetros al sur de su hogar en Estrasburgo. De regreso, concentró toda la ira en los cuadros, cortando cada uno de los lienzos en pedazos para pasarlos con mayor facilidad por la máquina peladora de papas. Parte de la "masa" resultante la enterró en el jardín; el resto fue a parar a la basura.
Entre las pinturas perdidas así para siempre figuran "El fraude saca provecho de su maestro", de Peter Brueghel; "La pelota del mono", de David Teniers; "Los pastores durmientes", de François Boucher; "Madeleine de France, reina de Escocia", de Corneille de la Haye, y "La princesa de Cleves", de Lucas Cranach.
"La destrucción de óleos originales en esta escala no tiene casi precedentes. Es una verdadera tragedia", estimó Alexandra Smith, curadora del Registro de Arte Perdido (Art Loss Register), la organización con sede en Londres encargada de facilitar el rastreo de extraviadas piezas artísticas.
Venganza
No todo, sin embargo, son malas noticias. Un golpe de suerte hizo que tres días más tarde un hombre notara al pasear su perro por la vera del canal, a la altura de la villa alsaciana de Gerstheim, el reflejo de uno de los artefactos arrojados.
Tras ordenarse un drenado, la policía halló en medio del barro 110 objetos cuya procedencia hasta ayer no lograba explicarse.
"Era la única forma de vengarme de Stephane por arruinarme la vida. Yo trabajo del otro lado de la frontera y sus locuras me iban a costar la pérdida del permiso laboral suizo. A mi edad, nadie me va a dar empleo. Así que decidí darle a mi hijo una lección que estoy segura jamás olvidará", sostuvo la mujer.
Su extraordinaria confesión puso fin a una de las más largas e infructuosas búsquedas internacionales de obras de arte.
Stephane Breitwieser trabajaba de lunes a viernes como mozo en un bar de Basilea para transformarse los fines de semana y feriados en un Rififí capaz de robar a veces hasta cuatro museos y castillos, en compañía de su novia, Anne-Catherine Kleinklauss, una enfermera de 29 años.
Táctica sencilla
La táctica empleada (tanto en Francia como en Alemania, Suiza, Bélgica y Holanda) no podía ser más sencilla: la joven vigilaba mientras el ladrón recogía lo que estaba a la mano para esconderlo de inmediato en su abrigo.
Los lienzos eran cortados delicadamente a partir del entorno de los marcos y colocados en una bolsa.
"Resulta sorprendente la facilidad con la que emprendieron los robos, especialmente en instituciones donde era de esperar que contaran con alarmas y vigías", destacó ayer el procurador general de Estrasburgo, Pascal Schultz.
La madre vandalista será procesada aquí no sólo por destrucción de bienes artísticos, sino también por complicidad en el ocultamiento de objetos robados. Similar cargo pesa sobre la novia de su vástago.
El ladrón, que había confesado todos sus delitos tan pronto fue arrestado, será enjuiciado primero en Suiza para luego ser extraditado a su país.
Una veintena de gendarmes con detectores de metales intentó ayer ubicar más piezas de su botín en el fondo del canal de Rhin-Rhone pero, desgraciadamente, sin mayor éxito.
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