
El erotismo de Cecily Brown
La historia del arte presentó el acto sexual desde la mirada del hombre, la artista británica con la sinceridad de sus pinturas fluidas da un giro copernicano
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El acto sexual es un tema sorprendentemente raro en el arte. Me refiero al acto en sí, no a las diversas formas corteses del deseo y las estimulaciones que lo preceden y rodean. Por supuesto, las segundas han sido un asunto pictórico frecuente. En verdad, ciertos países han concentrado sus recursos estéticos en aspectos de ellas casi de manera exclusiva. Me pregunto qué sería de la creatividad francesa sin todas esas mujeres reclinadas sobre lechos y divanes; esas modistillas pobres y hermosas, con la vista recatadamente baja; esa enorme montaña de senos, nalgas y espaldas que tiene el descaro de titularse arte moderno francés. Pero es puro deseo. Nada hay en él del placer sexual concreto.
Entretanto, el arte británico tendió a representar el momento posterior al acto. Las confesiones sobrecogedoramente lascivas de Spencer y Lucien Freud captaron cierta acerba melancolía poscoital. El arte de Freud siempre parece retroceder para evaluar los daños. Quien busque caricias en vez de bofetadas tendrá que recurrir a la producción masiva de desnudos de Henry Moore. El nunca logró engañarme con sus patrañas formales, cuando decía que trabajaba sobre el límite de la abstracción.
Pero eso todavía no era el acto sexual. Seguía siendo deseo. Hasta Bacon, con sus montones de tipos exhaustos en calzoncillos, no hizo más que pintar las consecuencias del acto. Sólo al toparme con la voluptuosidad suprema de las pinturas de Cecily Brown, expuestas en el Museo de Arte Moderno de Oxford, me percaté de una verdad obvia acerca de este asunto pictórico: el hombre lo ve y lo siente de una manera y la mujer, de otra.
Sé que suena a perogrullada. Pero el arte nunca lo advirtió con la claridad con que habría podido o debido hacerlo. La historia del arte -una invención totalmente masculina- siempre presentó y entendió el acto sexual en términos masculinos. La caza, las estimulaciones, la excitación progresiva han sido presentadas y representadas en forma obsesiva. Pero casi todas las acometidas estéticas, salvo aquellas que recalaron en la pornografía, lo eludieron de puntillas.
Resultado: cinco siglos de evitación. Se supone que vivimos obsesionados por el acto sexual, cuando en realidad es por el perfume de la promesa sexual. Que los freudianos novatos busquen los imperativos psicológicos que rigieron esta evitación, como tema de su tesis doctoral. ¿Fue la vergüenza? ¿O acaso una biología eficientísima, concentrada tan sólo en el preámbulo? Sea lo que fuere, dejó el acto sexual extrañamente ausente en el arte, sin descripciones ni evocaciones. Fue un gran agujero en nuestra estética.
Cecily Brown corrige este error con una tórrida muestra de pinturas fluidas y picantes, que eluden la turbación masculina y apestan a goce sexual. Es un expresionismo abstracto apabullante, que palpita en todas sus superficies. El fruto es una exposición insólitamente táctil.
Hace años que vengo observándola. Nació en Londres en 1969. A comienzos de los años 90, alcanzó una modesta notoriedad por sus pequeñas y furtivas parejas retozonas. Eran muy buenas, pero parecían describir, más que evocar, e ilustrar, más que habitar. En 1995 emigró a Nueva York y desapareció de la pantalla de mi radar por una década. Debe de haber sido un período de crecimiento y expansión vigorizantes, porque aquí está hoy, diez años después, convertida en una artista mucho más grande, montada en el resoplante corcel del caos pictórico, dominándolo con la destreza y decisión de una amazona. Una y otra vez, sus pinturas galopan hacia el precipicio de la confusión, pero ella siempre las sofrena a último momento. El resultado es una sucesión de imágenes salvajes y libres. Los cuadros de Brown atrapan la sensación de lo inminente. ¡Es maravilloso!
Al vaivén de las descripciones específicas se contrapone el centralismo de los ritmos. Se diría que todos los cuadros son impulsados por fuerzas centrífugas, por oleadas de dispersión pictórica. Aunque retorne a un territorio psicosexual poco conocido para mí, me pregunto si no son los ritmos del orgasmo femenino. Siempre tienen la energía de una explosión de estrellas; nunca la de un disparo.
En suma, un asombroso debut en un museo. Brown se distingue por su coraje auténtico y su exuberancia contagiosa. Si bien salta a la vista quiénes fueron sus predecesores (Soutine, Bacon, De Kooning), no es menos obvio que, al traer a la pintura estos ritmos peculiares, Brown ha descubierto un nuevo territorio. El último cuadro de la muestra es un borroso cráneo humano conjurado, de un modo fascinante, por la imagen subyacente de dos niñas de corta edad que sostienen un osito de juguete.
Evidentemente, las niñas son Cecily Brown en miniatura. La lectura es inevitable: el tema es el paso del tiempo. Bienvenida esta expansión hacia la tristeza, pero espero que Brown no permita aún que la melancolía se asiente en ella con demasiada firmeza.
© The Sunday Times y LA NACION
(Traducción: Zoraida J. Valcárcel)





