
El compás que exige un género
Aplicado alumno de Raymond Chandler, el creador de Charlie Parker, alias Bird, el detective neoyorquino que ya es figura central de una serie oscura y por momentos escabrosa, enlaza en esta novela religión, superstición y escepticismo
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El ángel negro
Por John Connolly
Tusquets/Trad.: Carlos Milla/456 páginas/$ 54
Se celebra un bautismo, una madre abatida busca a su hija y una prostituta es recluida y torturada. Diferentes escenas, diferentes olores, diferentes lugares y un nudo que los amarra. Ese nudo es el jeroglífico, la excitada afinidad que pulsan los lazos de la sangre. En medio de esa diversidad -donde las historias transcurren- sustancia y accidente se unen a medida que las escabrosas combinaciones que propone El ángel negro , esta novela negra, dan en el blanco. Un nuevo reto para el abrumado Charlie Parker, el detective neoyorquino que apareció por primera vez en 1998 en Todo lo que muere (la primera novela de John Connolly).
En esta oportunidad, Bird, como su entorno llama a Parker y se llamaba al otro Parker, Charlie, el gran saxofonista de BeBop, deberá descifrar un caso en el que convergen la desaparición de Alice, una prostituta adicta a la heroína, prima de Louis -conocido personaje de la serie de Connolly-, y el accionar desmedido y sangriento de los Creyentes. Los Creyentes tienen un plan: liberar al ángel negro, que no es simplemente un demonio, sino la metamorfosis de hombre en demonio.
Connolly lo aclara en el prólogo: "El ángel rebelde Ashmael nunca dejó de buscar a su hermano, y con el tiempo se sumaron a la búsqueda aquellos de su misma naturaleza, y los hombres corrompidos por sus promesas. Se marcaron a sí mismos para poder reconocerse, y su marca fue un rezón, un garfio ahorquillado, ya que, según la tradición, ésta fue la primera arma de los ángeles caídos. Y se hicieron llamar ´Creyentes ". Como en sus novelas anteriores, (además de Todo lo que muere , El poder de las tinieblas , Perfil asesino y El camino blanco ), el escritor irlandés estrecha vínculos entre religión, superstición y escepticismo para instaurar una tradición propia.
El desamparo de las calles de Hunts Point, en las afueras de Nueva York , algunas iglesias europeas, como el Osario de Sedlec, la pequeña capilla cristiana situada bajo la Iglesia del Cementerio de Todos los Santos , en un suburbio de Kutná Hora, en la República Checa, y una casa especializada en la venta de objetos arcanos en Boston, marcan el ambiente y las circunstancias. Allí ocurrirán crímenes y pecados y se confirmará una vez más que la corrupción y el desorden son vitaminas para la sociedad contemporánea. Y allí estará Parker, mientras se convulsiona entre lo angélico y lo diabólico, y se debate entre el pasado y el presente. En El ángel negro , su nueva familia (su mujer Rachel y su pequeña hija Samantha) no consigue frenar las voces del pasado (las de su primera mujer y las de su hija, salvajemente asesinadas). El pasado de Parker reposa sobre su cotidianidad y, mientras lo hace, lo roe con paciencia infinita, lo devora. En esta entrega, el detective no solo tendrá que correr el velo del caso policial-histórico-religioso; también deberá tomar una decisión sobre la realidad que lo sustenta.
Connolly (Dublín, 1968) supo delinear, desde el comienzo de la serie novelística, con habilidad al detective y su cortejo: Louis y Ángel, una pareja gay, que además de ser sus amigos, sus cómplices y en algunos casos sus guardaespaldas, son asesinos a sueldo -en la novela negra el bien y el mal, como se sabe, no están tan escindidos-. Portadora de cierto esnobismo, la pareja se aparta por momentos del horror por el que se mueve y sostiene el peso del clisé cómico, como cuando Ángel le pregunta a Louis si lo ve gordo y se pellizca la carne de la cintura: "-¿Cuánto puedo pellizcar para considerarme sano?
-En la tele dicen que entre dos y tres centímetros.
Ángel miró lo que tenía pinzado entre los dedos.
-¿A través o de arriba abajo?".
Igual suerte han corrido los villanos en sus novelas, bien ajustados en papeles que suscitan espanto y desprecio. Basta con recordar al reverendo Faulkner (patrono espiritual de una hueste de asesinos y torturadores racistas) y ahora a Brightwell, el protervo de El ángel negro , el gordo descomunal, el de la barriga flácida y oscilante, el mugriento.
Dueño de un lenguaje escrupuloso, avezado en el detalle, alumno aplicado de Raymond Chandler -aunque no discípulo refinado-, Connolly logra, sorteando algunos engolosinamientos sobrenaturales, mantener el compás que exige el género.
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