
El ciudadano Schulz
Fue el creador de Peanuts, una de las historietas más celebradas del siglo XX. Una biografía lo pintó como un mujeriego que añoraba su infancia y escapaba de la vida adulta, pero su hijo mayor salió al cruce con otra versión del artista
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Para LA NACION - Buenos Aires, 2008
De las cientos de tiras publicadas desde el 3 de octubre de 1950 hasta el 12 de febrero de 2000 que transformaron Peanuts en un clásico del cómic y en "la historieta más influyente del siglo XX" (así la considera The Comics Journal , revista dedicada a la reflexión crítica sobre el género), quizá ninguna defina mejor a su creador, Charles Monroe Schulz, que aquella que evoca el escritor estadounidense Jonathan Franzen en Zona templada . En ese pequeño ensayo autobiográfico escrito para la revista The New Yorker , Franzen establece cómo las aventuras de Snoopy, Charlie Brown y compañía representan menos una radiografía de la generación de posguerra que una reflexión sobre las desilusiones de la vida adulta.
En la tira en cuestión, el niño Charlie Brown, siempre de cabeza redonda y remera amarilla con raya negra, pasa delante del eterno objeto de su afecto: una pequeña pelirroja de la cual sólo veremos, en todo Peanuts , no mucho más que su silueta. Después Charlie se sienta junto a Snoopy, perro que entonces ya poseía el don del habla y la imaginación descontrolada, y suspira: "Ojalá tuviera dos ponis". En su fantasía, ilustrada en viñeta, él y la pelirroja cabalgan juntos hasta sentarse al pie de un árbol. Vuelto a la realidad, mira a Snoopy y le dice: "¿Por qué no eres dos ponis?".
Esa pregunta parece definir no sólo la vida de Charles M. Schulz sino también la polémica instalada en torno a su figura desde la publicación de Schulz and Peanuts: A Biography , una exhaustiva biografía de David Michaelis que despertó airadas aclaraciones de un hijo del historietista.
"Si lees la tira por unos pocos meses, llegarás a conocerme. Todo lo que soy lo vuelco en Peanuts . ...se soy yo", aseguraba el mismo Schulz (que, como su personaje Charlie Brown, tenía padre barbero y madre ama de casa). Michaelis sigue la frase a rajatabla. Buceando exhaustivamente en la vida de Schulz y ejemplificando con tiras intercaladas entre los párrafos, sostiene que los contrastes de su biografiado eran semejantes a los del protagonista de El ciudadano , de Orson Welles, o a los del personaje principal de El gran Gatsby , de Francis Scott Fitzgerald, respectivamente la película y la novela favoritas del artista.
La fábula del rey triste, del sueño americano alcanzado e insuficiente define a Charlie Schulz. Ese niño de provincia ("bautizado" Sparky a instantes de nacer, en 1922, por un tío que se inspiró en la historieta Barney Google ) no sólo revolucionaría el medio y crearía un imperio millonario después de aprender a dibujar por correo, sino que también definiría, para miles, lo que son infancia y felicidad. A pesar de haber cumplido el sueño del estadio de hockey propio, de haber sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial y de ser considerado un par por Ray Bradbury, cuando le preguntaban qué época de su vida consideraba la más feliz, respondía: "Volvería a esos años cuando vivía con mis padres sobre la barbería en Snelling". Así pensaba justo antes de vender su tira a cientos de diarios de todo el mundo y de formar una familia propia que su madre jamás llegaría a conocer.
Para confirmar la dualidad éxito-fracaso personal que Michaelis utiliza como brújula, el biógrafo prefiere centrarse en aquellas heridas que Schulz dejaría traducir en sus viñetas; por ejemplo, su fuerte vínculo con sus padres y su constante nostalgia de ellos (Michaelis sostiene que eran distantes con su hijo). O la obsesión por el amor imposible, que para Charlie Brown era la nunca vista niña pelirroja pero para Schulz sería Donna Johnson, una novia que rechazó su propuesta de matrimonio e inmediatamente se casó con otro. Diría Schulz al respecto: "No puedo pensar en una pérdida emocional peor que ser negado por quien se ama y mucho".
Michaelis interpreta los vuelos de la imaginación de Snoopy (sobre todo, las aventuras de guerra en que el perro encarna al Barón Rojo) como señal del cariño de Schulz por su pasado en el Ejército, una idea no del todo descabellada si se lee su lápida: "Charles M. Schulz/ Sargento del Ejército de Estados Unidos/ Segunda Guerra Mundial". Incluso, Michaelis llega a establecer algunas teorías tan arriesgadas e interesantes como asociar el uso de las viñetas en un formato tradicional (es decir, tres o cuatro cuadros que jamás serán alterados, salvo en las más grandes tiras dominicales) con los tres espejos que el padre de Schulz poseía en su negocio.
La microscópica investigación de 800 páginas de Michaelis busca y encuentra en Schulz, antes que una leyenda del medio (faceta dejada bastante de lado de forma consciente), a un hombre triste, un artista incomprendido a pesar del éxito y un sujeto que durante sus últimos años volcó todo el afecto que negó a sus dos esposas en un perro.
Sin embargo, en el último número de The Comics Journal el hijo mayor del creador de Peanuts , Monte Schulz, sale a rebatir varios de los puntos sostenidos por su ex amigo y confidente Michaelis. Además de señalar, con razón, datos y anécdotas intencionalmente omitidas por el biógrafo, intenta restarle relevancia a la más que certificada faceta mujeriega de su padre y desmiente que fuera agorafóbico. Y defiende la unión familiar mediante la descripción cruda de la época en que el dibujante, amante de los deportes, fue diagnosticado con cáncer y obligado a abandonar su tira.
Quizá la anécdota que mejor demuestra la coexistencia de ambos Schulz (aquel que Michaelis busca desesperadamente y el que Schulz Jr. necesita encontrar) sea la que narra cómo el historietista se despedía de sus hijos a la hora de acostarlos. Michaelis sostiene que Schulz jamás los besaba. Monte Schulz le da la razón, pero recuerda que antes de dormir su padre solía cantarles un fragmento de una canción de Paul Robenson: "Hombrecito, estás llorando/ Sé por qué estás triste/ Alguien se llevó tu triciclo/ Mejor que duermas ahora/ Hombrecito, has tenido un día difícil". Ese gesto, de parte de aquel que murió la noche anterior a la publicación de la última tira de su Peanuts (esa historieta que -juraba- lo mantenía vivo y cuyo nombre, impuesto por terceros, odiaba), muestra que en lugar de dos Schulz, de dos ponis, allí donde hoy hay una duda y una leyenda llamada Charles M. Schulz, lo que latía era un niño capaz de bendecir todas las infancias que vendrían. Un niño que amaba, más que la vida misma, su juguete preferido: los cómics.De las cientos de tiras publicadas desde el 3 de octubre de 1950 hasta el 12 de febrero de 2000 que transformaron a Peanuts en un clásico del cómic y en "la historieta más influyente del siglo XX", quizás ninguna defina mejor a su creador, Charles Monroe Schulz, que aquella que evoca el escritor estadounidense Jonathan Franzen en "Zona templada". En ese pequeño ensayo autobiográfico escrito para la revista The New Yorker, Franzen establece cómo las aventuras de Snoopy, Charlie Brown y compañía, representan menos una radiografía de la generación de posguerra que una reflexión sobre las desilusiones de la vida adulta.
En la tira en cuestión, el niño Charlie Brown, siempre de cabeza redonda y remera amarilla con raya negra, pasa delante del eterno objeto de su afecto: una pequeña pelirroja de la cual sólo veremos, en toda Peanuts, no mucho más que su silueta. Después Charlie se sienta junto a Snoopy, perro que entonces ya poseía el don del habla y la imaginación descontrolada, y suspira: "Ojala tuviera dos ponis". En su fantasía, ilustrada en viñeta, él y la pelirroja cabalgan juntos hasta sentarse al pie de un árbol. Vuelto a la realidad, mira a Snoopy y le dice: "¿Por qué no eres dos ponis?"
Esa pregunta parece definir no sólo la vida de Charles M. Schulz sino también la polémica instalada en torno a su figura desde la publicación de Schulz and Peanuts: A biography, una exhaustiva biografía de David Michaelis que despertó airadas aclaraciones de un hijo del historietista.
"Si lees la tira por unos pocos meses, llegarás a conocerme. Todo lo que soy lo vuelco en Peanuts. Ese soy yo", aseguraba el mismo Schulz. Michaelis sigue la frase a rajatabla. Buceando exhaustivamente en la vida de Schulz y ejemplificando con tiras intercaladas con los párrafos, sostiene que los contrastes de su biografiado (que, como su creado Charlie Brown, tenía padre barbero y madre ama de casa) eran semejantes a los del protagonista de su film favorito, El ciudadano, de Orson Welles, o a los del personaje principal de uno de sus novelas preferidas, El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald.
La fábula del rey triste, del sueño americano alcanzado e insuficiente: ese niño de provincia que a instantes de nacer en 1922 fue "bautizado" Sparky por un tío que lo veía semejante a un personaje de la historieta Barney Google y que después de aprender a dibujar por correo no sólo revolucionaría el medio y crearía un imperio billonario, sino que también definiría, para miles, aquello que es infancia y felicidad. Alguien que a pesar de haber cumplido el sueño del estadio de hockey propio, de haber sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial y de ser considerado un igual por Ray Bradbury, ante la pregunta sobre cuál época de su vida consideraba la más feliz, respondía: "Volvería a esos años donde vivía con mis padres sobre la barbería en Snelling". Así pensaba justo antes de vender su tira a cientos de diarios de todo el mundo y de formar una familia propia que su madre jamás llegaría a conocer.
Para confirmar la dualidad éxito-fracaso personal que Michaelis utiliza como brújula, el biógrafo prefiere centrarse en aquellas heridas que Schulz dejaría traducir en sus viñetas. Por ejemplo, su fuerte vínculo y constante nostalgia por sus padres (Michaelis sostiene que eran distantes con su hijo). O la obsesión por el amor imposible, que para Charlie Brown era la nunca vista niña pelirroja pero para Schulz sería Donna Johnson, una novia que rechazó su propuesta de matrimonio e inmediatamente se casó con otro. Diría Schulz al respecto: "No puedo pensar en una pérdida emocional peor que ser negado por quien se ama y mucho".
Michaelis interpreta los escapes de la imaginación de Snoopy (sobre todo sus aventuras de guerra o símil barón rojo) como señal del cariño y aflicción de Schulz por su pasado en el ejército. Una idea no del todo marciana si se lee la lápida de Schulz: "Charles M. Schulz/Sargento del Ejército de los Estados Unidos /Segunda Guerra Mundial". Incluso, Michaelis llega a establecer algunas teorías tan arriesgadas e interesantes como asociar el uso de las viñetas en un formato tradicional (es decir, tres o cuatro cuadros que jamás serán alterados, salvo en las más grandes tiras dominicales) con los tres espejos que el padre de Schulz poseía en su negocio.
Pero si la microscópica investigación de 800 páginas de Michaelis busca y encuentra en Schulz, antes que una leyenda del medio (faceta dejada bastante de lado de forma consciente), a un hombre triste, un artista incomprendido a pesar del éxito y un sujeto que durante sus últimos años volcó todo el afecto que negó a sus dos esposas en un perro, ¿quién será la persona que ofrezca otro punto de vista?
En el último número de The Comics Journal, revista dedicada a la reflexión crítica sobre los cómics, el hijo mayor del creador de Peanuts, Monte Schulz, sale a rebatir varios de los puntos sostenidos por su ex amigo y confidente Michaelis. Además de señalar, con razón, datos y anécdotas intencionalmente omitidas por el biógrafo, intenta restarle relevancia a la más que certificada faceta mujeriega de su padre, y desmiente que fuera agorafóbico mencionando las varias convenciones que Schulz visitaba. Además, defiende la unión familiar puesta en duda mediante la descripción cruda de la época en que el dibujante, amante de los deportes, fue diagnosticado con cáncer y obligado a abandonar su tira.
Quizás la anécdota que demuestra la coexistencia de ambos Schulz (aquel que Michaelis busca desesperadamente y el que Schulz Jr. necesita sí o sí encontrar) sea la que narra cómo el historietista se despedía de sus niños a la hora de acostarlos. Michaelis sostiene que Schulz jamás besaba a sus hijos. Monte Schulz le da la razón, pero recuerda que antes de dormirse su padre solía cantarle un fragmento de una canción de Paul Robenson. La estrofa decía algo así como: "Hombrecito, estás llorando / Sé por qué estás triste /Alguien se llevó tu triciclo / Mejor que duermas ahora / Hombrecito, has tenido un día difícil". Una estrofa que, cantada por aquel que murió la noche anterior a la publicación de la última tira de su Peanuts (esa historieta que -juraba- lo mantenía vivo y cuyo nombre impuesto por terceros odiaba), permite inferir que en lugar de dos Schulz, de dos ponis, lo que en realidad había era otra cosa. Allí donde hoy hay una duda y una leyenda llamada Charles M. Schulz, lo que latía era un niño capaz de bendecir todas las infancias que vendrían y que amaba, más que a la vida misma, a su juguete preferido: los cómics.



