
Descenso al mal puro
FELICES COMO ASESINOS Por Gordon Burn-(Anagrama)-Trad.: A. Resines y H. Beria-422 páginas-($22,50)
1 minuto de lectura'
Gordon Burn, periodista y narrador, no necesitó indagar demasiado para dar con el caso real que le permitiera escribir la novela de no ficción a la que parecía destinado.
En 1994, se reveló en Inglaterra uno de los crímenes privados más aberrantes y crueles de la historia. Después de la denuncia por abuso sexual realizada por una de las hijas de Frederik y Rosemary West, la policía llegó, gracias a un rumor, a cavar en el patio de la casa que habitaba la familia desde hacía casi quince años, en la provinciana Gloucester. Buscaban a la hija mayor del matrimonio que, se decía, había escapado del hogar siete años antes. Los investigadores no tenían demasiada fe en su misión dentro de esa casa, pero bajo una capa de cemento dieron con los huesos de la desaparecida Heather. También con un tercer fémur sin dueño. Al rastrear cada rincón de la construcción, incluido el sótano, terminaron hallando los restos de otras siete mujeres. El 25 de Cromwell Street fue bautizado entonces como "La casa de los horrores".
La amplia divulgación del caso, que en los últimos cinco años se reflejó en una copiosa bibliografía (crónicas periodísticas, libros sensacionalistas y memorias de algunos de los vástagos de la pareja), implicaba un nuevo desafío para el autor de Felices como asesinos . Por eso, decidió relatar la escabrosa historia desde una nueva perspectiva. Así, se ocupó de los primeros años de Fred, sus orígenes de campesino obnubilado por la ciudad, y de Rose, adolescente deseosa de escapar de su familia. Pero, sobre todo, analizó la dinámica de su vida en común y los circuitos y estructuras siempre cambiantes de la casa, esa suerte de fortaleza que él fue modelando para poder ejercer su libertad en lugar seguro, lejos de la sociedad.
El resultado es febril, caleidoscópico. A través de un delgado hilo cronológico, el relato salta de un tiempo a otro, de un crimen a otro, de un abuso a otro, incluyendo aquellos previos al encuentro entre Fred y Rose. Las repeticiones, inevitables, se convierten en una desgarradora letanía de la atrocidad. No hace falta aclararlo: Fred y Rose eran psicópatas. Sus actos superan a la ficción, al punto que, de haber sido una mera invención de Burn, el libro podría haber sido tildado de efectista y adicto a los golpes bajos.
Aunque la referencia a Sade no es explícita, la atmósfera saturada de crímenes y abusos sexuales recuerda el imaginario del divino marqués. Además, se sugiere que los protagonistas conocían las historias de los médicos victorianos, con los que comparten obsesiones. Pero los West no son especialistas escudados en un pretendido interés científico ni aristócratas encerrados en un asilo para alienados: lo suyo es una versión lumpen (Fred era semianalfabeto), desintelectualizada, sin florituras engañosas o seductoras.
El telón de fondo de este relato, que se extiende desde los años cincuenta hasta mediados de los noventa, es tan importante como la historia que se cuenta: una Inglaterra industrializada en decadencia, con las secuelas de posguerra a flor de piel y un tejido social en descomposición.
Por eso, Burn opta por un rodeo al iniciar su libro con el relato sobre la infancia de Caroline Reins, la primera víctima de la pareja, que se salvó de ser asesinada pero fue su conejillo de indias. Ella será la primera de esas chicas extraviadas que escapaban de familias embrutecidas por la violencia doméstica y la miseria y que terminaban seducidas, manipuladas, vejadas y asesinadas por los West. (En el caso de Caroline, habrá un juicio y una simple multa, pero los asesinos habrán aprendido cómo actuar de allí en más).
Obsesionado por el sexo y la pornografía, Fred acepta gustoso y hasta alienta que su mujer se acueste en su casa con otros hombres, preferentemente de color. Marido y mujer abusarán diariamente de su numerosa prole, inculcándole la idea de que es lo que se hace en toda familia aunque nadie lo reconozca. La casa será sometida también a permanentes refacciones y cambios, porque Fred, que parece tener una relación mucho más normal con sus herramientas que con cualquier ser humano, no puede parar de trabajar. Cambia una y otra vez la estructura del edificio -casi una transposición de su propia mente-, consigue amantes para él y para su mujer, recolecta "como buen carroñero" todo lo que encuentra en la calle que pueda serle de utilidad, mantiene sus diversos empleos como albañil y su conchabo en la fábrica de trenes del condado (West es un trabajador sucio pero excelente que recoge el aprecio incondicional de todos sus jefes y clientes).
Dentro de este catálogo de crueldades narrado con fría precisión periodística (frases rápidas y contundentes, como estiletazos, que alcanzan por acumulación una estatura barroca) se vuelve cada vez más notorio aquello que vincula ese laberinto de ladrillos, ese sótano hórrido, con el mundo degradado de la inmensa masa de gente que vive en condiciones precarias. Burn no pretende, como podría preverse, explicar la locura o el sadismo de sus dos protagonistas amparándose en coartadas sociológicas y psicológicas, como el incesto sistemático o las matanzas de bestias practicados en la campiña de la que proviene Frederick o la violencia ejercida en el hogar paterno de Rose. Hechos el uno para el otro, entregados a un continuo juego de dominador y dominado, los West son un caso patológico más allá de toda razón, pero, depredadores al fin, saben aprovechar para sus designios el humus de miseria que los circunda. Felices como asesinos es el descenso a un infierno (infierno de ladrillos que ya no existe porque fue arrasado tras el juicio y convertido en un anónimo parque urbano) donde reina la tortura física y psicológica, pero detrás del cual sólo se percibe un implacable agujero negro. Porque el mal puro, concluye Burn, también es banal. No en el sentido burocrático de Hannah Arendt, sino en tanto y en cuanto detrás de él sólo hay un espantoso vacío. Y, delante de ese vacío, la estremecedora certeza de que la conducta mecánica de Fred West se parece demasiado a las normas in extremis de las sociedades capitalistas: la iniciativa individual y el ejercicio de una libertad autista como único objetivo. En A sangre fría , Truman Capote erigió el modelo precursor de la novela de no ficción (datos fehacientes, reconstrucción con variadas técnicas narrativas). Felices como asesinos ingresa con violencia en esa tradición. Vale la pena compararla con otras dos celebradas crónicas negras de los últimos años: Medianoche en el jardín del bien y del mal , de John Berendt, y El adversario , de Emmanuele Carrére. La primera pintaba, con pintoresquismo, el ominoso tejido social de la sureña Savannah; la segunda era el insólito relato de una impostura sólo plausible en el mundo posindustrial. La apuesta de Burn es más radical: hunde los brazos en la bilis más oscura y pringosa de la infrahumanidad. Al lado de la suya, aquellas dos obras son casi un juego satisfecho. Felices como asesinos es una novela descuartizada, cruel y compleja, magistral e impiadosa. En suma, tan repugnante como ineludible. Cada lector sabrá cuál de los dos adjetivos pesa más en la balanza.
1- 2
“Vende humo”: Marcelo Birmajer critica a Yuval Noah Harari y a otros intelectuales israelíes por el “silencio” ante la guerra
3Del libro a la pantalla: las adaptaciones que marcarán el cine y el streaming en 2026
- 4
Marta Minujín en Lollapalooza: “Me conecto mejor con los músicos que con los artistas”


