Demasiada presencia
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A partir de la pandemia, la presencialidad y el trabajo remoto quedaron en rincones opuestos del cuadrilátero laboral. Pero las cosas nunca son tan lineales con los cambios que las nuevas tecnologías traen a las sociedades humanas. La pandemia vino a consolidar una situación anómala que se había instalado desde la irrupción de los mensajeros instantáneos que, de la mano de los omnipresentes smartphones, invadieron cada minuto de nuestras vidas cotidianas. Así, mucho antes de que llegara el Covid, todos dábamos por sentado que el otro estaba presente todo el tiempo a un toque. No importaba (ni importa ahora) si esa persona estaba en la oficina o en su casa. O manejando. O en la fila del supermercado. O en el hospital. Caímos en una falacia ontológica en la que ser y estar se amalgamaron.
Si fuera posible volver atrás (no, no se puede) y las relaciones (desde la familia hasta el trabajo) tuvieran los límites precisos de antes, podríamos seguir hablando de teletrabajo versus presencialidad. Pero ya no es así, y esta puja espuria, aparte de que pasa por alto las innumerables sutilezas de cada empleo, oculta el hecho de que al estar presentes en todas partes todo el tiempo para todos, entonces no lo estamos en ningún lado para nadie casi nunca.
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