
Curas y enfermedades del sonido
<b> Musicofilia <br></br> Por Oliver Sacks </b>
Los vínculos entre las patologías cerebrales y la música son sin duda muy antiguos, pero, si se pasan por alto las escasas páginas que Robert Burton les dedicó a la cuestión en Anatomía de la melancolía , encontraron una formulación punzante en uno de los fragmentos del romántico Novalis: "Toda enfermedad es un problema musical; y la curación, una solución musical. Cuanto más breve y no obstante más perfecta sea la solución, tanto mayor será el talento musical del médico". Vista de ese modo, la salud podría no ser otra cosa que el silencio de los órganos -un silencio propiciado justamente por la música-; y el neurólogo Oliver Sacks (Londres, 1933), el médico con cierto talento musical.
Claro que, incrustada en Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro , la frase, que el autor reproduce -incompleta y citada por W. H. Auden- pierde su probable entonación metafísica y queda encarcelada en las dimensiones médicas de esta colosal antología de historias clínicas. Igual que en varios de sus libros anteriores ( El hombre que confundió a su mujer con un sombrero o Migraña ), Sacks hace del parte médico un género literario. Casi todos los casos son ejemplos de la amusia (es decir, el deterioro de las facultades para percibir algunos de los parámetros del sonido)pero hay también casos de alucinaciones musicales (tan diferentes de las imaginaciones), de gusanos cerebrales (melodías que se instalan indefinidamente en el cerebro como un jukebox intracraneal) y del uso de la música para tratar el síndrome de Tourette o el Parkinson. (El lector debería estar advertido de algunas deficiencias de la traducción; entre ellas, "tono absoluto" por "oído absoluto").
Sacks se pone más interesante cuando abandona la línea terapéutica y se lanza al ensayo, la narración y la autobiografía prudente. Se cuentan y explican aquí las patologías de la soprano Florence Foster Jenkis (acaso la peor cantante de la historia), la de una música profesional con sinestesia de gusto (no hay sorpresas: casi para cualquiera resultarán por lo menos comprensibles las asociaciones de la segunda menor con lo "ácido", de la tercera mayor con lo "dulce", del tritono con la sensación de "repugnancia" o de la octava con lo "insípido"), la del pianista manco Paul Wittgenstein y el virtuosismo de su miembro fantasma, además de la de Clive Wearing, editor de la obra del compositor renacentista Orlando de Lassus y conocido como "el hombre con la memoria de siete segundos" luego de una encefalitis que provocó una amnesia pero dejó intacta su capacidad para interpretar obras en el piano. Sacks observa que la bibliografía sobre las relaciones entre el cerebro y la música es pobre y reciente. Habría que avisarle que en 1907, antes de los resonadores magnéticos y de los tomógrafos, José Ingenieros publicó en París El lenguaje musical y sus perturbaciones histéricas , un ensayo que sin duda envejeció en algunos aspectos (su positivismo rampante) pero que presenta un horizonte más teórico que el de Musicofilia . En el fondo, se habría deseado que la formación musical de Sacks fuera tan completa como su formación científica; sobre todo, que se estudiaran otros casos, como el efecto que ciertas alteraciones psíquicas puedan haber tenido no tanto en tal o cual compositor sino en las obras, las fantasías sinestésicas de Scriabin, o la idea del pianista Glenn Gould de la música como fenómeno puramente mental (los únicos Gould que se mencionan son Stephen Jay y el desconocido corresponsal Stan).
Entiéndase bien: Musicofilia es, en muchos sentidos, apasionante y revelador; pero uno barrunta la decepción de la oportunidad perdida; la oportunidad de un libro sistemático y, a su modo, definitivo sobre las patologías asociadas a la música. Y lo peor es la sospecha de que Sacks es uno de los pocos, si no el único, que podría haberlo escrito.
© LA NACION
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