
Crónica de un desencuentro
Las distintas fuentes de La invención de Morel fueron un constante tema de discusión entre críticos y admiradores de ese excepcional relato animado de magia y de misterio.
1 minuto de lectura'
A pocos escritores he admirado tanto como a Adolfo Bioy Casares. Sin embargo, nunca oí su voz y nunca lo vi, salvo en las fotografías. Estuve un par de veces en su casa cuando fui a visitar a Silvina Ocampo -el andaba de viaje-, y un mediodía de primavera lo busqué inútilmente durante mas de una hora por la feria de San Telmo junto a Enrique Pezzoni, de quien se había separado minutos antes. Hace dos anos me invitaron a una cena que le daban los profesores de la New York University, pero yo tenía que viajar a Mexico y no pude estar allí.
Cuando mas cerca estuve de Bioy fue a mediados de setiembre de 1984. Un amigo común me propuso ir a la celebración de sus setenta anos, pero al llegar a la puerta del lugar -ya no recuerdo cual era- me crucé con alguien a quien no veía desde 1969. Creyendo que me sobraba el tiempo, salí a tomar un café fugaz. Cuando regresé, Bioy Casares ya se había ido. Este homenaje tardío es también la historia de mis desencuentros.
Leí La invencion de Morel en el curso de unas pocas horas, cuando era todavía un adolescente, y recuerdo que al llegar a la última línea empecé la novela de nuevo, con la invencible melancolía de que alguna vez tendría que terminarla. Tiempo antes había caído en mis manos Le chateau des Carpathes , la extraña ficción que Jules Verne publicó en 1892 y que refiere el desesperado amor de un joven conde por la maravillosa soprano Stilla, a la que ve morir en la ópera de Nápoles.
Parte de la fascinación que sentí por la novela de Bioy Casares derivaba de lo mucho que se parecía a la novela de Verne. La del argentino era más inteligente, más compleja y estaba mucho mejor escrita que la del francés. Pero las dos transmitían la misma ternura y el mismo pesimismo sobre las apariencias del mundo.
En la novela de Verne, el joven conde, abrumado por el dolor, yerra de un lado a otro hasta llegar a una aldea de Transilvania, donde vuelve a ver, incrédulo, a Stilla en un balcón, cantando su última aria. La figura de la soprano es proyectada acompasadamente por una máquina que también reproduce con fidelidad su voz, como de algún modo sucede en La invencion de Morel . En la de Bioy, el protagonista espera la muerte deseando convertirse en una imagen perpetua, en lo que coincide con la última voluntad del personaje de Verne.
Los críticos -sobre todo los norteamericanos- han señalado con insistencia que el precursor de La invencion de Morel es una fantasía de H.G. Wells titulada La isla del doctor Moreau y publicada en 1898.
A mí, en cambio, siempre me pareció mas nítida la filiación verniana de la novela, sobre todo desde que supe que Bioy Casares nunca había leído Le chateau des Carpathes . Que un libro tenga asombrosos puntos de contacto con otro anterior no demuestra necesariamente la influencia de uno sobre otro: tan solo indica que hay dos imaginaciones afines trabajando sobre una misma obsesión.
Volví a pensar en La invención de Morel en 1978, cuando prepare para la Fundación Neumann una antología de viajeros que habían pasado por Venezuela. El final de la novela de Bioy -en la que el narrador revela su origen venezolano- me parecía una elección imprescindible y, a través de un amigo, le hice llegar una carta pidiéndole permiso para incluir las ultimas quinientas palabras. De paso, le pregunté cuantos viajes había necesitado para trazar el magistral retrato de Caracas que hay en esas líneas. Creo que la respuesta verbal de Bioy no me sorprendió: jamás había estado en Caracas, como tampoco Verne había estado nunca en Transilvania.
Meses más tarde le envié un ejemplar de esa antología -cuyo título fue Los testigos de afuera - y le pregunté, en otra carta, de donde había sacado el personaje infinitamente perverso de Helene Jacoba Krig, la holandesa de "Moscas y arañas", que se apodera de los sueños ajenos. Le dije tambien que, de todos sus cuentos "Moscas y arañas" era el que yo prefería, aunque por su final demasiado explícito me parecía muy inferior a esas obras maestras que son "En memoria de Paulina" y "El perjurio de la nieve".
Nunca me contestó, y una de las ideas fijas con que iba yo a su fiesta de cumpleaños en 1984 era preguntarle otra vez todas esas cosas: de donde su afinidad imposible con Verne, de donde su erudición sobre Caracas, de donde Helene Jacoba. Ahora sé que voy a quedarme sin las respuestas, lo que tal vez sea mejor. En el mundo narrativo de Bioy hay siempre algo inconcluso, hilos sueltos, fatalidades que no se desencadenan, felicidades que se viven a medias. Esos misterios, que son la estructura invisible de sus obras, permiten también entender lo que podría llamarse, sin paradoja alguna, su modesta grandeza.
1- 2
“Vende humo”: Marcelo Birmajer critica a Yuval Noah Harari y a otros intelectuales israelíes por el “silencio” ante la guerra
3Del libro a la pantalla: las adaptaciones que marcarán el cine y el streaming en 2026
4Fútbol, guerra y poder: J. K. Rowling y Martín Caparrós encienden el debate en redes sociales


