¿Cómo se dice Woody en catalán?
La capital catalana no es Nueva York, donde a uno lo pueden descuartizar sin que nadie abra la boca. Aquí la modernidad se mezcla con las marujas en pantuflas y todo se registra. Todo el mundo cree a pie juntillas en el rumor -palabra santa- que asegura que, convocada por Woody Allen, Penélope Cruz (de ahora en adelante, Pé) sufrió un ataque de pánico que atrasó el vuelo que la traía desde Nueva York. Más digna de Almodóvar que de Allen, la escena bien podría reflejar la histeria urbana que rodeó la filmación de la película que Woody Allen acaba de terminar en Barcelona, con el auspicio de los políticos locales y el fenomenal enojo de una población poco propensa a financiar lo que no ve.
El rodaje del así llamado "Summer Project 2007" (o la película número 38 del neoyorquino) estuvo bordado con polémicas. En principio, porque Cataluña subsidió el proyecto a cambio de propaganda -el film aún no tiene título, pero ya se sabe que incluirá la palabra "Barcelona"- y por aquí el cabreo tiende a transformarse en grito cuando a la gente le meten la mano en el bolsillo (aunque sea para Woody). Los políticos hicieron cola para la foto, como si nada pasara, y pronunciaron discursos de los que es difícil recordar palabra.
Esta historia comenzó cuando el sol de julio abrasaba las veredas y Allen desembarcó en Barcelona reclamando trabajar de incógnito, buscando la posibilidad de rodear el film de un nivel de secreto que se transformó en manía. Allen intentó que todo fuera un secreto, un misterio, un enigma cerrado. Pero semejante sueño de indiferencia neoyorquina no hizo migas con la sangre que calienta el Mediterráneo. Solo como muestra: el mentado título de trabajo, "Summer Project 2007", no les dice nada a los catalanes, quienes ya dan por seguro que se llamará Midnight in Barcelona. Más allá del pretendido misterio, todo el mundo aquí habla del argumento: un triángulo amoroso. O sea, la rubia Scarlett Johansson y la morena Pé, condenadas a tirarse de los pelos. Ocurre que la primera es una turista norteamericana que llega de vacaciones a Barcelona y se enamora no solo de la ciudad, sino también de Javier Bardem, que no es un hombre libre porque, al menos en la ficción, hace de novio de Pé...
Fuera de la anécdota, la intriga aquí tuvo que ver con el set; saber cómo filma Woody, cómo maneja a los actores y cuál es el clima que imprime al lugar de trabajo. Es que, para empezar, es difícil entender cómo puede trabajar bajo la presión de esta marea pegajosa y en sandalias que, camarita digital en mano, lo sigue a sol y sombra. La tarea, que no debe de ser fácil para Allen, tampoco lo es para Barcelona, que día tras día amanece cubierta con vallas y cintas de plástico, poblada de policías con cara de pocos amigos y de carteles de "Prohibido el paso". Del otro lado de la valla, el obligado pelotón de turistas y de curiosos. Lejos de la indiferente Nueva York, pocas cosas ilusionan tanto por aquí como la cacería del famoso. Entonces Woody filma mientras a su alrededor todos murmuran. Dicen que paga poco y que preferiría que sus actores trabajaran gratis. Que es un obsesivo. Que no quiso por nada del mundo ruedas de prensa ni entrevistas.
Woody rueda su película al margen de otras varias que, como extensiones de una misma raíz, bien podrían filmarse a su alrededor. Una de ellas concierne al circo del mundillo político, ese que Allen desprecia al punto de afirmar que "La vocación de un político de carrera es hacer un problema de cada solución". Aunque no se atreva a decir que no cuando llega la hora de las fotos.
"¡Paletos! ¡Provincianos!", gritaban, con furioso refinamiento catalán, los votantes molestos, ya no solo porque les metían la mano en el bolsillo para financiar a Woody sino porque, no contentos con eso, sus políticos -nacionales y regionales- hicieron cola para retratarse con "el maestro", como lo llamó la ministra saliente de Cultura, Carmen Calvo. Pero una pregunta, más allá del argumento, de los secretos, de las rencillas y de las miserias, queda flotando: ¿qué Barcelona habrá filmado Woody? ¿La de los tópicos turísticos o la de la fenomenal bronca?
Es que Allen trabajó en la ciudad de los cortes de luz y los inusitados cacerolazos, en días de mucha tensión. "No necesitamos publicidad sino inversiones", era el lema permanente de la vereda de enfrente. Un enojo, diríase, transversal, que prendió rápidamente en las prostitutas del barrio del Raval. "Parece que desde que ha llegado este señor nos hemos olvidado de que la calle es pública", era la queja ante tanta calle cortada, ante la evidente imposibilidad de juntar oferta y demanda.




